Categoria

Reseñas

Categoria

La profesora Claudia Perez Espinosa llega algo ajetreada al aula magna de la Universidad. Dominada por una incomodidad cada vez más evidente, sus palabras, en vez de dirigirla hacia el tema de cátedra, la van llevando una y otra vez hacia otro centro, en el que no está Foucault sino ella, la propia Pérez Espinosa. Tan mal están las cosas, que pronto le pedirá a sus alumnos que abandonen la materia. De entrada, en sus ojos -los enormes y expresivos ojos de Andrea Garrote- se lee el subtexto, “abandonen la materia, abandonen el cuerpo, porque miren sino hasta dónde puede llegar el dolor cuando se lo habita“.

Laura es la más iluminada en la foto del cumpleaños infantil, la preferida de una abuela, la que brilla en las clases de teatro, la escogida por Dios. Transita un mundo de señales y predestinaciones, una vida repleta de dones y misiones. ¿Pero qué pasa cuando dejamos de ser la elegida de alguien?

¿Quién tiene la autoridad sobre el punto de vista: la puesta en escena o el texto dramático? Esta dicotomía estructurante en la historia del teatro universal es la que propone Norman Briski como dispositivo sobre el que erigir su versión de Potestad, de Eduardo Pavlovsky.

Algo nuevo, algo viejo, algo prestado. En la pieza del fondo la costurera prepara el ajuar de bodas. Los canapés están listos para la gran fiesta. Pero la novia, Rosario, revela un secreto que cambiará los acontecimientos. En las otras casas también se cose y se descose. El barrio habla.

Sudor y lágrimas

La dueña se despierta en el sillón con la tele prendida. Aún es madrugada, la madrugada pegajosa que precede a la Nochebuena. La remisería Ayelén, allá por la zona de Plaza Miserere, está desierta. La dueña se separó del marido y hace noches que duerme en la salita de la remisería.

Grupo CABEZA es una colectiva de escribas y también, un agente político. Formada por Mariana De La Mata, Consuelo Iturraspe y Laura Sbdar, se autoproclama como feminista y lo demuestra, por ejemplo, en este proyecto escénico que se llama Un tiro cada uno y surge a partir de la investigación de casos de femicidio. A través de un proceso de hibridación entre lo real y los mecanismos de la ficción, la pieza -y la puesta- buscan operar sobre lo que nos rodea para, al calor de los movimientos de mujeres y disidencias locales, regionales e internacionales, visibilizar la violencia machista, derribar al patriarcado y convertir al feminismo en cosmovisión hegemónica.

Traslado y teatro pueden parecer dos entidades con nada en común. Pero si trasladarse hasta el teatro pudiera servir para destruir prejuicios, nada mejor que ir cualquier tarde de sábado a ver Carne y hueso para experimentar la caída del que inicia esta reseña.

En el invierno implacable de Miramar, el mudo poeta de la hinchada del Club Atlético Once Unidos tiene un romance con la goleadora del equipo. Cargando  el sufrimiento de no poder gritar los goles de su enamorada y con la admiración que se le escapa por los ojos, el fan sin voz se dispone a ganar su mejor partido.

Andrés gallina (quien ya se había destacado con “La bestia rubia”) escribió una fábula bellísima de fútbol costero, trazada con capas de imágenes repletas de poesía y de ingenio popular, con la ocurrencia y la gracia del piropo. Una sucesión dehaikus criollosque estallan de sensaciones.

Una parodia. Un musical unipersonal. Un ir y venir en el tiempo: entre el éxito y el olvido. ¿Cómo cambia lo que somos según cómo nos ven? Sobre esa cuestión versa Brillanteens, la nueva obra de Juan Faerman (guionista de TV y autor de Faceboom), que dirige Julieta Otero (Según Roxi) y protagoniza, como si llevara un traje a medida, Juan Martín Zubiri.

Un triángulo amoroso-parental que forman un hijo adolescente, su madre soltera y su abuelo. Un gallo que desaparece del rancho rural en el que viven. Un hogar aislado, en el que se reproducen habladurías, prejuicios y leyendas, y en el que amor es “la peste”. Los vecinos de enfrente: con más dinero, mejores costumbres y, según parece, poca solidaridad. Pero los chicos (Julián y Marcos) se llevan bien. Tanto, que vuelven juntos de la escuela, aprenden a cazar en el monte, se confiesan sueños y hasta fantasean con irse a Mendoza cuando terminen la escuela.