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 Alguien escucha una declaración de amor imposible sentada sobre un inodoro. El baño público como territorio de afectos plebeyos. 

 Había terminado de mear pero permanecía sentada sobre los retazos de papel higiénico que conformaban una extraña arquitectura sobre la tapa del inodoro. Me disponía a mandar un mensaje de audio a mi hermana para contarle que me había acostado con la novia de una amiga. A punto de emitir la primera vocal que inauguraría una suerte de argumentos estúpidos, decidí llamarme a mutis cuando oí unas fuertes voces que se metían al baño. 

En tetas y a los gritos

¿Cómo no putear contra el teatro al que le damos todo y devuelve tan poco? ¿Por qué no exigir, con espuma en la boca y lágrimas en los ojos, actuar en la Martín Coronado? ¿Cómo seguir de pie cuando te das cuenta que Tolcachir nunca te va a dirigir? ¿Por qué no gritar, en tetas y embarrada, cuando la sensación de injusticia no entra en el cuerpo? Nos mintieron, nos mentimos, creímos que si trabajábamos duro, que si nos esforzábamos íbamos a poder vivir (dignamente) del teatro, pero ahora tenemos que conformarnos con una casa devenida sala, tres lamentables luminarias y la eterna mugre del teatro independiente… de esto habla “Hijas” y, si sos del palo, difícil no sentirse identificadx.

“Hijas” nos presenta a dos actrices desesperadas por actuar, por que las llamen, por ser vistas. De-ses-pe-ra-das. Con toda la adrenalina, la impotencia, la rabia, el despecho que implica la desesperanza. Dos actrices que sin su vocación quedaron repitiendo textos de Lorca o de Tennesse como si fueran los remos de un bote que quizás las haga llegar a alguna orilla.

Dos actrices (Leticia Coronel y Federico Pereyra) que imprimen una intensidad, una fe, un destino claro a su actuación que hace que unx no pueda zafar y quede prendadx de esos cuerpos que emanan líbido. Eso le regala “Hijas” a su público: la posibilidad de ser testigos de cuerpos presentes, potentes, entregados, estallados, comprometidos con el juego, el humor y la denuncia.

La puesta de Carla Di Grazia y Hugo Martínez nos brinda las condiciones para que aparezca el teatro en su expresión más original: el teatro primitivo, el teatro de encuentro, del sonido y de las formas, del canto y de la danza, de la construcción de ficción a partir del cuerpo y la palabra. Donde el texto de Sofía Badia, Leticia Coronel y Federico Pereyra se presenta como un chorro de imágenes, que evocan más de lo que significan y que permite hacernos viajar por una narración que causa risa, ternura, empatía, reflexión, bronca y ganas de actuar. La hermosa ejecución sonora en vivo de Mantrixa es lo que permite que este dispositivo se mantenga en pie, aportando el clima necesario para construir cada situación dramática sin cerrar el sentido.

Este espectáculo fue producido dentro del marco de la Bienal de Arte Joven y se presenta en el Abasto Social Club hasta el 07 de Diciembre. El miércoles 04 de Diciembre formará parte del Festival Aura en el Teatro de la Universidad Nacional de La Plata. El año entrante tendrá una única función en Timbre 4 (México 3554) el 20 de Febrero y retomará las funciones en el Abasto Social Club los viernes a las 21hrs. desde el mes de Marzo. Les recomiendo que no se lo pierdan.

Por Agustina Soler

Intérpretes: Leticia Coronel y Federico Pereyra / Dirección de arte y diseño de vestuario: Uriel Cistaro / Realización de vestuario: Uriel Cistaro y Adriana Baldani / Tocados, Asistencia de arte y vestuario: Luisa Vega / Diseño y realización de maquillaje: Joseph Elias Attieh Bello / Fotos: Meninas Colectivo, Alfonso Bató y Federico Lehman / Registro audiovisual: Federico Lehman / Diseño gráfico: Ancherama / Redes:Federico Pereyra y Leticia Coronel / Diseño, composición y realización sonora en vivo: Mantrixa / Entrenamiento corporal y asistencia musical: Romina Trigo / Diseño de iluminación: Lucía Freijoó / Co-autoría de obra originaria: Leticia Coronel y Lourdes Hijano Sol / Textos: Leticia Coronel y Federico Pereyra / Dramaturgia: Sofía Badia, Leticia Coronel y Federico Pereyra / Producción: Leticia Coronel / Asistencia de producción: Uriel Cistaro, Federico Pereyra y Yamila Seco / Asesoriamiento artístico: Juan Coulasso / Asistencia de dirección: Yamila Seco

Las vidas probables y sus verdades provisorias

Dirigir un proyecto de graduación de la U.N.A supone un desafío mayor al de montar cualquier otro espectáculo, incluso en el circuito independiente: 14 estudiantes-actores/actrices que no fueron seleccionadxs por lx directorx, sino que se anotaron en una cátedra y sólo un cuatrimestre para armar un espectáculo donde cada unx debe tener su lugar de protagonismo. Cualquier directorx podría sentirse sobrepasadx por estas circunstancias, y que eso se vea en el resultado del espectáculo. Por suerte, esto no es lo que sucede en “Las vidas probables”.

