El gran poema humano

En la última edición del Bafici pudo verse Zurita, Verás no ver, notable documental de Alejandra C. Cannobbio sobre Raúl Zurita, el mayor poeta chileno vivo.

Al comienzo de Zurita, Verás no ver, el documental de Alejandra C. Cannobbio sobre el poeta chileno, se ve un plano cenital del Pacífico. Es una imagen que se repite varias veces y en su recurrencia y duración produce un extraño efecto de metamorfosis delante de la mirada del espectador. Por un instante esa masa acuática bien podría ser la piel escamosa de un reptil ondulante o directamente degenerar en el plástico opaco de una bolsa de residuos agitada por el viento para luego volver a ser lo que en verdad es: el mar.  Un poco más adelante el propio Zurita dirá que la piel humana tiene el color del desierto. ¿Acaso no es esa una de las mayores potencias de la poesía, trastocar la mirada, descubrir en lo conocido algo impensado?

Ya avanzada la película la característica voz del poeta, entre cálida y desafiante, trémula y exacta, enuncia que ese punto preciso de su país en que el desierto se encuentra con el Pacífico es “uno de los encuentros más poderosos que hay en este planeta”.   Por eso la imagen del mar no es caprichosa. Si hay algo que hace que Zurita, Verás no ver no sea un mero documental biográfico y retrospectivo es justamente la actualidad de su disparador: “Verás un mar de piedras”, la nueva acción poética de Zurita que consta de 22 versos proyectados con luz sobre los roqueríos de la costa norte de Chile. Estos sólo podrán verse desde el mar a medida que anochece y se desvanecen al amanecer. El primer acierto de Cannobbio es comenzar su relato justo ahí, colocando al espectador en esa zona inaccesible para el lector, en ese territorio imposible al que la acción poética de Zurita está destinada. Y este detalle no refiere solo a “Verás un mar de piedras” sino que funciona como sinécdoque de gran parte de su obra, como una puerta de acceso o una señal para decodificarla. Basta pensar en “Ni pena, ni miedo”, poema que en 1993 hizo cavar en el desierto de Atacama. Mientras hoy discutimos sobre la materialidad del libro (su posible desaparición, las ventajas y limitaciones del E book) Zurita, mucho antes de todo esto, ponía en tela de juicio la materialidad del poema, en este caso un único verso breve pero de tres kilómetros de extensión. Y de nuevo Cannobbio acierta y pone la cámara en ese lugar de lectura inasequible -esta vez no el mar sino el cielo- y convierte de forma radical al espectador en lector. Pero además produce momentos de profunda belleza al mostrar al propio Zurita recorriendo su poema -esos surcos que al ras del suelo parecen no decir nada- mientras sueña en voz alta con la posibilidad de que esa gran huella grabada en la tierra perdure en el tiempo. Extensión y la duración siempre están en juego en los actos poéticos de Zurita. El reverso de la pretensión de eternidad de “Ni pena, ni miedo” es la evanescencia de “La vida nueva”, poema de su libro Anteparaíso, que en 1982  Zurita hizo escribir en el cielo de Queens, New York, valiéndose de aviones especiales para dicha tarea. Quince frases de 7 a 9 kilómetros de extensión pero que sin embargo pronto se esfumaron en el aire. Aquí Cannobio recurre al archivo, registrado por el artista Juan Downey, pero cuenta con la voz del poeta recordando y detallando pormenores de la experiencia.

Verás no ver usa “Verás un mar de piedras” como excusa para narrar una vida. Mientras ingresamos en su intimidad y los vemos desplazarse casi como un personaje becketiano,  Zurita se confiesa. Dirá que todo poeta es un cantante de rock frustrado o, suerte de Swan chileno, que ingresó a la facultad de ingeniería -central en su formación como poeta- por una mujer con la que jamás habló. También relata como la sanguinaria dictadura militar chilena signó su vida y su poética, al punto de arriesgar frente a cámara la hipótesis de que los golpes recibidos en su primera detención puedan haber sido el origen del Párkinson que lo aqueja. Así como dicen que el corazón de Roberto Arlt, que murió a los 42 años, parecía el de alguien de 80, Zurita reconoce que tiene 66 pero su cuerpo parece de 80 aunque él se siente de 7. Y asegura que entre arte y salud existe un desajuste. Verás no ver exhibe de manera magistral la radiografía de ese desajuste.

 

Por Martin Caamaño

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