LA BRASA EN LA MANO

Hombres de piel dura, o cómo la ley del más fuerte se convierte en el único camino para las clases oprimidas.

Al principio de HOMBRES DE PIEL DURA Omar lo deja a Ariel. Dicho así nos encontramos ante el final de un romance entre dos hombres, pero no, no es algo tan sencillo. En esta película las palabras no son tan contundentes como las imágenes y sus múltiples sentidos. Ariel recién llega a los 18 y Omar tiene más de treinta, y es cura. Nada que esconder, todo bien a la vista para que nadie lo vea o para que todo el mundo haga la vista gorda. Omar es un cura pedófilo, sí, abusa de otros chicos aún más chicos, pero Ariel aceptó plenamente su elección sexual y no se siente abusado. Simplemente se quiere enamorar de otro hombre. Entonces, ¿podemos disculparlo a Omar? ¿Podemos creer en su arrepentimiento, en que se sienta en la encrucijada que enfrenta la vocación con el deseo? ¿Podemos justificar con eso que tantos otros curas se vayan a un retiro espiritual por razones similares? Pero la atención de la película no se focaliza allí. Ni tampoco en lo fácil que después Julio, un peón de la chacra del padre de Ariel, se deja seducir por el muchacho, ni en cómo Julio lo utiliza para tener sexo fácil, ni en cómo Julio se aparta del hogar que trata de llevar adelante con su mujer y su hijita por unos mangos roñosos que le prometen por prostituirse. Tampoco la atención se concentra en ese padre patrón casi emasculado, ni en esa hermana que finge inexperiencia aunque ya fue a buscarla lejos, ni en esa piba que se deja hacer muy fácil por una presa de pollo, ni en ese viejo que va a buscar que se la chupen en aquel caserón derruido donde se juntan tantos pibes del pueblo a tener intimidad. No, nuestra atención no se queda en estos asuntos de la rancia pampa húmeda, en absoluto. A nuestra atención la perturba otra cosa, porque lo verdaderamente perturbador en HOMBRES DE PIEL DURA no es la explicitez de las escenas homosexuales, ni la pederastia del clero, ni la mercantilizacion de los sentimientos. La aceptación voluntaria a vivir la ley del más fuerte es de tal franqueza que asusta. Y si asusta es porque esa franqueza, de tan clara, resulta desoladora. Lo desolador es reconocer que en esa superficie pulida de western, en la salvación de estampita e ícono de yeso, en la certeza de que las clases bajas son promiscuas para tranquilidad de la clase media, en el desplazamiento continuo entre lo abyecto y lo sublime, entre lo bueno y lo malo, lo único aceptado sin cuestionamientos es la amoralidad que nos gobierna. No, no, que no hablamos de nuestros gobernantes, sino de cómo nos gobernamos. De cómo alimentamos el odio de clases por no buscar, entre tanta mugre, a los que de verdad aceptan vivir en comunidad. Por suerte al final quizás Ariel lo sepa, y entonces tendrá la piel curtida.

Por Carlos Diviesti

HOMBRES DE PIEL DURA (Argentina, 2019). Escrita y dirigida por José Celestino Campusano. Intérpretes: Wall Javier, Germán Tarantino, Claudio Medina, Juan Salmieri, Mauro Altschuler. 94 minutos.

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