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Las vidas probables y sus verdades provisorias

Dirigir un proyecto de graduación de la U.N.A supone un desafío mayor al de montar cualquier otro espectáculo, incluso en el circuito independiente: 14 estudiantes-actores/actrices que no fueron seleccionadxs por lx directorx, sino que se anotaron en una cátedra y sólo un cuatrimestre para armar un espectáculo donde cada unx debe tener su lugar de protagonismo. Cualquier directorx podría sentirse sobrepasadx por estas circunstancias, y que eso se vea en el resultado del espectáculo. Por suerte, esto no es lo que sucede en “Las vidas probables”.

Necesitamos reexistir, ir hasta el final, defendiendo lo que creemos a pesar del miedo.

El 24 de septiembre de este año, el actor brasileño José Neto Barbosa fue apedreado por un grupo de personas que se encontraban entre el público, durante la función de su obra, La mujer monstruo, en Jaboatão dos Guararapes, Brasil. En ella se denuncia la situación política y social de su país, mostrando las diferentes caras de la intolerancia derechista y el odio, en boca de una mujer encerrada en una jaula.

En esta entrevista, José nos cuenta cómo vivió ese momento y el estado actual del arte en el escenario político que plantó el gobierno de Bolsonaro.

La cultura es un derecho

Talleres, eventos y movidas culturales donde el precio no es una barrera, La Minga Club Cultural, propone que las calles  de Boedo sea una zona donde todes están incluidos por medio del arte.

La Minga es un Club Cultural situado en el barrio de Boedo. Desde el año 2013 abre todos los días sus puertas para buscar el encuentro a través de los diversos talleres y espectáculos para todas las edades.  El club es un lugar de encuentro y militancia cultural sostenido y gestionado por más de 30 personas desde hace 6 años. Formamos parte de la Red de Cultura de Boedo, Puntos de Cultura, MECA y la Red de Espacios Culturales de Boedo y Parque Patricios.

Recuerdos del futuro

El teatro Payró es un emblema de creación y resistencia. Diego Kogan recuerda sus orígenes y anticipa cómo serán los festejos por los 70 años de su creación.

Soy Diego Kogan. Mi apellido está inevitablemente ligado al Teatro Payró y a su historia. Pero para hablar de historia, vamos a empezar por donde corresponde: por el futuro. Es que, además de una suerte de declaración de principios, viene como anillo al dedo ya que el Payró se acerca a sus setenta años. Y como el Teatro fue forjado por soñadores desde su creación, ya estamos soñando en cómo festejar en ese no tan lejano 2022.

Degenerar la norma hasta que solo quede música: 

A escribir que se acaba el mundo. 

Poner en tensión la dramaturgia y las formas literarias. En esta entrevista Ariana Harwicz reflexiona sobre las posibilidades de los soportes y los procedimientos de la escritura.

Pianos acelerados y metrónomos interiores anuncian la llegada de un circo grotesco al interior de un pueblo fuera del tiempo: comienzan a aparecer bicharracos peludos, gallinas que se chocan, cobayos masticando engrudo; zorritos, salchichón; jueces y gendarmes actuan entre nieblas y neviscas que se van y vuelven; entre corazones degenerados que se confiesan, rodeados de mariposas aplastadas.

ELLA:   Nos encontramos en la esquina de siempre, el café de siempre. Nos sonreímos. Nos regalamos una de esas sonrisas formales, como para empezar.

EL:       ¿Adentro o afuera?

ELLA:   Él prefiere adentro, yo afuera. Vamos adentro.

EL:       ¿La mesa del fondo o por el centro?

