LO FATAL

Rojo, de Benjamín Naishtat, reconstruye la época previa a los años de plomo en imágenes y sensaciones donde late el horror. 

Los vecinos se llevan los muebles de una casa vacía o desgarrada, metódicos, casi sin hacer ruido. Pero no son como los que llegan del campo y traen sombras para el techo, podríamos decir que a ellos no les falta nada. Es un saqueo organizado. Perturbador. Luego, un abogado de Granada, esa ciudad de la provincia donde los vecinos se llevan lo impropio a la luz del día, le da una lección a un muchacho altanero que llega seguramente de la Capital, y provoca un escándalo sordo donde el único damnificado es el extraño. Más perturbador aún, porque la cosa no quedará ahí, se teñirá de rojo. Como la sangre, como los comunistas que la Triple A tiene que combatir, como el sol del atardecer en el desierto. Rojo, primario, pasional, hórrido. El rojo es el único color que restalla cuando la monocromía se apropia del campo abierto, es algo fatalmente inexcusable, inevitable, perentorio. Aunque de qué sirven los adjetivos cuando estamos muertos.

Tránsfugas de manual, esposas al borde de un ataque de nervios, hijas reprimidas, hijos violentos, interventores cipayos, profesoras francófilas, detectives de la televisión que se creen brujos o próximos a la santidad, mujeres deseosas, hombres con peluca. Egoístas que comen caramelos bañados en chocolate y que son capaces de pegarte un tiro si querés sacarles uno. Fondas cuya impostura las hace creerse restaurantes. Y un crimen clavado en la superficie de la conciencia. A ROJO no le preocupa ser un policial ni desarrollar una intriga. Algunos espectadores se sentirán defraudados entonces, porque ROJO no es una película de género. A ROJO le interesa observar el eclipse sobre la playa sin vidrios protectores para los ojos, tal vez porque prefiera cegarse como castigo al silencio, igual que en ciertas tragedias. ROJO tampoco critica el accionar de sus personajes, los mira hacer, los ve preocuparse pero no actuar, escruta la rareza de su normalidad y le da forma (o la anamorfiza) para encontrar un por qué. Si es un por qué conocido no es lo fundamental, todos conocemos en mayor o menor medida qué nos hizo desembocar en la dictadura: lo sustancial en ROJO es recuperar una época, hacernos partícipe de los momentos previos a ciertas decisiones que creemos que nos exceden y de las que intentamos quitarnos la complicidad de encima. Por eso parece fragmentaria e inconducente, por eso sus personajes son desagradables y excéntricos, por eso su forma simula ser del pasado y su actualidad tiene espuma en la boca. Porque ROJO es una película política, no por su discurso sino porque toma decisiones incómodas aunque necesarias, esas que evitan que los colores se destiñan por acción de la luz, de una luz puntual, de esa luz incandescente que hasta vuelve ceniza la memoria.

 Por Carlos Diviesti

ROJO (Argentina/Brasil/Francia/Holanda/Alemania, 2018). Dirigida por Benjamín Naishtat. Con Darío Grandinetti, Alfredo Castro, Andrea Frigerio, Diego Cremonesi. 109 minutos.

 

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