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  una dama en contra de las convenciones


 
     
 


Muriel Spark es una de las escritoras más talentosas de lengua inglesa. Irónica, ingeniosa y con una vida apasionante –fue espía, se convirtió al catolicismo y terminó sus días junto a una escultora–, sus novelas son un placer asegurado.

Hay escritores que necesitan ser nombrados para que uno descubra que estuvieron ahí todo este tiempo. “Tenés que leer a Muriel Spark” fue la frase que hizo de puerta de entrada al mundo de esta autora escocesa que creó una obra tan potente y enérgica como lo fue su vida. Ahí estaba Dame Spark –título que le otorgó la Reina Isabel en 1996 a quien, paradójicamente, satirizó a la nobleza británica–, un poco escondida en las librerías de usados. Revolviendo un poco, uno podía hacerse de la hilarante Vagando con intención –título que Peter O’Toole le plagió para sus memorias– o de Las señoritas de escasos medios, su novela más celebrada, con un gran contenido autobiográfico, en la que narra el deseo de una chica pobre por convertirse en escritora en la Europa de post guerra.

En el último tiempo, y como una señal alentadora, Spark apareció en ediciones nuevas, cuando La Bestia Equilátera tuvo la acertada decisión de publicar Los encubridores, libro con el que salió del anonimato en 1957, y Memento Mori, una divertidísima y macabra historia en la que un grupo de ancianos de la aristocracia intelectual se ven revolucionados por una amenaza anónima.

Ironía, sátira social, reflexiones acerca del lugar de la mujer en un siglo XX convulsionado y de la relación con el género opuesto, tramas policiales, una mirada despiadada sobre las convenciones, personajes contradictorios que nunca se muestran condescendientes con el lector, la escritura planteada como un problema de ficción, por momentos –como una cuestión moral– un talento envidiable en el manejo del humor y, por sobre todo, una prosa brillante, despojada y clara. Todo eso confluye en la obra de Spark, a quien se la señala como la escritora que inauguró la literatura posmoderna inglesa.

Lo cierto es que su literatura es el reflejo de su constante movilidad, física y social. Quien en determinado momento fue una de las presencias más chic del mundillo y vio cómo una de sus novelas era adaptada al cine (La plenitud de la señorita Brodie), alguna vez vivió en Africa, estuvo a punto de morirse de hambre y necesitó de la mensualidad de Graham Greene para sobrevivir a cambio de que nunca le diera las gracias ni rezara por él. Quien había nacido en Edimburgo de una madre anglicana y un padre judío y se convirtió al catolicismo, también se divorció de un marido maníaco, se alejó de su único hijo cuando él era un niño, tuvo amantes hombres y mujeres, y se confesó una sola vez en su vida. Quien murió en 2006 en un hospital de Florencia junto a su última compañera –una escultora que empezó trabajando como su asistente–, también fue espía, se volvió una estrella de moda en los agitados años sesenta en Nueva York, escribió biografías –entre ellas, las de Emily Brontë y Mary Shelley–, sufrió de alucinaciones con la lectura de T. S. Elliot –debido a una medicación, sentía que había mensajes ocultos en sus versos– y se opuso a la publicación de la biografía que ella misma había encargado mientras vivía en Italia, la que finalmente fue editada el año pasado.

“Muriel Spark es la más innovadora y talentosa novelista británica de su generación”, dijo alguna vez David Lodge, y con él coincidían W. H. Auden, Graham Greene, Tennessee Williams y John Updike. Ella, por lo pronto, se dedicó a serlo. Al punto de que previó cuántos libros escribiría antes de morir: como sólo lo hacía a mano, en cuadernos de marca escocesa y con lapiceras especiales –no dejaba que nadie más las usara–, cuando la fábrica escocesa cerró, ella ya se había aprovisionado. Escribiría hasta que se le acabaran los cuadernos. Su última novela fue The Finishing School, de 2004.

 

FERNANDA NICOLINI

 

 
 
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