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Elsa, una mujer de sesenta y tantos, está hecha de la memoria que flota en nuestro tiempo y viene a nosotros para dejarnos clarito lo viva que está. Elsa revisa su pasado rodeada de plantas, conversando en línea directa con su imaginación, con la que establece un diálogo tan fantástico como palpable. Está habitada por personajes propios, y en vez de negarlos tiene la virtud de darles lugar para que se expresen y expresarse a través de ellos. Como si fueran, tal vez, los personajes del libro que nunca se animó a escribir. 

La savia tiene la preciosa singularidad de visitar a un personaje de una generación que hoy ya no es protagonista, le “saca la foto“ a un arquetipo claramente reconocible. La obra es una excusa para dar forma a un poético jardín interior en el que se reproduce lo que pasa por la mente de alguien que vivió su vida, y que ahora tiene todo el tiempo para sí. 

Elsa late en el cuerpo de Busnelli encendida como una refulgente lamparita, más brillante aún que su pelo colorado. Liviana y a la vez profunda, la actriz va trazando el recorrido con el timing perfecto: el de “las señoras“ dueñas de una cierta irreverencia y de una asociación caprichosa con la que enlazan temas, con los límites algo borroneados entre lo que es correcto o no decir, y que dicen lisa y llanamente aquello que les pasa por la cabeza. Hay en su trabajo una familiaridad inevitable, su simpatía produce una empatía con sabor a déjà vu; en La savia pasamos de visita y la vemos, pero ese personaje existe, todos conocemos a alguna Elsa por ahí. 

Si lo que dice la protagonista puede sonar caprichoso, la obra y la puesta no lo son. Sanchez Mestre entiende que más que una construcción de relato lineal, el trabajo consiste en generar una temperatura escénica que permita espiar a Elsa por dentro. Le ofrece entonces un interlocutor fresco y espontáneo, El Chino, y a Mariel, la chica que limpia su casa, quizás un nexo entre su mundo interior y la vida real. Y enmarca este pequeño universo con una escenografía inusual hecha de tantas plantas como quepan en el ambiente. La naturaleza se convierte en metáfora: son plantas en macetas en las que late una vida potencialmente más salvaje, pero que, con todas sus limitaciones, hoy brillan luminosas por la savia que las recorre. Como la protagonista, alguien que es, con sus alegrías y tristezas a cuestas, la escritora en potencia que no fue, y a la vez una persona, qué duda cabe, con mucho para contarnos y por decir.  

por Vera Czemerinski 

 Autor y director: Ignacio Sánchez Mestre  / Actúan: Mirta Busnelli, Agustin García Moreno y Constanza Herrera. / Viernes 20:30 hs.  / Santos 4040 (Santos Dumont 4040). 

Teatro físico: aquel que, más allá de la palabra y a pesar de ella, logra hacer de la representación un ente reconocible, identificable y, por sobre todas las cosas, infinitamente humano. Lejos de la literalidad y haciendo uso de la versatilidad del cuerpo, Un domingo se permite dialogar con el surrealismo y el absurdo en un torbellino de escenas que retratan la alocada y sinrazón vida familiar burguesa de ningún lugar ni ningún tiempo. Y, justamente por eso, de todos los lugares y todos los tiempos.  

¿A la felicidad se la encuentra o se la alcanza? ¿Qué es lo que usted hace mejor? ¿Entregaría su mascota a cambio de tener éxito? Como en un test de revista desquiciado o un interrogatorio policial, las preguntas se suceden acorralando a los protagonistas a la autodefinición. Hiperventilados por el mandato del hacer constante, se entregan al juego, al ruido, al movimiento.  

Lili cumple los años. Nadie se acuerda de saludarla si ella no lo dice, medio enojada, medio a los gritos. No hay torta para festejarlo, apenas un alfajor y una velita usada. Pero no hay mucho que festejar este año: papá está internado porque le dio un ataque, Bárbara justo sale de la cárcel por pegarle un tiro al marido, y Mili no contesta el teléfono, muy ocupada está en su trabajo de estrella del cine. Las hermanas de Lili (Bárbara y Mili) qué se van a acordar de que Lili cumple los años: a Bárbara el marido la faja y está en coma por el balazo, y a Mili se le apagó la cola del cometa y vuelve al pueblo con la cola entre las patas. Una es la comidilla del pueblo por ese hecho de ahora mismo, la otra por la gloria pasada y que ya pasó y se fue. Lili, puro presente, se niega a tener historia. Y los dos hombres que las rodean a las tres (un novio abandonado y el abogado que se creía ganador) son insuficientes para que los días resulten más sencillos, uno por soñador, el otro porque lucha contra su incompetencia. Una historia repetida en cualquier sitio del país aunque allí, en ese rincón del mundo, sea una situación única que le modificará la vida a todos ellos. Por un rato, o para siempre.

El escenario de la tragedia

Dicen que todo teatro es político. Que la política es la esencia del teatro. Que no puede separarse el hecho político que contiene a todo el espacio escénico. Que la historia es política, y que el teatro es historia. Y así podemos estar hasta que se acaben las variantes, si es que se acaban.

