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Lado B

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UN BRICOLAGE ANSIOLÍTICO

Es inexorable. Frente al compromiso de tener que escribir una pieza nueva, o que empezar un proceso de ensayos, el fantasma vidrioso del vacío me empieza a desvelar. El atávico impulso inútil de “tener ideas”, de intentar “idear” la obra fuera de sí misma, como si tal boludez fuera posible. De atrapar a esa anguila escurridiza de la cosa artística pensando en ella antes, en cambio de imaginarla durante; que es lo único que el bicho bendito suele permitirte. Entonces, cada vez que enfrento ese vacío; que vuelvo a comprender que no hay manera de inventar la cosa fuera de la cosa misma, -su escritura o sus ensayos- me pongo hacendosamente a hacer otra cosa para llegar hasta ella. Lo descubrí hace muchos años. Como un tilo metafísico esa otra cosa me calma, me ordena y me permite amasar una estética con la máquina ancestral y sublime de la parábola. Tablitas viejas, escofina, cola, sierra, berbiquí; y marcha camión.

Espadas y catanas

El ocio no es algo que abunde entre las personas que trabajamos supuestamente para el ocio ajeno. Nuestros horarios van a contrapelo del mundo normal y conozco pocas personas en el medio teatral o cinematográfico que realmente llamen ocio a ver películas u obras de teatro. Tal vez sea por ello que la búsqueda más o menos desesperada de hobby, una práctica más o menos adolescente que uno replica con más intensidad con los años, tal vez para seguir sintiéndose joven, suele venir acompañada de mutaciones y cambios bruscos de sentido. Ni siquiera me hubiera atrevido a considerar hobbies al tango, la natación o el fútbol, tres actividades que me tienen a veces de visita, porque los actores suponemos que todo trabajo que uno haga con el cuerpo es precisamente eso: trabajo.