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ESTA ES LA VOZ DE LOS MARCIANOS


ELOGIO DE LA SOMBRA

   
     

 



Fernando Cabrera suele versionar “Muchacha ojos de papel”, de Spinetta. Escucharlo tocar ese tema es una experiencia singular. Cabrera hace una apropiación crítica de esa canción fundacional del rock argentino. Desde la periferia, donde él suele plantarse, la sobrevuela y erosiona, resignificándola. Como hace la deconstrucción francesa, el uruguayo cuestiona el centro para que podamos escuchar a “Muchacha…” bajo una nueva luz. A mí me tocó entrarle a Cabrera escuchando esa versión inaudita. Más que la emoción, picó la curiosidad. Con el tiempo, llegaría también la emoción.
Fernando Cabrera ha editado muchos discos y, desde joven, fue reconocido por sus pares y por sus mayores. Grabó con Mateo, tocó con Eduardo Darnauchans y Jorge Drexler –el uruguayo de exportación– nunca paró de reconocer su influencia. Se sabe que Jaime Roos no suele hablar de nadie. Hay, al menos, dos tipos de tonos uruguayos. Uno que parece venir de la esencia de los tambores negros, un cantito particular y coloquial que tiene en su esencia algo mineral; y otro tono más grave, como la voz de Roos, que parece más bien la de los homosexuales reprimidos que intentan parecer  machos. Cabrera no está preocupado por asemejarse nada. No parece un músico moderno, no parece un poeta, no parece un profeta.
Su estética también es interesante para comprenderlo. Las tapas son horribles. Fotos directas, sin ningún discurso semiótico escondido a la manera de las de Dylan. Por lo general, Cabrera está recortado sobre fondos verdes o lilas o rojos. Casi siempre tiene una guitarra en las manos. Me hace acordar a esa gente que, cuando hace frío, se pone el pulóver que tiene a mano y no se preocupa por si el cuello redondo deja afuera la camisa. Cabrera no está a la moda ni está, de forma estudiada, fuera de la moda. Es un tipo común. Pero la música que compone es genial.
Escuchar un disco de Cabrera es una  experiencia, al principio, aburrida. De hecho el tipo de sonido que hace no es muy amigable. No tiene hits, no tiene arreglos demagógicos y no suena moderno. Sin embargo, con el correr de las escuchas, los esqueletos fosforescentes de los temas empiezan a reverberar y las letras pegan latigazos que provocan admiración y emoción. Admiración por la arquitectura osada de la forma y emoción por la precisión de las imágenes: “Te fuiste de mi vida/ te di un abrazo de despedida/ la oscuridad devora y no convida”.
Hace unos días lo vi en vivo. Por un costado del escenario alguien tiraba humo blanco. Me acuerdo que ese efecto me resultó caricaturesco. ¿Para qué el humo?, parecía preguntar la música de Cabrera. Frente a la potencia de sus temas y la parsimonia de su estar en escena (casi no se mueve) cualquier acción cosmética resulta inútil. A Cabrera se lo va a escuchar. Cabrera crea al oyente en ese movimiento siempre peligroso porque, tal vez, el espectador al que están destinados sus temas quizá no aparezca nunca. Hay música que está fechada y sólo basta con dejar pasar el tiempo para que los oropeles se pongan en mal estado como un yogurt vencido. Por ejemplo, el bajo musculoso de Pedro Aznar. A veces pienso que sería bueno escuchar los temas de Serú Girán naked del bajo de Aznar.
Con Cabrera, en cambio, uno primero cae en la ilusión que todo el tema está fechado, es inactual o pasado de moda para después comprender que está escrito en un leguaje extraño. Cabrera es oriental, pero no por uruguayo sino por japonés. En el libro Elogio de la Sombra, de Junichiro Tanizaki, se habla del excesivo culto del brillo de los metales del mundo occidental y se lo contrapone a los colores más oscuros de la cultura japonesa y a la forma en que estos pueblos dejan que una pátina de suciedad se adueñe de sus objetos para que sean dignos representantes del paso del tiempo. Quizá en esa actitud japonesa esté el misterio de la música del uruguayo. Sus canciones tienen adheridas el paso del tiempo y de generaciones. Pueden narrar la historia del Uruguay o contar cómo un hombre es invitado al casamiento de su antiguo amor. La percusión puede venir tanto de una batería o de una cajita de fósforos.
Presenciar un recital de Cabrera produce, inmediatamente, ganas de componer, se sea músico o no. Porque lo que él hace en escena es narrar las posibilidades insondables que puede tener la vida, ese cliché que se preocupan por perpetuar la religión, los políticos y el mundo del espectáculo.
 
FABIAN CASAS



 
     
 
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