En todas las despedidas  a Rosario Bléfari se lee una gratitud infinita;  hay algo más allá de su producción estrictamente estética. ¿Pero qué es ese “algo más”? En este breve texto de ritmo autobiográfico y existencialista, una Fan traza la historia que la une con la actriz y cantante de Suarez y de cómo ese vínculo modificó su vida para siempre.

Escribo esto para indagar sobre el dolor inclasificable que me anuda la garganta desde hace unos días. Y también porque quiero transformar la angustia en agradecimiento.

Me pregunto si ya existe la categoría que contempla todas las variables del vínculo artista-espectador. ¿Se habrá estudiado el proceso de duelo en admiradores cautivos?

¿Qué pasa cuando alguien como Rosario Bléfari te conmueve y te modifica con cada una de sus expresiones, durante 20 años, y de repente no está más?

Por supuesto que vive en su obra, extensa y multidisciplinaria, y que su impronta es imborrable, pero, evidentemente, hay un período de adaptación emocional por el que algunos fans tenemos que pasar y, al menos yo, me siento desorientada.

Hace unos años tuve una inflamación en los párpados que se llama Blefaritis, y confieso que por un un tiempo conservé la receta con el diagnóstico como si fuera un autógrafo, una credencial de fan destacada. Es una anécdota ridícula, pero ahora pienso que puede encerrar una lectura más simbólica. La piel de los párpados se escamaba y me caía sobre las pestañas como copos de nieve interviniendo la imagen. Y hablar de la mirada, y sus posibilidades, me remite directamente a ella. En el 2010 tuve la suerte de asistir a varias maratones de escritura que Rosario coordinaba.  En uno de los encuentros, nos dio una consigna que consistía en mirar un vaso con agua (porque era lo que teníamos a mano) y anotar lo que íbamos observando. Después de un rato, nos pidió que leyéramos nuestras listas. Cuando terminamos, nos preguntó si pensábamos que esas definiciones respondían a lo que habíamos capturado en el momento, o si eran datos y atributos que ya traíamos encima y fuimos volcando en el papel, salteándonos pasos en el proceso de observación, dando cosas por sentadas.

Claramente habíamos hecho lo segundo. Eso que siempre hacemos con todo. Incluso con las personas. También con nosotros mismos.

Nuestra representación mental del objeto ya estaba cargada de información que no podíamos eludir. No teníamos espacio para ver algo más, y así era difícil que surgieran nuevas ideas.

Tuvimos que repetir el ejercicio durante HORAS hasta quedar agotados y vacíos. Hasta que el vaso y el agua perdieron todas las formas conocidas. Se fundieron en un todo, sin bordes ni tiempo, que nos obligó a inventar palabras para describirlo. Por unos minutos sentí que me desprogramaba, que podía ver de verdad, como si fuera la primera vez.

¿A eso se refería Pizarnik cuando hablaba de “pulverizarse los ojos”?

Ese día me fui pensando en la generosidad del mago que enseña el truco. Alguien que te enseña a mirar, te enseña a vivir. ¿Cómo se agradece semejante superpoder?

Lo más lindo es que ella nos regalaba sus semillas del saber como quien te ceba un rico mate. En un acto amoroso pero casual, sin preámbulos ni moralejas, por el placer de compartir.

En esas jornadas mágicas, de levitación, se respiraba el mismo aire que en sus recitales. Una amable anfitriona, de voz sonriente y espíritu encendido, nos llevaba de la mano a explorar mundos posibles.

Me deslumbró su habilidad para cazar relámpagos con una red hecha a medida, y mediante un procedimiento concienzudo y singular, estamparlos a mano en una canción, un collage, un relato.

Era visible y contagiosa su compulsión por hacer. Con la curiosidad como camino y la autogestión como forma de vida.

Esta semana hablé con varias personas que también sintieron la pérdida de un ser querido, cercano. Pude abrazarme con mucha gente en ese pogo virtual, punk y sensible. No éramos sus amigos, pero su arte nos atravesó y generó proximidad.

Para alguien como yo, dubitativa y trabada, su libertad sin límites se convirtió en un faro.

Y no sé si será porque nació un 24 de diciembre, pero es imposible no endiosarla, aunque vaya en contra de su voluntad. Adorarla es muy poco, adorarla no es nada.

Eterna Rosario,

creadora luminosa de misterios y poesía,

fuerza oracular de la acción y la alegría,

que tu música nos guíe hasta el fin de nuestros días.

 

Julieta Squeri

(una seguidora, tu perseguidora)

 

Ilustración: Krtu

 

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