Esta vez no vamos a empezar por contar la historia de Néstor y Rafa, que se van a Mendoza a ver el partido donde el Atlético Saavedra se juega el ascenso al Nacional B, y de cómo, por puro cabuleros que son, tratan de perderlo a Fabián, un amigo de Néstor, colorado como un tomate y, por supuesto, tan drapie, tan mufa como se puedan imaginar de un colorado. Si no vamos a empezar por ahí se debe a que esta comedia (tan graciosa como a uno le cuadran las comedias), seguramente cuando lean esta pequeña crónica, ya no estará en cartelera. La podrán ver por CINE.AR, pero no será lo mismo. El cine es el cine. Todavía es así.

¿Y por qué no hablamos en principio de esta ópera prima de Jorge Piwowarski y sí del hecho que queremos plantear? ¿Por qué no decir que Tomás Fonzi tiene un timing exacto para la comedia? ¿Que recupera la imagen de un Fernando Govergun adulto, lejos del tiempo de “Cebollitas” y revelado como un actor preparado para grandes desafíos? ¿Que le da, por fin, un protagónico a Ariel Pérez de María, esa bomba de sensibilidad con envase de tipo duro, que desde hace años transita los escenarios del off y deja una estela imborrable en cada pieza en la que participa? Porque lamentablemente las políticas de exhibición y distribución del cine argentino dejan fuera de juego proyectos y productos que merecen ser vistos, tener un público, ser el recuerdo de una salida con tu familia, tus amigos, tu pareja, o con tu propia diversión. Porque eso también es el cine, ayer y en estos tiempos de la selfie.

En la Argentina, creo (disculpen la primera persona, pero hoy prefiero la opinión propia al análisis), nos olvidamos desde hace mucho, mucho más que lo que suponemos, de reírnos con nuestra propia gracia. Nos hace reír más el escarnio que la peripecia o la anécdota, y eso, una vez que nos reímos, no necesariamente siembra algo para la historia. A TODO POR EL ASCENSO le dieron como salida unos cuantos Espacios INCAA en el país, para que la gente que se enterara fuera a verla en una única función diaria en esos horarios que no le quedan cómodos a nadie. Es una política libremercadista, de mero alcance financiero, de necesidad estadística y/o de compromiso burocrático. Lo que no se alcanza a ver en las situaciones que generan estas políticas, es que películas como TODO POR EL ASCENSO, una imperfecta pero sagaz radiografía sobre las obsesiones de la sociedad de las últimas tres décadas, dentro de veinte, treinta o cincuenta años, hablará mucho mejor que los diarios de una época pretérita. Porque en TODO POR EL ASCENSO no hay solamente una historia contada honestamente, sino que además podemos apreciar un ritmo en el relato, una cadencia en las formas de alocución, un reflejo concreto sobre la radicación de las nuevas inmigraciones, que son propios de nuestro presente y que, sin perspectiva histórica, resultan inasibles o, definitivamente, se invisibilizan. Que TODO POR EL ASCENSO es un producto es cierto, no hay dudas, no está hecha por amor al arte (solamente). Pero es un producto cultural, y los productos culturales no tienen fecha de caducidad. Ojalá que alguna vez podamos conservar, de verdad, sin alardes ni estridencias, el cine que nos identifica como nación y que, está probado y comprobado, se transformó en la memoria del tiempo, acá y en todo el planeta.

Por Carlos Diviesti

 

TODO POR EL ASCENSO (Argentina, 2019). Escrita, fotografiada y dirigida por Jorge Piwowarski. Con Tomás Fonzi, Ariel Pérez de María, Fernando Govergun, Gabriela Sari, Pía Uribelarrea, Mirta Wons. 80 minutos.

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