Autor

Llegas

Buscando

Adela respira y se recompone, toma fuerzas, y habla, es decir, reconsidera, pide, aclara, atempera, comprende…, pero se queja, exige, reta, reclama y vuelve a respirar. Aunque pudiera no parecerlo, ese torbellino de acciones tiene un tempo, y está encarnado en un cuerpo muy dispuesto, el de Laura López Moyano, hábilmente abierto a que lo atraviesen esas acciones, que también son emociones del rostro, un rostro limpio, y un oscilar de los tonos, de la voz, que transita las formas de la calma impostada, la desesperación, el llanto.

La danza independiente, no oficial, rema con fuerza por sus espacios, mientras genera modos de estar en el mundo. Arte del movimiento y la quietud, que toma el cuerpo por asalto, vibra en esta obra que interpela al público.

Esta vez desde un escenario del Metropolitan Sura, en plena avenida Corrientes, centro neurálgico de las propuestas habitualmente más comerciales de la ciudad, donde no suelen verse obras de danza que no sean las de la compañía del Teatro San Martín.

Se cuenta que, cuando un sevillano mandaba labrar una casa, pedía a su arquitecto: “Hágame en este solar un gran patio y buenos corredores; si terreno queda, hágame habitaciones”.  Y cuanto España llevó a América, dice el crítico e historiador andaluz Joaquín Hazañas, participó de cierto sabor sevillano muy marcado, por ejemplo, por los patios. Estamos hablando del siglo XVI, aproximadamente.  Unos siglos después, Borges dirá que el patio es “el declive por el cual se derrama el cielo en la casa” y Alfonsina lo hará paseo de la luna, por cuya fascinación la poeta interroga a su madre: “Si cuando me gestaste fue la luna testigo, por los oscuros patios en flor, paseándose”. Para ambos, también, esta invención hispánica es un emblema de resistencia y nostalgia ante el acelerado proceso de urbanización que transformó a Buenos Aires entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

También frente a un patio estamos en No estoy, la obra que escribió Germán Montenero y que dirige Diego Croci en el Espacio callejón. Un patio del Conurbano Sur, de Bernal, concretamente, en Quilmes. Un patio con parrilla y enredadera, con medianera que se puede saltar (algo que sabemos bien quienes hemos crecido en una casa con patio). La obra está en su segunda temporada, y su director escribió y montó, también, Amnesia-corte al bies (2014) en el Piccolino e Hipermnesia (2017/8) en el Kowalski.

Gabriel vive solo. Es su último día en la casa de infancia. Allí llega Alejandro, el hermano, a quien ¿espera? para ultimar preparativos y entregar la propiedad al comprador. En ese patio caótico y desordenado, algo decadente, asistiremos a una ceremonia montada sobre el imaginario de las atracciones ilusionistas y circenses que poblaban la televisión de los años ochenta (Tusam, René Lavand). El encuentro  terminará en una serie de revelaciones familiares sobre una madre muerta, un padre ausente y la vida de estos dos hermanos, y será a través de una historia que se revelará bajo la forma de una ficción dentro de la ficción.

Gabriel tiene convulsiones, toma antipsicóticos, niega lo que habrá de ocurrir, se fuga de este final inventando un teatro de atracciones, simulando ser el ilusionista Kieslowski (como el director polaco, a quien menciona, porque comparte nacionalidad con el abuelo). Aquella vieja treta de la representación para mostrar la “verdad”, que conocemos por Hamlet, pero, más cerca, por Kartún (Chau, Misterix, 1980),  que resuena en esta obra con treinta años de intemezzo. Si Kartun crea un mundo en los cincuenta para contar el drama de Rubén, quien acude a un superhéroe para matar la infancia y entrar con dolor a otra etapa, con alusiones y evocaciones a Villa Ballester y San Andrés, el de Montenero y Croci es el mundo de los ochenta, del ilusionismo, de los dibujos animados, de las enciclopedias televisivas a lo Animal Planet, pero sin las aspiraciones heroicas del superhéroe vencedor del mundo, sino con un anhelo tan viejo como la humanidad: volverse invisible, desaparecer.