ELLA:   Él prefiere la mesa que está en el centro, yo prefiero la mesa retirada al fondo. Al fondo es más fácil hablar. Nos terminamos sentando adentro en la mesa del centro. No estoy cómoda, pasa la moza todo el tiempo. Me da fobia que me pasen por al lado todo el tiempo, no me puedo concentrar…Ya estamos en la mesa del centro. Se raja el aire cada vez que dejamos un mínimo silencio. Hay que hablar. Decimos algo del clima, algo así como que el clima está muy loco últimamente. Estamos de acuerdo en eso. La moza avisa que no quedaron las tostadas que pedí. Cambio de planes: medialunas. Café con leche con medialunas. Se va la moza. La criticamos. Corrijo, criticamos la falta de mercadería. Él me dice que es domingo, seguro por eso no tienen ni lo básico. Digo que sí, seguro es por eso. Nos esforzamos para que el silencio no se instale. Palabras de un lado a otro. Me cuenta que empezó un trabajo nuevo. Me pongo contenta, le pregunto algunos detalles. Me cuenta detalles y llega el café. Escupimos palabras, mientras ponemos azúcar al café. Me cuenta de un lugar hermoso en Córdoba. Le digo que parece realmente hermoso, que me encantaría ir. Me dice que vaya, que me va a gustar. La mínima posibilidad de que el silencio se sumerja en el café, hace que se llene todo con el cuento de una amiga. Decimos cosas de nuestra amiga y cuanto más opinamos de su vida, menos hablamos. Comemos media lunas. A mí se me hace una bola de harina en la boca. Se vuelve difícil de tragar. Con las tostadas, no tendría ésta bola atorada en mi boca, eso pienso. La culpa es de la media luna. La bola me traba la lengua, obstruye las palabras y me hace pensar que qué hago en ese lugar. Está enfrente mío, la mesa separa nuestros cuerpos y sus pupilas pasan rápido por las mías. O mis pupilas pasan rápido por las suyas. No lo sé. Qué difícil volver a mirar eso que fue tan mirado, casi auscultado. Hay que hablar.

Ahí vienen bajando los rubios con su desparramo espástico, su energía volátil, su atención cambiante. Llegan en tropel caótico con sus heladeras de picnic, sus selfies y su pelota playera. Se pelean y se pegan, compiten en imbecilidad pero también despiertan ternura. Marchan hacia el desastre. 

Dos actrices encarnan múltiples personajes en una vorágine de ideas y pensamientos que suceden dentro de la cabeza de su autora. Tramas que se desarrollan y detienen, estructuras dramáticas incompletas, hipótesis que avanzan pero no llegan al clímax, mundos sensibles en constante mutación. Sentada en una casa de vidrio propone, de alguna manera, la representación imposible del proceso creativo. Tan alucinante como caprichoso, tan hermético como indómito, el moebius de la ficción se hace carne durante los 70 minutos que dura la obra y obliga al espectador a volcar toda su atención en la escena. 

La mejor novela del año se editó entre 1986 y 1991. Se trata de la sublime trilogía Claus y Lucas, de la escritora húngara Agota Kristof, que se reeditó hace unos meses. Es en realidad una obra capital de la literatura del siglo XX.  

 “En esa lengua desconocida, la abuela se pregunta cosas y ella misma se responde”, se lee en El gran cuaderno, primer libro de Claus y Lucas, la trilogía de Agota Kristof que este año se reeditó en castellano en un solo volumen. Una lengua desconocida. Esa es la cuestión. El combustible del cual se valió Kristof para componer esta obra maestra indiscutible. Aunque la autora nació en Hungría, escribió estos libros en francés, idioma que aprendió al emigrar a la Suiza francesa, luego del fracaso en su país de la revolución contra el estalinismo. Este podría ser el dato que justifica la decisión del cambio. Sin embargo no, hay algo más. Una de las cosas que sobresalen de Claus y Lucas es su prosa telegráfica, neutra, tan seca como precisa; de frases breves, como arrancadas con un cuchillo Tramontina empuñado por un cirujano. Una prosa que hace que la famosa frase hemingwaiana bajo su sombra parezca florida, rimbombante. La autora reveló en una entrevista que el modelo para lograr el tono del libro lo obtuvo espiando los cuadernos del colegio de su hijo.  Se trata, entonces, no sólo de cambiar de lengua sino también de desaprenderla, de escribir como quien camina por un campo minado, el mismo campo minado que en la novela Claus (¿o es Lucas?) atraviesa para cruzar la frontera. Kristof lo hace para recuperar su infancia, fuente de inspiración de El gran cuaderno, que no es otra cosa que un relato infantil trastocado, un Hansel y Gretel -cuya trama básica sin duda comparten- en clave perversa. Por más que en los dos libros siguientes (La prueba y La tercera mentira) los protagonistas crezcan, la prosa se mantiene inalterable.