PERROS DE LA CALLE

Dogman, extraordinaria visita guiada por el infierno de una mafia de entrecasa, dirigida por Matteo Garrone

El pitbull muestra los dientes. Da miedo. Mandíbula apretada, saliva en la lengua, la boca abierta. Y sin embargo Marcello, que tiene que bañarlo, le dice Amore, bello! Un biscottino? Para secarse el pitbull es mandado a hacer, le gusta sentir el aire que sale del secador, se pone en pose, se hace el importante. Trabajo cumplido para Marcello, el dogman: a ladrido destemplado, vocecita nasal y chiquitita, como la de un chihuahua querendón o como la de ese otro chihuahua al que mandaron al freezer para callarle la bocina mientras hacían un laburito. Así son todos en Castel Volturno, dos cuadras antes del mar, cuando en la fonda otro con la nariz rota por una flor de piña trata de convencer a los muchachos de que a Simone hay que callarlo para siempre. Por suerte para Marcello, Alida ya se fue con la mamá. Alida, su nena, cuánto la quiere. Y la quiere más después de pasar un año engayolado, un año en el que pensóllevársela al Mar Rojo a bucear entre los peces y los corales con la guita del afano al compro oro de al lado del negocio, Simone se lo prometió. Simone. Simoncino. Simone, el de la sempiterna cara cortada, el adoquín en los puños y el ladrillo en la frente; su amigo Simoncino, que lo trata a Marcello con el cariño salvaje de la malarazza cuando Marcello le regala cocaína, que se avergüenza de él porque es el idiota del pueblo, que no se anima a pensar siquiera que todos tienen un límite que no está justamente en la playa. Sí, Simone piensa. Simoncino sabe que en Castel Volturno ya nadie lo quiere a Marcello porque para todos es un traidor, un chorro más, otro que se cruzó de vereda. Y la verdad es que a Simoncino esto le importa bastante poco. La vita è così.

En esa calle de Castel Volturno al final está la playa, y besando la playa el Mar Tirreno. Una calle que se quedó en lo que nunca supo ser y que sin embargo es la casa de muchos así cómo está, porque qué otra cosa sería la desidia. Ahí los días son como todos los días, y cuando se acaban los días, la noche de la muerte. Matteo Garrone no necesita explicar nada, todo queda a la vista de Marcello y de sus enormes ojos vidriosos, desafectados. ¿Le trae paz el fascismo a Marcello? No, compañeros, qué paz le puede traer, si el fascismo hasta arrasa con la culpa. Fácil sería decir que Simone es fascista porque su proceder de pitbull sin bozal es la imagen más clara de la esperanza disoluta, de la tragedia encharcada por una mafia pequeña y mezquina, una mafia de perros criados en la calle. Qué se puede explicar en un contexto así, tan claro, tan común, tan simple. Qué se puede explicar de DOGMAN entonces, si es un cachetazo al que Marcello y Simoncino debieran reaccionar. Pero cómo reaccionar, si son mestizos de una raza que se olvidó de su grandeza.

Por Carlos Diviesti

DOGMAN (Italia-Francia, 2018). Dirigida por Matteo Garrone. Intérpretes: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Alida Baldari Calabria, Adamo Dionisi. 103 minutos.

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