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Reseñas

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Manuela creció sola como la hierba mala. Regentea con su madre un hotel junto al río, ese río que ruge a diario desde que una planta industrial se instaló en sus orillas. El padre se fue y el hermano también, en busca de mejor suerte. En ese paisaje desolado de naturaleza alterada y vegetación que trepa con sed de venganza, madre e hija sufren el castigo de mantenerse vivas donde todo muere. Pero con la llegada de dos nuevos huéspedes, el verdadero negocio del hotel se revela y algo vuelve a agitar las aguas.

Una maratón de canciones a cargo de tres cantantes, un pianista y algunos invitados. Un espectáculo para recorrer, a través de los lugares comunes del musical, el estado de situación contemporáneo: lenguaje inclusivo, política cultural, cupo femenino, paridad y hasta los modelos de producción -y representación- de los diferentes circuitos teatrales. Críticas explícitas al macrismo en una verborrágica puesta en escena a la que -quizás- le falten algunos silencios. Un devenir humorístico que se ríe de nuestra banal existencia: el primer planismo de la agenda multitasking a la que nos sometemos, cómo -creemos que- se comporta una familia tipo en Pinamar, a qué cima nos transporta la vejez y por qué la misoginia sigue encubierta.

Él le saca jugo a la fruta, recostado sobre el pasto bajo el sol abrasador. Ve pasar las vacas sin nombre y los caballos con nombre. Ella no ve, pero escucha el arrullo del río, el canto lastimoso del chajá y la voz de él que le habla del campo que se pierde en el horizonte. Ella también contará después, mucho después, sobre ese tiempo de amor rural.

Enrique vuelve de la guerra y nada es lo mismo. En El casamiento, como en la vida, volver de la guerra es un oxímoron, un imposible. No hay regreso después de la brutalidad, de la violencia, del asesinato. Nada ni nadie son lo que eran. A partir de allí, el desparpajo de andar sin filtros ni caretas. Un sinfín de situaciones que, traición y engaño mediante, no pueden más que terminar en tragedia.

Daniel vive con su hermana Magui y está enamorado de su mejor amigo Eliseo, con quien trabaja en un jardín de infantes. Magui vive con su hermano Daniel y está enamorada de su novio Álvaro; o tal vez ya no tanto. La cabeza da vueltas y vueltas. La tragedia merodea hasta caer en picada agitando los vínculos. Todo cambia, todo puede pasar. 

La producción de una obra debe llegar a su estreno. Cueste lo que cueste. Por mucho que en el camino se presenten dificultades –caprichostraumas infantiles apariciones sobrenaturales- el arte deberá avanzar sí o sí hasta su concreción en escena. Que no vengan con fantasmas, sigamos

Un barrio en Buenos Aires que es sinónimo de la extranjeridad; un teatro precedido por un portón que parece una fortaleza en un domingo de verano agobiante. Más adentro, un jardín silencioso y una pileta casi diminuta que parece ser la guarida de los dragones que custodian la sala. En la cocinita que la antecede dos amigos beben té, charlan, comparten el rato. Al fin entramos. El aire acondicionado nos alivia y la ambientación nos reconforta. Nos sentamos alineados, elevados con respecto a lo que vemos: esa distancia justa que nos brinda templanza y seguridad.  

¿Cuál es el límite de la cordura? ¿Y el de la dominación? ¿Cuán invisibles son las relaciones de poder que unen a cada persona con las instituciones y entre sí? ¿Hasta dónde es útil (y hasta dónde perverso) comprender los mínimos resquicios del funcionamiento del sistema? ¿Cómo dejar de reproducir la opresión de unos sobre otros? ¿Es posible des-alienarnos? 

Hugo llega de visita desde los paisajes gélidos y melancólicos de Noruega. Vive en Oslo y viene a Buenos Aires a quedarse unos días en la casa de Sergio. Son amigos de la infancia pero hace años que no se ven. Nelson, el compañero de piso, y su novia también serán parte de esa convivencia torpe en la que los cuatro comparten recuerdos, opiniones, cervezas y silencios. Lo extranjero enrarece lo cotidiano hasta volver a todos extraños para sí mismos.

Las encadenadas

Construcciones en ruinas, calles desdibujadas, sueños perdidos en el fondo del lago. La historia de Epecuén, el pueblo fantasma que supo deslumbrar como balneario de moda en una época y quedó sumergido completamente bajo el agua durante la trágica inundación de 1985, despierta aún curiosidad décadas después. Esa atracción, que hace que decenas de turistas acudan con sus cámaras cada fin de semana a visitar ese paraje misterioso y desolado, se transforma acá en inspiración para material teatral. Cae la noche y la tormenta acecha en el pueblo de Carhué, en el límite con Epecuén, en la provincia de Buenos Aires. Dos mujeres encargadas del crematorio del cementerio municipal se apuran a terminar las tareas de su jornada laboral. Mientras el
fuego refulge en el horno, una llamada aviva dolores del pasado y cambia los planes.