La anátomo-política  al palo. En este texto urgente y coyuntural, Sofía Guggiari trasciende las normas del ensayo y la literatura, describiendo una ficción personal (y plural) en donde los aparatos de captura se muestran desbordados por las mismas potencias corporales que producen y domestican.

Un susurro como tempestad o como tsunami recorre todo el cuerpo. Una fuga como huida de aquello que se pretende totalmente sabido y codificado. Ese lugar esperado, en donde ya sabemos que somos, ese lugar mortuorio. Se abre paso una significación extraña, un pliegue, imperceptible y temeroso.

Una feminidad pandémica excede la categoría de género mujer aunque al mismo tiempo la desmonta y la interpela; así también como a la masculinidad. Su posición de irreverencia la vuelve movimiento de vida. Es catástrofe en la normalidad del mercado y el patriarcado.

Es un grito  desesperado y aturdidor. ¡Ser la pandemia de la insensibilización del nuevo tecno-neoliberalismo! ¡Ser la peor pesadilla del genocidio actual a los cuerpos feminizados!

Ella, ello o elle agita, perturba y enturbia  la comodidad de la ceguera. Nunca individual. Siempre es plural en una. Se acepta en la rabia y la aberración.  Ante todo es ilegítima, y ahí reside su fuerza. Todo lo que implique la obediencia al orden instituido justamente le hace perder su singular potencia. Es de a ratos discontinua y fragmentaria. Una feminidad pandémica es en acto, sin exigencias, ni castigos, ni culpas, ni agradecimientos.

Se reconoce por lo abrupta, ruidosa, escandalosa, insumisa, contagiosa e irreverente.

Pero no basta con decir que es desobediente y subversiva. Porque es todo eso, pero como una bomba semiótica y simbólica, justamente, una pandemia que hace detener al mundo y lo pone en duda. Porque hace temblar las bases de las certezas más obvias e implícitas de lo que se constituye como una “buena feminidad”,  “una feminidad autorizada” o “una feminidad correcta y adecuada”. Es difícil de codificar hasta a veces ilegible.

Le huye justamente a la captura identitaria.

Una feminidad pandémica tiene una ética de la calentura como revuelta.

Es corrida y desfachatada. Le encanta cojer y ser cojida. Si es objeto, juega a serlo, y no hay mayor autonomía en el cuerpo de quien puede jugar. No rechaza lo obsceno ni lo sucio, en todo caso lo encarna, pero no como una fuerza desintegradora de otra fuerza.

Se opone a la desintegración, le interesa la germinación.

Está en el florecer y en el acontecimiento. Es mística. Pero no como la otredad inalcanzable. No es “necesariamente siempre lo otro” en tanto  imposible.

En todo caso es lo vedado o lo proscripto. Y al ser su proscripción política, su posición pandémica también lo es. Es alcanzable y posible en tanto se tenga valentía.

No se lo pregunta, ni lo persigue como objetivo. No pide permiso, ni explicaciones y mucho menos pide perdón.

Una feminidad extravagante, loca, inentendible, insumisa, inesperada, provocativa, mala, muy mala, pero solo porque aborrece la moral, y la devuelve irónicamente en forma de espejo. Porque más que virgen, es puta, fácil y ligera. Siempre curiosa y aguafiestas.

Y cuando quiere, tierna, más tierna que la ternura, porque entiende que es su mejor aliada.

 

Por Sofia Guggiari

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