Con argumentaciones vivaces y potentes, en diálogos sólidamente construidos que tienen algo del delirio de Don Quijote ante Sancho, la apuesta de Croci conforma un espacio para el despliegue físico de Montenero, blando en un cuerpo que transita formas algo Tai Chi, los arrebatos del circo, y las piruetas vocales y faciales de la televisión ochentosa: doblajes, falsetes, voces de superhéroes.

A lo largo de la obra, Montenero dibuja una partitura de movimiento regular que alcanzará destellos cuando el juego haya absorbido a estos dos hermanos, uno de los cuales (Diego Rivas) acompaña a transitar los caminos de la enfermedad en la que él refleja, también, sus miserias de amor y su fracaso como hijo. El resultado es una explosión de hastío que, sin embargo, terminará en una emotiva comunión de intimidad en la que todo será juego, ficción, teatro de atracciones. Y, sobre todo, reencuentro con aquello que se perdió y que regresa iluminado por la sabiduría de la adultez y la proximidad del fin.

Por Diego Di Vincenzo

Actúan: Diego Rivas y Germán Montenero / Dramaturgia: Germán Montenero / Asistencia de dirección:  Hernán Sebastiani / Escenografía: Edgar Ocampo Orozco y Yanina Moroni / Vestuario: Florencia Huergo / Coreografía: Lara Croci / Iluminación: Diego Croci / Diseño sonoro: Diego Rivas / Producción: Germán Montenero / Dirección: Diego Croci
Martes a las 21hs en Espacio Callejon (Humahuaca 3759) Entrada General $400

 

Un zigzag en el vacío: embrujos de una escritura emancipatoria 

CAMILA SOSA VILLADA REPASA SU RECORRIDO, EXPERIENCIA VITAL Y PERSPECTIVA ACTUAL  A TRAVÉS DE SUS ÚLTIMOS LIBROS EL VIAJE INÚTILLAS MALAS” TESIS SOBRE UNA DOMESTICACIÓN . 

Nos encontramos con la escritora, dramaturga y actriz Camila Sosa Villada en El Bolsón. Vino desde Córdoba, donde vive, invitada a participar del 12° Festival diversx y disidente, para presentar Las malas (2019), su anteúltimo libro. Confiesa que es la primera vez que lo hace en un marco transfeminista torta mariconil, rodeada de un público “que entiende todo” pero al que compartirá el desafío de entender que el travestismo ya no es el tema central de su vida. Y además redobla la apuesta: invita a pensar su literatura fuera de los cánones de lectura preestablecidos: no es autobiografía, no es novela, no es verdadno admite compasión, no puede ser atrapada y domada, es su lengua, la lengua travesti por la que quiere ser recordada, dice. Tesis sobre una domesticación, su último libro, forma parte de este posicionamiento, así como el tono mexicano en el que habla: desorienta en su zigzaguéo, imposibilita la definición, hackéa el sistema de verdades lógicas y sentido común con su solo estar siendo lo que quiere. Potencia vital y revolución emancipatoria      

El verano se presta a propuestas más relajadas que las habituales. Ropa ligera, algún trago fresco y de postre, helado. En ese contexto Tranquimanso – Ensayos Completos, el último espectáculo del grupo de teatro y humor Los Bla Bla, encaja perfecto. Sin demandas al espectador, con la energía enfocada en la risa y el pasatiempo, transcurre durante un poco más de una hora tras la cual uno siente más liviano. Como si algo de todo lo que somos se hubiera quedado en la sala: podría ser un prejuicio, un malentendido o, incluso, un pensamiento oscuro. Al salir, esa contundente sensación de que la risa libera. 

