El 5 de enero del 2006 dejaba de bailar en este mundo, el bailarín, coreógrafo y maestro Freddy Apolonio Romero. Moría en Brasil, tierra donde había enseñado y dirigido, y en la que se encontraba visitando a su hija mayor.

Freddy fue un increíble artista venezolano que tuvo una carrera brillante que le requirió muchos sacrificios y atravesó varios países en su desarrollo dentro del ámbito de la danza.

Se inició Venezuela en El retablo de las Maravillas, un proyecto cultural que buscaba acercar el arte a los barrios para que todxs tuvieran acceso. Vivió  12 años en México, formando parte de sus mejores compañías. Luego bailó en EEUU en la compañía norteamericana de Alvin Ailey por 5 años, hasta llegar a Argentina en 1969 donde integró el ballet contemporáneo del San Martín y posteriormente inauguró su propio estudio de danzas.

Llegó a México en 1957 con una beca para continuar sus estudios en la Academia de Danza Mexicana donde Guillermina Bravo apoyó su formación y carrera al incorporarlo al Ballet Nacional en México: “El impulso que usted dé a este magnífico y talentoso muchacho contará en la vida artística tanto de México como de Venezuela, enriqueciendo el arte contemporáneo de América”, afirmaba Bravo en una carta de 1959, dirigida al Ministerio de Educación Pública Nacional de Venezuela.

Fue un bailarín cuyo entrenamiento y presencia en escena lo llevaron, en pocos años, a destacar como primera figura, bailando en las compañías más grandes de México: el Ballet Clásico, el Ballet Nacional, el Ballet Independiente y el Ballet Folklórico, que en ese momento se expandían a la par de la danza moderna mexicana.

En su búsqueda de perfeccionamiento llegó a EEUU donde se formó en la escuela de Martha Graham, madre de la danza moderna occidental, gracias a una beca que consiguió por unanimidad luego de una audición en la que la propia Martha en persona lo felicitó.

Se formó en la técnica Graham que abrazó hasta el final, y que describía así: “Es una técnica interna, sus raíces son del yoga. Muchos de los ejercicios y de la postura de la técnica vienen del yoga. También tiene que ver con la respiración. La filosofía de la técnica es interna, si no la conoces internamente no la puedes hacer, como decían en EEUU, tienes que meter los ojos para adentro para conocer dónde están tus partes para moverlas independientemente o al unísono. Lo más lindo de esta técnica es que cada vez que tomas una clase descubres cosas nuevas. Es sensacional, es una técnica rutinaria, todos los días haces más o menos lo mismo pero cada día descubres algo, un músculo, un hueso. El motor son las crestas ilíacas y el coxis. De ahí sale todo. Es lo clásico de la danza moderna.”

En 1968 Alvin Ailey lo vio bailar y lo convocó a formar parte de su compañía, la Alvin Ailey Dance Theatre, que incorporaba aspectos del teatro, las danzas étnicas (baile latino y baile africano) y el jazz, además de una temática social que intentaba rescatar la memoria del pueblo africano constituyendo la primera compañía afroamericana de repertorio. Allí bailó durante cinco años intensos en los que recorrió el mundo para finalmente quedarse en Argentina, donde se incorporó al Ballet del San Martín: “Excepcional fue la integración de Freddy Romero, proveniente de la Compañía de Alvin Ailey”, recordaba su director, el maestro Oscar Araiz.

Freddy se instaló en Buenos Aires donde creó su propia compañía y su estudio, dedicándose especialmente a la enseñanza de la técnica Graham, como él la había aprendido, acompañando sus clases al compás del pandero mientras repetía a los alumnos: “estiramiento y no esfuerzo”. Era un maestro amoroso y apasionado que exigía rigurosidad técnica y emoción expresiva en la danza. Quería transmitir su manera de vibrar.

Formador de generaciones de bailarinxs, maestro apasionado, que no pasaba desapercibido por su técnica, su humor, su sonrisa y el color de su piel, terminó sus días un enero caluroso de Belo Horizonte, para fundirse en el éter y continuar bailando en aquellxs que aprendieron con él.

Esta grandeza en el camino de la danza occidental nos lleva a recordarlo hoy, a 15 años de su muerte, y continuar con su homenaje en el libro “Pájaro negro que danzas”, investigación documentada que relata la historia de su vida.

 

Por Dulcinea Segura

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