¿Es posible representar la captura, la pérdida de la identidad, el sometimiento sexual o la tortura? Y si fuera posible, ¿tendría sentido? A partir de la conciencia de esa condición infigurable, Gabriela Cabezón Cámara logra un relato crudo y poético sobre la trata de mujeres, que escribe en segunda persona. Así como ella se hace cargo de lo inefable del tema al evitar la posición yoica, la osada puesta en escena de Victoria Roland redobla la jugada.  

Al ingresar por el pasillo, el teatro español con nombre de mujer no solo tiene invertido su escenario sino que más que sala teatral parece una rave. Sí, esas fiestas de música electrónica al palo y luces intermitentes en las que se baila rítmica y alocadamente. En lo alto, una dj embelesada por lo que suena. Parece inerte, desconectada del resto: una chirolita de la música. Pero entonces se presenta la palabra y el personaje de Beya, interpretado por una energética y poderosa Carla Crespo, introduce el texto de Cabezón Cámara con una contundencia irrefutable.  

De a poco, la historia se va volviendo carne. A fuerza de repeticiones y mantras, y aunque la puesta en escena esté lo más alejado posible del intento de naturalismo (porque, como se ha dicho, es imposible de representar) y las palabras describen algo que se ve y pasa -pero no vemos ni nos pasa-, las tortuosas peripecias de Beya se convierten en acto verosímil y emotivo. Incluso a pesar de estar en un teatro que se confunde con una rave 

Por Julieta Bilik 

 

BEYA DURMIENTE (Dj Beya) 

Basado en la nouvelle Le viste la cara a dios de Gabriela Cabezón Cámara. Dirección: Victoria Roland. Interpretación: Carla Crespo. Xirgu UNTREF, Chacabuco 875; domingos, a las 18; $300. 

 

La partida se revive en sueños: hombres que se despiden de sus hijos y prometen que van a volver. El padre de ella se fue y juró regresar algún día. Desde entonces, ella imagina ese momento. La espera es una habitación amueblada con bloques de recuerdos y fantasías que fluyen, que se derraman como el agua. 

Paula Fernandez Mbarak protagoniza este unipersonal repleto de poesía y sensibilidad actoral. Trabaja desde lo mínimo, el gesto pequeño y significativo. Construye una intimidad susurrada para este relato desarmado, sinuoso, tironeado entre la expectativa y el recuerdo.   

Se siente como hachazos en la cabeza. Algo amenaza con alterar lo establecido, por quebrar lo permanente. Una madre desvelada busca a su hijo. Desparrama su angustia por la mansión familiar mientras toca el piano. Todos gritan. Un desliz del pasado ensombrece el presente. Hay un baúl a mano para guardar lo que se prefiere ocultar. 

Con esta versión libre de El Pasado, de Florencio Sánchez, Pompeyo Audivert completa un tríptico de trabajos sobre piezas de autores rioplatenses, buscando retomar el rastro de nuestro valioso pasado teatral.  Las anteriores fueron “La farza de kis ausentes” (a partir de “El desierto entra en la ciudad” de Roberto Arlt) y “Después de muñeca” (original de Discépolo). Las tres tienen en común temáticas vinculadas a la identidad y la pertenencia. 

Audivert protagoniza la obra -imperdible en el rol de esa madre de la alta burguesía atormentada y manipuladora- y está además a cargo de la dirección junto a Andrés Mangone. Acompaña al actor un elenco brillante.  

Con un texto encarrilado en el grotesco, en esta puesta el melodrama gana terreno: fue bautizada culebrón metafísico. El relato se construye con elementos disonantes, hay un corrimiento. Las reacciones son exageradas o a veces llegan tarde, como si los sentimientos se separaran de los personajes o los desbordaranSe pone en evidencia la máscara y el artificio 

 En ese universo de oligarquía y escándalo social, de mentiras y rechazo, algunos buscan amoldar la realidad a sus deseos. Pero, como dice Pompeyo, a veces el destino empecinado teje redes confusas, de pasado, de presente y de futuro. Entonces la tragedia se avecina. 

Paula Boente 

Trastorno 

Dramaturgia: Pompeyo Audivert sobre textos de Florencio Sánchez Dirección: Pompeyo Audivert y Andrés Mangone Interpretación: Pompeyo Audivert, Julieta Carrera, Juan Manuel Correa, Pablo Díaz, Fernando Claudio Khabie, Fernando Naval e Ivana Zacharski Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543; viernes y sábados a las 20; desde $400 

Se trata de un musical austero: con canciones, coreografía y música en vivo, pero lejos de la espectacularidad que caracteriza al género. Dos jóvenes paraguayas se ilusionan ante la posibilidad de vivir en los Estados Unidos porque allí las mujeres corren con tacos, pero nunca se caen. Ilusionadas, se movilizan en pos de la libertad y de nuevas oportunidades pero, entre lo posible y lo deseable, suceden las contingencias.  

En la postal que oficia de programa se ve una casa hecha de masa, galletita o algún otro material efímero que da cuenta de todos los clichés del ícono: techo a dos aguas, chimenea, dos ventanas y un sendero que conduce a la fachada. De eso se trata Más acá: de la imagen que tenemos del hogar materno, de lo mucho que nos cuesta despedirnos y de cómo irracionalmente nos aferramos él. Pero también, y aunque nos cueste verlo, expone lo poco verosímil que es esa idílica e infantil representación que solemos hacer de nuestra primera cuna.