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Teatro

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En este pequeño texto con aires de un borges preciso y melancólico , Macarena Trigo, barniza objetos cotidianos que construyen nuestra identidad como argentinos.

En escena una forma del ser argentino.

Estamos atravesando lo que se conoce como un fucking moment según expertos estadounidenses. A los europeos les contás esto que pasa y no te entienden, el cotidiano nuestro les parece realismo mágico. No les entra en la cabeza este río, ni la 9 de Julio ni el obelisco. Los obeliscos que conocen son egipcios, los afanaron los franceses y están en el Louvre. Para los europeos somos improbables, pero si no existiéramos nos habrían inventado porque a efectos prácticos somos imprescindibles. Somos la prueba viviente de que las cosas siempre pueden ir a peor pero resisten. Somos inspiradores y atractivos. Sí, atractivos. El acento es fundamental, por lo inconfundible. Lo reconocen y, sin excepción, se entusiasman o te detestan. No hay término medio. La envidia, che, la envidia es una cosa muy mala.

Teatro físico: aquel que, más allá de la palabra y a pesar de ella, logra hacer de la representación un ente reconocible, identificable y, por sobre todas las cosas, infinitamente humano. Lejos de la literalidad y haciendo uso de la versatilidad del cuerpo, Un domingo se permite dialogar con el surrealismo y el absurdo en un torbellino de escenas que retratan la alocada y sinrazón vida familiar burguesa de ningún lugar ni ningún tiempo. Y, justamente por eso, de todos los lugares y todos los tiempos.  

¿A la felicidad se la encuentra o se la alcanza? ¿Qué es lo que usted hace mejor? ¿Entregaría su mascota a cambio de tener éxito? Como en un test de revista desquiciado o un interrogatorio policial, las preguntas se suceden acorralando a los protagonistas a la autodefinición. Hiperventilados por el mandato del hacer constante, se entregan al juego, al ruido, al movimiento.  

Lili cumple los años. Nadie se acuerda de saludarla si ella no lo dice, medio enojada, medio a los gritos. No hay torta para festejarlo, apenas un alfajor y una velita usada. Pero no hay mucho que festejar este año: papá está internado porque le dio un ataque, Bárbara justo sale de la cárcel por pegarle un tiro al marido, y Mili no contesta el teléfono, muy ocupada está en su trabajo de estrella del cine. Las hermanas de Lili (Bárbara y Mili) qué se van a acordar de que Lili cumple los años: a Bárbara el marido la faja y está en coma por el balazo, y a Mili se le apagó la cola del cometa y vuelve al pueblo con la cola entre las patas. Una es la comidilla del pueblo por ese hecho de ahora mismo, la otra por la gloria pasada y que ya pasó y se fue. Lili, puro presente, se niega a tener historia. Y los dos hombres que las rodean a las tres (un novio abandonado y el abogado que se creía ganador) son insuficientes para que los días resulten más sencillos, uno por soñador, el otro porque lucha contra su incompetencia. Una historia repetida en cualquier sitio del país aunque allí, en ese rincón del mundo, sea una situación única que le modificará la vida a todos ellos. Por un rato, o para siempre.

El escenario de la tragedia

Dicen que todo teatro es político. Que la política es la esencia del teatro. Que no puede separarse el hecho político que contiene a todo el espacio escénico. Que la historia es política, y que el teatro es historia. Y así podemos estar hasta que se acaben las variantes, si es que se acaban.

RECUERDOS 

El olvido, pequeña pieza de largo alcance en la historia y las emociones, escrita y dirigida por Ana Laura Suárez Cassino 

Graciela lo ve a Roberto en el aeropuerto y su vida vuelve al momento en que dejó de verlo, un momento refugiado en aquella adolescencia patagónica. Ella se acuerda de todo lo que vivieron juntos, que no es tanto ni tan importante, pero que la memoria magnifica y las sensaciones en el cuerpo se encargan de reverdecer. Roberto le sigue el tren en el avión, incluso cuando llegan a Esquel, de donde los dos se fueron poco después de aquel cumpleaños en el que dejaron de verse, después de aquel helado que Graciela se volcó sobre el vestido, después de abandonar la mesa del café donde charlaron durante horas alguna vez. Pero Roberto no la recuerda. Intenta recordarla, pero no la recuerda. Él es viudo, vive en México, tuvo una misión que cumplir en los años de plomo, hoy maneja una imprenta… Es evidente que los recuerdos, a tantos kilómetros de distancia, se extravíen en un recodo del camino, pero las sensaciones en el cuerpo, incluso pasados los sesenta, no saben de distancias y mucho menos del tiempo. 