Que no falte la bebida para los chicos, que la torta no se aplaste en la heladera, que el abuelo no se pierda. Paula intenta festejar el cumpleaños de su pequeño hijo. Pero nada sale del todo como estaba planeado. Un aleteo de reclamos, amoressecretos y confesiones se suelta en el nido del núcleo familiar congregado.  

Con su Proyecto camarines, la teatrista Consuelo Iturraspe se dispone a develar fotográficamente la intimidad de aquellxs que se preparan para actuar. El cruce de prácticas como forma poética. 

“…pero si la Foto me parece estar más próxima al teatro, es gracias a un mediador singular: la Muerte. Es conocida la relación original del Teatro con el culto a los muertos: los primeros actores se destacaban de la sociedad representando el papel de los muertos” (Roland Barthes) 

En los camarines hay concentración, nervio y fiesta. Los actores y actrices tienen esa tendencia a las réplicas hiperbólicas y de pronto a la súbita seriedad. Una honda inspiración, silencio. Y después la escena que siempre obliga a otra semántica de signos y de poses. Los intérpretes saben mentir sobre su pasado reciente. Siendo actriz, dramaturga e integrante del grupo CABEZA Consuelo Iturraspe conoce estos tópicos: bromear con los vestuarios, hacer ejercicios ridículos de calentamiento, tener hondas reflexiones olvidables sobre la práctica teatral frente a los espejos, entre otras cosas. Proyecto camarines, presentado en el FIBA 2020, es la captura fotográfica de la torsión del pie antes de saltar a la suspensión de la realidad. El momento privilegiado del movimiento. Las imágenes de un gris-blanco-negro de Iturraspe pasan deshooting terrorista sin aviso a construcciones levemente más simétricas buscando un sentido lírico. Casi como una declaración de principios éticos de la actuación todos los retratos se desvanecen en la calma y no en la tensiónVelocidad normal de obturación: que los 0 y 1 se decodifiquen a su tiempo.  Las imágenes de la muestra devienen naturalesno hay una impronta que las quiera contener (se destacan la gracia de Eddy García, la indefinición postural de Laura Nevole y el culo entangado de Leonel Elizondo). Es un montaje alterno entre distintos espacios que bien podrían ser uno solo. La autora está en la búsqueda pero no fuerza el orden de ese mundo privado. Invasión de la intimidad y documento: Proyecto camarines guarda registro del ser antes de ser. Contradiciendo a Barthes el teatro y la fotografía no tienen acá un destino  de hermandad mortal sino que están mediados por algo mucho más vital. 

Berlín no era una fiesta 

En Otoño Alemán, Liliana Villanueva expone una radiografía íntima y minuciosa de Alemania en los meses previos a la caída del muro.  

 De un tiempo a esta parte Berlín se convirtió en una de las ciudades de moda, una ciudad-faro barata, cosmopolita, joven, el lugar donde pasan o parecen pasar las cosas;  algo así como la París de los 20 o la New York de la segunda mitad del siglo pasado. Sin embargo, Berlín no es lo que aparenta. Al visitarla no dejan de sorprender algunas características que parecen no encajar con la idea que nos hacemos de una gran metrópoli, de la capital de una de las mayores potencias mundiales. Por ejemplo: es difícil encontrar lugares que acepten tarjetas de crédito o que tengan wi fi, casi no hay publicidad en las calles o en las estaciones, se puede fumar en los bares. El fantasma del comunismo ya no recorre Europa, como creían Marx y Engels, pero sí perdura en Berlín, esa ciudad que estuvo dividida durante veintiocho años. Aquellas piedras del muro que, el 9 de noviembre de 1989, los berlineses demolieron con sus propias manos significó el principio del fin de la Unión Soviética y para muchos también el fin de la historia. A la arquitecta Liliana Villanueva le fue concedido un regalo inesperado: la oportunidad de ser una testigo privilegiada del instante exacto en que la historia se terminaba. Treinta años después, junto con la efeméride de la caída del muro, decide contarlo en Otoño Alemán, una crónica, tan certera como adictiva, de ese final de la historia.