Recuerdos del futuro

El teatro Payró es un emblema de creación y resistencia. Diego Kogan recuerda sus orígenes y anticipa cómo serán los festejos por los 70 años de su creación.

Soy Diego Kogan. Mi apellido está inevitablemente ligado al Teatro Payró y a su historia. Pero para hablar de historia, vamos a empezar por donde corresponde: por el futuro. Es que, además de una suerte de declaración de principios, viene como anillo al dedo ya que el Payró se acerca a sus setenta años. Y como el Teatro fue forjado por soñadores desde su creación, ya estamos soñando en cómo festejar en ese no tan lejano 2022.

ELLA:   Nos encontramos en la esquina de siempre, el café de siempre. Nos sonreímos. Nos regalamos una de esas sonrisas formales, como para empezar.

EL:       ¿Adentro o afuera?

ELLA:   Él prefiere adentro, yo afuera. Vamos adentro.

EL:       ¿La mesa del fondo o por el centro?

ELLA:   Él prefiere la mesa que está en el centro, yo prefiero la mesa retirada al fondo. Al fondo es más fácil hablar. Nos terminamos sentando adentro en la mesa del centro. No estoy cómoda, pasa la moza todo el tiempo. Me da fobia que me pasen por al lado todo el tiempo, no me puedo concentrar…Ya estamos en la mesa del centro. Se raja el aire cada vez que dejamos un mínimo silencio. Hay que hablar. Decimos algo del clima, algo así como que el clima está muy loco últimamente. Estamos de acuerdo en eso. La moza avisa que no quedaron las tostadas que pedí. Cambio de planes: medialunas. Café con leche con medialunas. Se va la moza. La criticamos. Corrijo, criticamos la falta de mercadería. Él me dice que es domingo, seguro por eso no tienen ni lo básico. Digo que sí, seguro es por eso. Nos esforzamos para que el silencio no se instale. Palabras de un lado a otro. Me cuenta que empezó un trabajo nuevo. Me pongo contenta, le pregunto algunos detalles. Me cuenta detalles y llega el café. Escupimos palabras, mientras ponemos azúcar al café. Me cuenta de un lugar hermoso en Córdoba. Le digo que parece realmente hermoso, que me encantaría ir. Me dice que vaya, que me va a gustar. La mínima posibilidad de que el silencio se sumerja en el café, hace que se llene todo con el cuento de una amiga. Decimos cosas de nuestra amiga y cuanto más opinamos de su vida, menos hablamos. Comemos media lunas. A mí se me hace una bola de harina en la boca. Se vuelve difícil de tragar. Con las tostadas, no tendría ésta bola atorada en mi boca, eso pienso. La culpa es de la media luna. La bola me traba la lengua, obstruye las palabras y me hace pensar que qué hago en ese lugar. Está enfrente mío, la mesa separa nuestros cuerpos y sus pupilas pasan rápido por las mías. O mis pupilas pasan rápido por las suyas. No lo sé. Qué difícil volver a mirar eso que fue tan mirado, casi auscultado. Hay que hablar.

Ahí vienen bajando los rubios con su desparramo espástico, su energía volátil, su atención cambiante. Llegan en tropel caótico con sus heladeras de picnic, sus selfies y su pelota playera. Se pelean y se pegan, compiten en imbecilidad pero también despiertan ternura. Marchan hacia el desastre. 

Dos actrices encarnan múltiples personajes en una vorágine de ideas y pensamientos que suceden dentro de la cabeza de su autora. Tramas que se desarrollan y detienen, estructuras dramáticas incompletas, hipótesis que avanzan pero no llegan al clímax, mundos sensibles en constante mutación. Sentada en una casa de vidrio propone, de alguna manera, la representación imposible del proceso creativo. Tan alucinante como caprichoso, tan hermético como indómito, el moebius de la ficción se hace carne durante los 70 minutos que dura la obra y obliga al espectador a volcar toda su atención en la escena. 

En el mundo, el juicio a las juntas militares argentinas, primero, y los de delitos de lesa humanidad, después, sentaron precedente. Con el tiempo, lograron convertirse en parte de la historia de la jurisprudencia -internacional, latinoamericana y nacional- contra el terrorismo de estado. Casos ejemplificadores, insospechados, necesarios. Muchos lo sabemos y bastante se ha dicho sobre el tema. Sin embargo, han sido muy pocos, más allá de los afectados y sus familiares, los que han presenciado esas audiencias interminables y agónicas a través de la cuales la justicia se hace carne y “actúa”. Sí, en tiempo presente, porque todavía se llevan a cabo y no está todo dicho en materia de sentencias y condenados.   

Sueña con lo verde. Todo lo que brota, lo bueno y lo malo. Azucena es una mujer en pleno brote. No es presa ni es del todo libre. No tiene dueño. A veces tiene alguien que la cuida, aunque no es la mejor opción. Deambula entre la lucidez extrema y la locura, cabalgando la épica del desamor.