¿Es posible representar la captura, la pérdida de la identidad, el sometimiento sexual o la tortura? Y si fuera posible, ¿tendría sentido? A partir de la conciencia de esa condición infigurable, Gabriela Cabezón Cámara logra un relato crudo y poético sobre la trata de mujeres, que escribe en segunda persona. Así como ella se hace cargo de lo inefable del tema al evitar la posición yoica, la osada puesta en escena de Victoria Roland redobla la jugada.  

Al ingresar por el pasillo, el teatro español con nombre de mujer no solo tiene invertido su escenario sino que más que sala teatral parece una rave. Sí, esas fiestas de música electrónica al palo y luces intermitentes en las que se baila rítmica y alocadamente. En lo alto, una dj embelesada por lo que suena. Parece inerte, desconectada del resto: una chirolita de la música. Pero entonces se presenta la palabra y el personaje de Beya, interpretado por una energética y poderosa Carla Crespo, introduce el texto de Cabezón Cámara con una contundencia irrefutable.  

De a poco, la historia se va volviendo carne. A fuerza de repeticiones y mantras, y aunque la puesta en escena esté lo más alejado posible del intento de naturalismo (porque, como se ha dicho, es imposible de representar) y las palabras describen algo que se ve y pasa -pero no vemos ni nos pasa-, las tortuosas peripecias de Beya se convierten en acto verosímil y emotivo. Incluso a pesar de estar en un teatro que se confunde con una rave 

Por Julieta Bilik 

 

BEYA DURMIENTE (Dj Beya) 

Basado en la nouvelle Le viste la cara a dios de Gabriela Cabezón Cámara. Dirección: Victoria Roland. Interpretación: Carla Crespo. Xirgu UNTREF, Chacabuco 875; domingos, a las 18; $300. 

 

La partida se revive en sueños: hombres que se despiden de sus hijos y prometen que van a volver. El padre de ella se fue y juró regresar algún día. Desde entonces, ella imagina ese momento. La espera es una habitación amueblada con bloques de recuerdos y fantasías que fluyen, que se derraman como el agua. 

Paula Fernandez Mbarak protagoniza este unipersonal repleto de poesía y sensibilidad actoral. Trabaja desde lo mínimo, el gesto pequeño y significativo. Construye una intimidad susurrada para este relato desarmado, sinuoso, tironeado entre la expectativa y el recuerdo.   

Se siente como hachazos en la cabeza. Algo amenaza con alterar lo establecido, por quebrar lo permanente. Una madre desvelada busca a su hijo. Desparrama su angustia por la mansión familiar mientras toca el piano. Todos gritan. Un desliz del pasado ensombrece el presente. Hay un baúl a mano para guardar lo que se prefiere ocultar. 

Con esta versión libre de El Pasado, de Florencio Sánchez, Pompeyo Audivert completa un tríptico de trabajos sobre piezas de autores rioplatenses, buscando retomar el rastro de nuestro valioso pasado teatral.  Las anteriores fueron “La farza de kis ausentes” (a partir de “El desierto entra en la ciudad” de Roberto Arlt) y “Después de muñeca” (original de Discépolo). Las tres tienen en común temáticas vinculadas a la identidad y la pertenencia. 

Audivert protagoniza la obra -imperdible en el rol de esa madre de la alta burguesía atormentada y manipuladora- y está además a cargo de la dirección junto a Andrés Mangone. Acompaña al actor un elenco brillante.  

Con un texto encarrilado en el grotesco, en esta puesta el melodrama gana terreno: fue bautizada culebrón metafísico. El relato se construye con elementos disonantes, hay un corrimiento. Las reacciones son exageradas o a veces llegan tarde, como si los sentimientos se separaran de los personajes o los desbordaranSe pone en evidencia la máscara y el artificio 

 En ese universo de oligarquía y escándalo social, de mentiras y rechazo, algunos buscan amoldar la realidad a sus deseos. Pero, como dice Pompeyo, a veces el destino empecinado teje redes confusas, de pasado, de presente y de futuro. Entonces la tragedia se avecina. 

Paula Boente 

Trastorno 

Dramaturgia: Pompeyo Audivert sobre textos de Florencio Sánchez Dirección: Pompeyo Audivert y Andrés Mangone Interpretación: Pompeyo Audivert, Julieta Carrera, Juan Manuel Correa, Pablo Díaz, Fernando Claudio Khabie, Fernando Naval e Ivana Zacharski Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543; viernes y sábados a las 20; desde $400 

Teatro El Popular

El 7 de Mayo de 2012, en coincidencia con el aniversario número noventa y tres del nacimiento de Eva Perón, y luego de tres años de construcción, un garaje se transformaba en teatro, a contramano de los vientos noventistas donde los teatros se convertían en garaje. Con el coraje, la valentía y el ímpetu  de Jorge Valencia, asesorado por Héctor Calmet y el arquitecto Marcelo López, con la convicción y el deseo de difundir promover, promocionar, producir y enseñar teatro argentino surgió “Teatro El Popular”.