Con su nuevo film recién estrenado en Netflix, Charlie Kaufman, vuelve a dar pelea para producir un nuevo tipo de espectador por fuera de las convenciones del relato hegemónico.

Desde el momento en que John Cusack descorre unos cajones y sin mediación lógica habita en la conciencia del actor  John Malkovich se nos hizo claro que Charlie Kaufman (guionista de ¿Quieres ser John Malkovich?, El Ladrón de Orquídeas, Eterno resplandor…) tenía el propósito de tratar la materia cinematográfica y narrativa como un plano topológico bidimensional donde las yuxtaposiciones y expansiones no solo son posibles si no también solicitadas. Kaufman nos recomienda abandonar la hipótesis de un  espacio tridimensional con sus reglas físicas y estables (por ejemplo partes-extra-partes). En Kaufman, dos cosas – o más-  pueden ocupar un mismo lugar. En fin, la física moderna…Esto último puede ser la pista para distender la sensación de extrañamiento de Pienso en el final su último film como director que fue estrenado en la plataforma Netflix hace pocos días. Todas las situaciones son tópicos esperables: la mujer joven (Jessie Buckley) que tendrá muchos nombres y profesiones y virtudes variables, viaja con su reciente novio Jake (Jesse Plemons) a conocer a los padres de este, haciéndonos sospechar que en esa situación de conocimiento “habrá problemas” (porque no puede ser de otra forma tenemos entendido todos los cinéfilos). La secuencia inicial dentro del auto es extensa y recuerda en su recorte al comienzo de Después del anochecer de Richard Linklater donde la pareja  Hawke y Delpy hacen alquimia transformando las palabras en material sólido. La diferencia es que mientras los flaneures de Linklater tratan de alcanzar la verdad sobre sí mismo, sobre la paternidad y sobre la vida toda entera, la pareja de Pienso en el final habita una zona de incomodidad, de estar ahí solamente para soportar un predicado que los incluye a la fuerza. ¿Y dónde se ejecuta ese predicado? ¿Lo declama alguien? ¿Se dice solo? Siguiendo las explicaciones del  propio Kaufman: todo lo que veremos “proviene” del Maestranza que deambula por los pasillo de una preparatoria, mira películas de Robert Zemeckis (director de Forest Gump, Volver al futuro) y parece no tener ningún vínculo humano real. Es un sujeto sin ninguna sustancia positiva. En este lugar es donde podrían ubicarse las referencias al cine de David Lynch, pero no tanto a Mulholland Drive como abunda en las reseñas, si no a Inland Empire: el maestranza mirando esa comedia romántica como parte de la construcción de su imaginario evoca directamente a “La chica perdida” (polaca) en la habitación del hotel mirando Rabbits. Los “amantes del cine” gozaran en descubrir más y más referencias a la alta y baja cultura, y cómo estas entran en diálogo significante. Sin embargo Pienso en el final, abortadas todas las estrategias hermenéuticas, podría llevarnos a otros lugares de reflexión. Kauffman lográ colonizar el imperio Netflix con un film anti-aristotélico que abruma y posiblemente irrite al espectador habituado a las series que parecen sacar sus macro-escaletas (argumento integral) de la Poética del filósofo griego. No hay tres partes, no hay ni orden ni medida en busca de la belleza, ni dicha ni desdicha en su pasaje, ni acción elevada completa ni causas encadenadas. Charlie Kaufman forcluye La Causa (Dios) como concepto fundante y esto permite (como se mencionó al comienzo) trabajar con la materia narrativa y cinematográfica de manera más experimental: las acciones pueden fugar probabilísticamente para cualquier lado dando paso a un relato desmesurado que de no tener final podría contenerlo todo de manera caótica. Gracias a esta premisa, las posibilidades de la actuación (increíbles Toni Collette y David Thewlis) se alejan de la mímesis de una emoción reconocible. Estos intérpretes poniendo en crisis cualquier principio de identidad generan su propio e íntimo relato. ¿Para qué habría entonces una dimensión temporal lineal si no hay una identidad que sostener? El tiempo se sale de sus goznes y la sucesión de escenas no puede estar regida por ningún principio. Desde la cena en la casa de los padres de Jake hasta el “final” todo tiene la arbitrariedad de los Climas y de los Pensamientos.

Como otros films del director (Synecdoche,N.Y; Anomalisa) Pienso en el final es una máquina que se enfrenta a cielo abierto con la Industria del cine en la verdadera batalla: la producción de subjetividad. Kaufman intenta producir una nueva clase de espectador con otras categorías, encriptando el Sentido que se erige como única mercancía de goce. ¿Seguirá Netflix apostando a este tipo de productos? ¿O Pienso en el final es tan solo una anomalía que vale por su propia complejidad y rareza?

El cuadro final del auto cubierto de nieve, quizás, nos esté dando una pista.

Por Juan Crespo.

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1 Comentario

  1. La vi anoche…y la frenaba para procesar lo que estaba viendo…es difícil poder escribir qué me sucedió, lo que sí sé es que transmite múltiples sensaciones y situaciones en las que podríamos estar todos. Los actores “parecen” no actores, sino personas filmadas en su vida y sentir.
    Ojalá Netflix salga de la comodidad aburridísima y estereotipada!

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