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>ES LA VOZ DE LOS MARCIANOS. por Fabián Casas.


Un día en la cancha



Queen fue un grupo memorable que vino al país cuando estaba en el pico máximo de su rendimiento. Siempre me gustaron los títulos de sus discos: Una noche en la ópera o Un día en las carreras, por ejemplo. En función de estos títulos es que quiero contar una aventura para ver si algún grupo de rock la encuentra interesante como para denominar un álbum. Se llamaría Un día en la cancha y me gustaría que el grupo que la elija no sea un engendro del tipo de Los Piojos,  sino algo más glamoroso, cercano a Marc Bolta o Mars Volta, ya agrandando la apuesta. La cosa empezó así: jugaban Vélez, de local, y mi club del alma, San Lorenzo de Almagro. Mi viejo me había estado avisando que pensaba viajar a Liniers, a pesar de que se consideraba a este un partido riesgoso y en una cancha hostil para el Ciclón. Como mi viejo tiene 80 años y me daba miedo dejarlo ir solo, le dije que lo iba a acompañar, pero que, por seguridad, no llevara ni banderas ni corbatas ni nada con los colores del campeón. Me dijo que me quedara tranquilo. Quedamos a las dos en la estación de Caballito, para tomar el expreso del Oeste. Como estaba haciendo tiempo y llegaba antes, me metí en una librería y conseguí por 15 pesos un libro de Sándor Márai. Hasta ese entonces nunca había ido con un libro a la cancha, pero esto iba a ser lo de menos. Mi viejo apareció en la estación vestido con un equipo de gimnasia del club. Empezamos a discutir y amagué por primera vez en no ir al partido. El se empecinó y, a regañadientes, entré en el tren repleto que nos llevaba, tal vez, a una muerte segura. Cuando llegamos a la cancha, quedamos encerrados entre un acceso y las vías del tren. A los costados, los caballos nerviosos de la policía nos empujaban. Vino mi segundo intento de irme. Pero mi viejo me dijo que ya entrábamos, que faltaba poco. Cuando se abrieron las puertas, en el cacheo, un policía me dijo que escondiera el libro. Mi viejo, que venía atrás, le gritó: “¡¿Qué le querés sacar el libro al pibe?! Le pedí al policía que lo detuviera, que se lo llevara porque me estaba quemando la cabeza. Esto le causó gracia y nos dejó pasar. Ya en la cancha, nos subimos bien alto en la popular y, estratégicamente, me paré frente a un paravalancha y dejé a mi viejo debajo de mí, al alcance de un manotazo. Seguía entrando más y más gente y me agarró claustrofobia. Le dije a mi viejo que me iba. Mi viejo, ya convertido en un mandril de ochenta años con el culo rojo, me gritó: “Esperá, esperá, ya no entra nadie más. Mirá que si hoy ganamos quedamos punteros, eh”. Estábamos a presión, casi no tocábamos el piso con los pies. Entonces escucho que alguien, detrás de mí, dice: “Ahí viene la hinchada!”. Casi me vuelvo loco. Por una de las puertas de abajo hacia su irrupción la gloriosa con banderas, pitos y paraguas. Por una cuestión física, la gente que sobraba empezó a salir disparada como si fueran jabones que se escapaban de las manos. Piuff, piuff. Me agarré al paravalanchas y agarré a mi viejo. Logramos resistir la presión. Empezó el partido. Fue cero a cero el primer tiempo y casi todo el segundo. Yo rezaba para que saliéramos así, ya que un gol nuestro era garantía de una avalancha letal. Cuando faltaban dos minutos, Romeo la embocó y vino el momento tan temido: como si alguien hubiera apretado el botón de un inodoro de gente, mi viejo se perdió en el maremagnun. Quise manotearlo pero la ola se lo había llevado. Me imaginé rastreando su cuerpo donde termina el río. Pero de golpe el movimiento sísmico de cuerpos, respetando una ley algebraica de flujo y reflujo, lo traía de vuelta. Frente a mi estupor, ahí estaba, viniendo hacia mí a la cabeza de la ola de monos, con algo en la mano.  ¡Era un alfajor que se había encontrado en el camino! “Tomá, tomá”, me decía pasándomelo, como hace Dios con Miguel Ángel en los techos de la capilla Sixtina.  

FABIAN CASAS

 
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