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Una experiencia monstruosa

Pocas películas se han propuesto trascender su género, muchas menos lo han logrado. Muere, monstruo, muere la segunda película de Alejandro Fadel es la excepción, o la singularidad a la regla ( la primera fue Los salvajes [2009], también fue coguionista de Leonera  y Elefante blanco, ambas de Pablo Trapero). Mezcla de terror, de policial y de viaje hipnótico, Muere, monstruo, muere es un viaje audiovisual de excelentísima factura técnica.

CHEGA DE SAUDADE

Sobre Sueño Florianópolis, de Ana Katz, notable estudio sobre nuestro veleidoso espíritu 

Lucrecia y Pedro ya estuvieron en Florianópolis hace diez años. Entonces vieron un entorno natural que se les clavó en el corazón como la espina de una rosa, esa belleza que de tan encantadora duele y no puede ser nombrada (más que en el título de un libro para leer panza al sol sin prestarle atención a las frases en latín). Por eso siempre quisieron volver, más ahora que los chicos son grandes y los dos quieren que vivencien el mar, los morros, la arena de la playa, las cosas verdaderamente importantes que uno se guarda de las vacaciones para siempre. Que ellos, Lucrecia y Pedro, se estén separando, es francamente anecdótico; pueden convivir con el tema sin pudores ni ocultamientos, y a la vez se pueden permitir despedir a los chicos que están a un trance de hacerse adultos. Hay quienes pueden llamarlos “modernos” por esa convivencia abstrusa, sin embargo estamos en los ‘90 y la vida, hoy, es una constante evolución y un imperioso salir al mundo.

LO FATAL

Rojo, de Benjamín Naishtat, reconstruye la época previa a los años de plomo en imágenes y sensaciones donde late el horror. 

Los vecinos se llevan los muebles de una casa vacía o desgarrada, metódicos, casi sin hacer ruido. Pero no son como los que llegan del campo y traen sombras para el techo, podríamos decir que a ellos no les falta nada. Es un saqueo organizado. Perturbador. Luego, un abogado de Granada, esa ciudad de la provincia donde los vecinos se llevan lo impropio a la luz del día, le da una lección a un muchacho altanero que llega seguramente de la Capital, y provoca un escándalo sordo donde el único damnificado es el extraño. Más perturbador aún, porque la cosa no quedará ahí, se teñirá de rojo. Como la sangre, como los comunistas que la Triple A tiene que combatir, como el sol del atardecer en el desierto. Rojo, primario, pasional, hórrido. El rojo es el único color que restalla cuando la monocromía se apropia del campo abierto, es algo fatalmente inexcusable, inevitable, perentorio. Aunque de qué sirven los adjetivos cuando estamos muertos.