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¿Es posible representar la captura, la pérdida de la identidad, el sometimiento sexual o la tortura? Y si fuera posible, ¿tendría sentido? A partir de la conciencia de esa condición infigurable, Gabriela Cabezón Cámara logra un relato crudo y poético sobre la trata de mujeres, que escribe en segunda persona. Así como ella se hace cargo de lo inefable del tema al evitar la posición yoica, la osada puesta en escena de Victoria Roland redobla la jugada.  

Al ingresar por el pasillo, el teatro español con nombre de mujer no solo tiene invertido su escenario sino que más que sala teatral parece una rave. Sí, esas fiestas de música electrónica al palo y luces intermitentes en las que se baila rítmica y alocadamente. En lo alto, una dj embelesada por lo que suena. Parece inerte, desconectada del resto: una chirolita de la música. Pero entonces se presenta la palabra y el personaje de Beya, interpretado por una energética y poderosa Carla Crespo, introduce el texto de Cabezón Cámara con una contundencia irrefutable.  

De a poco, la historia se va volviendo carne. A fuerza de repeticiones y mantras, y aunque la puesta en escena esté lo más alejado posible del intento de naturalismo (porque, como se ha dicho, es imposible de representar) y las palabras describen algo que se ve y pasa -pero no vemos ni nos pasa-, las tortuosas peripecias de Beya se convierten en acto verosímil y emotivo. Incluso a pesar de estar en un teatro que se confunde con una rave 

Por Julieta Bilik 

 

BEYA DURMIENTE (Dj Beya) 

Basado en la nouvelle Le viste la cara a dios de Gabriela Cabezón Cámara. Dirección: Victoria Roland. Interpretación: Carla Crespo. Xirgu UNTREF, Chacabuco 875; domingos, a las 18; $300. 

 

La partida se revive en sueños: hombres que se despiden de sus hijos y prometen que van a volver. El padre de ella se fue y juró regresar algún día. Desde entonces, ella imagina ese momento. La espera es una habitación amueblada con bloques de recuerdos y fantasías que fluyen, que se derraman como el agua. 

Paula Fernandez Mbarak protagoniza este unipersonal repleto de poesía y sensibilidad actoral. Trabaja desde lo mínimo, el gesto pequeño y significativo. Construye una intimidad susurrada para este relato desarmado, sinuoso, tironeado entre la expectativa y el recuerdo.   

Se siente como hachazos en la cabeza. Algo amenaza con alterar lo establecido, por quebrar lo permanente. Una madre desvelada busca a su hijo. Desparrama su angustia por la mansión familiar mientras toca el piano. Todos gritan. Un desliz del pasado ensombrece el presente. Hay un baúl a mano para guardar lo que se prefiere ocultar. 

Con esta versión libre de El Pasado, de Florencio Sánchez, Pompeyo Audivert completa un tríptico de trabajos sobre piezas de autores rioplatenses, buscando retomar el rastro de nuestro valioso pasado teatral.  Las anteriores fueron “La farza de kis ausentes” (a partir de “El desierto entra en la ciudad” de Roberto Arlt) y “Después de muñeca” (original de Discépolo). Las tres tienen en común temáticas vinculadas a la identidad y la pertenencia. 

Audivert protagoniza la obra -imperdible en el rol de esa madre de la alta burguesía atormentada y manipuladora- y está además a cargo de la dirección junto a Andrés Mangone. Acompaña al actor un elenco brillante.  

Con un texto encarrilado en el grotesco, en esta puesta el melodrama gana terreno: fue bautizada culebrón metafísico. El relato se construye con elementos disonantes, hay un corrimiento. Las reacciones son exageradas o a veces llegan tarde, como si los sentimientos se separaran de los personajes o los desbordaranSe pone en evidencia la máscara y el artificio 

 En ese universo de oligarquía y escándalo social, de mentiras y rechazo, algunos buscan amoldar la realidad a sus deseos. Pero, como dice Pompeyo, a veces el destino empecinado teje redes confusas, de pasado, de presente y de futuro. Entonces la tragedia se avecina. 

Paula Boente 

Trastorno 

Dramaturgia: Pompeyo Audivert sobre textos de Florencio Sánchez Dirección: Pompeyo Audivert y Andrés Mangone Interpretación: Pompeyo Audivert, Julieta Carrera, Juan Manuel Correa, Pablo Díaz, Fernando Claudio Khabie, Fernando Naval e Ivana Zacharski Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543; viernes y sábados a las 20; desde $400 

Se trata de un musical austero: con canciones, coreografía y música en vivo, pero lejos de la espectacularidad que caracteriza al género. Dos jóvenes paraguayas se ilusionan ante la posibilidad de vivir en los Estados Unidos porque allí las mujeres corren con tacos, pero nunca se caen. Ilusionadas, se movilizan en pos de la libertad y de nuevas oportunidades pero, entre lo posible y lo deseable, suceden las contingencias.  

En la postal que oficia de programa se ve una casa hecha de masa, galletita o algún otro material efímero que da cuenta de todos los clichés del ícono: techo a dos aguas, chimenea, dos ventanas y un sendero que conduce a la fachada. De eso se trata Más acá: de la imagen que tenemos del hogar materno, de lo mucho que nos cuesta despedirnos y de cómo irracionalmente nos aferramos él. Pero también, y aunque nos cueste verlo, expone lo poco verosímil que es esa idílica e infantil representación que solemos hacer de nuestra primera cuna.   

La profesora Claudia Perez Espinosa llega algo ajetreada al aula magna de la Universidad. Dominada por una incomodidad cada vez más evidente, sus palabras, en vez de dirigirla hacia el tema de cátedra, la van llevando una y otra vez hacia otro centro, en el que no está Foucault sino ella, la propia Pérez Espinosa. Tan mal están las cosas, que pronto le pedirá a sus alumnos que abandonen la materia. De entrada, en sus ojos -los enormes y expresivos ojos de Andrea Garrote- se lee el subtexto, “abandonen la materia, abandonen el cuerpo, porque miren sino hasta dónde puede llegar el dolor cuando se lo habita“.

Laura es la más iluminada en la foto del cumpleaños infantil, la preferida de una abuela, la que brilla en las clases de teatro, la escogida por Dios. Transita un mundo de señales y predestinaciones, una vida repleta de dones y misiones. ¿Pero qué pasa cuando dejamos de ser la elegida de alguien?

¿Quién tiene la autoridad sobre el punto de vista: la puesta en escena o el texto dramático? Esta dicotomía estructurante en la historia del teatro universal es la que propone Norman Briski como dispositivo sobre el que erigir su versión de Potestad, de Eduardo Pavlovsky.

Algo nuevo, algo viejo, algo prestado. En la pieza del fondo la costurera prepara el ajuar de bodas. Los canapés están listos para la gran fiesta. Pero la novia, Rosario, revela un secreto que cambiará los acontecimientos. En las otras casas también se cose y se descose. El barrio habla.

Sudor y lágrimas

La dueña se despierta en el sillón con la tele prendida. Aún es madrugada, la madrugada pegajosa que precede a la Nochebuena. La remisería Ayelén, allá por la zona de Plaza Miserere, está desierta. La dueña se separó del marido y hace noches que duerme en la salita de la remisería.