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Las vidas probables y sus verdades provisorias

Dirigir un proyecto de graduación de la U.N.A supone un desafío mayor al de montar cualquier otro espectáculo, incluso en el circuito independiente: 14 estudiantes-actores/actrices que no fueron seleccionadxs por lx directorx, sino que se anotaron en una cátedra y sólo un cuatrimestre para armar un espectáculo donde cada unx debe tener su lugar de protagonismo. Cualquier directorx podría sentirse sobrepasadx por estas circunstancias, y que eso se vea en el resultado del espectáculo. Por suerte, esto no es lo que sucede en “Las vidas probables”.

Ahí vienen bajando los rubios con su desparramo espástico, su energía volátil, su atención cambiante. Llegan en tropel caótico con sus heladeras de picnic, sus selfies y su pelota playera. Se pelean y se pegan, compiten en imbecilidad pero también despiertan ternura. Marchan hacia el desastre. 

Dos actrices encarnan múltiples personajes en una vorágine de ideas y pensamientos que suceden dentro de la cabeza de su autora. Tramas que se desarrollan y detienen, estructuras dramáticas incompletas, hipótesis que avanzan pero no llegan al clímax, mundos sensibles en constante mutación. Sentada en una casa de vidrio propone, de alguna manera, la representación imposible del proceso creativo. Tan alucinante como caprichoso, tan hermético como indómito, el moebius de la ficción se hace carne durante los 70 minutos que dura la obra y obliga al espectador a volcar toda su atención en la escena. 

En el mundo, el juicio a las juntas militares argentinas, primero, y los de delitos de lesa humanidad, después, sentaron precedente. Con el tiempo, lograron convertirse en parte de la historia de la jurisprudencia -internacional, latinoamericana y nacional- contra el terrorismo de estado. Casos ejemplificadores, insospechados, necesarios. Muchos lo sabemos y bastante se ha dicho sobre el tema. Sin embargo, han sido muy pocos, más allá de los afectados y sus familiares, los que han presenciado esas audiencias interminables y agónicas a través de la cuales la justicia se hace carne y “actúa”. Sí, en tiempo presente, porque todavía se llevan a cabo y no está todo dicho en materia de sentencias y condenados.   

Sueña con lo verde. Todo lo que brota, lo bueno y lo malo. Azucena es una mujer en pleno brote. No es presa ni es del todo libre. No tiene dueño. A veces tiene alguien que la cuida, aunque no es la mejor opción. Deambula entre la lucidez extrema y la locura, cabalgando la épica del desamor.  

Los muertos que entierran a los muertos.

La alienación es un extrañamiento de sí mismo. El trabajador pierde distancia entre él, sus deseos, sus afectos, su potencia y lo que produce para el mercado. Hay un efecto de inversión teológica: el hombre crea a Dios, se aliena con él y sostiene luego que es creado por esa entidad suprasensible. Lo venera; pone lo más propio de su subjetividad en manos de algo difuso, lejano y perfecto en contradicción con su auto-percepción humana y fallida. En los últimos 30 años el capitalismo en su forma “neoliberal” igualando todo a la doctrina del valor no solo borra sus capacidades de captura infame si no que propone desear estar dentro de ella. Estar por fuera es no estar, es no ser: sin trabajo no hay dinero, sin dinero no hay consumo, sin consumo no hay ser. Los empleados de esta funeraria están capturados en su forma de vida que gira en torno a su trabajo y sus pequeños gestos. La propuesta de Christian García gira en torno al tiempo viscoso de trabajadores zombies que están en contacto permanente con la muerte. No hay nada vital. Planillas inútiles, entre-dichos, protocolos neuróticos. Casa Linguee es una crítica (o sea una forma de aproximación) a la devastación que produce en nuestros cuerpos el dispositivo del mundo laboral. Son cuerpos impropios, encorsetados por pantalones de vestir, rudimentarios como piezas de una maquina sedentaria. Son cuerpos orgánicos sin su contraparte de intensidad ya que esta fue sustraída por la rutina de este ritual de la nada. Corderos de sacrificio al Dios del Salario. Hay un caminar debilitado: cada desplazamiento es un vía crucis individual. La obra acierta en correr el foco de una dramaturgia contenidista que se relamería en denunciar estos atropellos de la victoria del Capital sobre la vida. Es un naufragio de textos flotantes que se hunden en el intercambio. La obra impone dos Tiempos: el tiempo del personaje de García que viene recomendado y quiere trabajar allí, y el de los empleados abúlicos que lo ignoran sin culpa. No lo ven como un par, como alguien de su misma clase, como un “compañero” para futuras reivindicaciones si no como un cuerpo extraño que es portador de una peste incurable. Casa Linguee es el prólogo del velorio de alguien donde se cumple una máxima del cristianismo: “Sígueme, deja que los muertos entierren a sus muertos”, salvo que en esa casa sepelios, nadie podría seguir al profeta porque todos están muertos enterrados en sí mismos.

Juan Ignacio Crespo.

Casa Linguee

Dramaturgia y dirección: Christian Garcia

Actúan: Paula Aguirre, Ignacio Arroyo, Gustavo Barbeito, Natalio Bellíssima, Yamil Chadad, Darío Coronda Kartu, Lucas Crespi, Estefania D’Anna, Micaela Escandarani, Christian Garcia, Marigela Ginard, Pablo Lopez Barrios, Natalia Pardo, Germán Parmetler, Alejandro Pérez, Daniela Piemonte, Andrés Raiano, Julián Sortino, Ricardo Tamburrano, Martín Urruty

TEATRO HASTA TRILCE

Maza 177

Capital Federal – Buenos Aires – Argentina

Reservas: 4862-0655

Entrada: $ 300,00 / $ 200,00 – Miércoles – 21:30 hs – Hasta el 13/11/2019

Elsa, una mujer de sesenta y tantos, está hecha de la memoria que flota en nuestro tiempo y viene a nosotros para dejarnos clarito lo viva que está. Elsa revisa su pasado rodeada de plantas, conversando en línea directa con su imaginación, con la que establece un diálogo tan fantástico como palpable. Está habitada por personajes propios, y en vez de negarlos tiene la virtud de darles lugar para que se expresen y expresarse a través de ellos. Como si fueran, tal vez, los personajes del libro que nunca se animó a escribir. 

La savia tiene la preciosa singularidad de visitar a un personaje de una generación que hoy ya no es protagonista, le “saca la foto“ a un arquetipo claramente reconocible. La obra es una excusa para dar forma a un poético jardín interior en el que se reproduce lo que pasa por la mente de alguien que vivió su vida, y que ahora tiene todo el tiempo para sí. 

Elsa late en el cuerpo de Busnelli encendida como una refulgente lamparita, más brillante aún que su pelo colorado. Liviana y a la vez profunda, la actriz va trazando el recorrido con el timing perfecto: el de “las señoras“ dueñas de una cierta irreverencia y de una asociación caprichosa con la que enlazan temas, con los límites algo borroneados entre lo que es correcto o no decir, y que dicen lisa y llanamente aquello que les pasa por la cabeza. Hay en su trabajo una familiaridad inevitable, su simpatía produce una empatía con sabor a déjà vu; en La savia pasamos de visita y la vemos, pero ese personaje existe, todos conocemos a alguna Elsa por ahí. 

Si lo que dice la protagonista puede sonar caprichoso, la obra y la puesta no lo son. Sanchez Mestre entiende que más que una construcción de relato lineal, el trabajo consiste en generar una temperatura escénica que permita espiar a Elsa por dentro. Le ofrece entonces un interlocutor fresco y espontáneo, El Chino, y a Mariel, la chica que limpia su casa, quizás un nexo entre su mundo interior y la vida real. Y enmarca este pequeño universo con una escenografía inusual hecha de tantas plantas como quepan en el ambiente. La naturaleza se convierte en metáfora: son plantas en macetas en las que late una vida potencialmente más salvaje, pero que, con todas sus limitaciones, hoy brillan luminosas por la savia que las recorre. Como la protagonista, alguien que es, con sus alegrías y tristezas a cuestas, la escritora en potencia que no fue, y a la vez una persona, qué duda cabe, con mucho para contarnos y por decir.  

por Vera Czemerinski 

 Autor y director: Ignacio Sánchez Mestre  / Actúan: Mirta Busnelli, Agustin García Moreno y Constanza Herrera. / Viernes 20:30 hs.  / Santos 4040 (Santos Dumont 4040). 

Teatro físico: aquel que, más allá de la palabra y a pesar de ella, logra hacer de la representación un ente reconocible, identificable y, por sobre todas las cosas, infinitamente humano. Lejos de la literalidad y haciendo uso de la versatilidad del cuerpo, Un domingo se permite dialogar con el surrealismo y el absurdo en un torbellino de escenas que retratan la alocada y sinrazón vida familiar burguesa de ningún lugar ni ningún tiempo. Y, justamente por eso, de todos los lugares y todos los tiempos.  

¿A la felicidad se la encuentra o se la alcanza? ¿Qué es lo que usted hace mejor? ¿Entregaría su mascota a cambio de tener éxito? Como en un test de revista desquiciado o un interrogatorio policial, las preguntas se suceden acorralando a los protagonistas a la autodefinición. Hiperventilados por el mandato del hacer constante, se entregan al juego, al ruido, al movimiento.  

Lili cumple los años. Nadie se acuerda de saludarla si ella no lo dice, medio enojada, medio a los gritos. No hay torta para festejarlo, apenas un alfajor y una velita usada. Pero no hay mucho que festejar este año: papá está internado porque le dio un ataque, Bárbara justo sale de la cárcel por pegarle un tiro al marido, y Mili no contesta el teléfono, muy ocupada está en su trabajo de estrella del cine. Las hermanas de Lili (Bárbara y Mili) qué se van a acordar de que Lili cumple los años: a Bárbara el marido la faja y está en coma por el balazo, y a Mili se le apagó la cola del cometa y vuelve al pueblo con la cola entre las patas. Una es la comidilla del pueblo por ese hecho de ahora mismo, la otra por la gloria pasada y que ya pasó y se fue. Lili, puro presente, se niega a tener historia. Y los dos hombres que las rodean a las tres (un novio abandonado y el abogado que se creía ganador) son insuficientes para que los días resulten más sencillos, uno por soñador, el otro porque lucha contra su incompetencia. Una historia repetida en cualquier sitio del país aunque allí, en ese rincón del mundo, sea una situación única que le modificará la vida a todos ellos. Por un rato, o para siempre.