De la templanza a la escritura 

Irma escribe para vivir. Y para mantenerse viva. Ella es el personaje que Julieta E. Santos elige como vehículo de su TEMPLANZA (Irma). Un título que son, a la vez, tres libros: novela, poemario y una obra de teatro. Además, un borrador, un ensayo y la versión final. Con tres personajes más -Alba, Lorena y Eva- la autora promete nuevos títulos en los que desarrollará sus subjetividades.  

TEMPLANZA (Irma) opera como una mamushka que se va develando mientras deja marcas de su producción. Un planteo que exige entre dos y tres relecturas a quien está del otro lado. Como en un viaje en el tiempo, propone que el punto de vista del lector se traslade al pasado: cuando el manuscrito aún no había sido editado ni corregido. Por eso es, sobre todo, un ejercicio, un reto y también un diálogo.  

Según su autora, se trata de “una novela muy corta que juega con otros registros de escritura para decir lo que quiere. El juego intertextual es lo que permite el diálogo entre capítulos. Quizás cada uno pueda funcionar de manera casi autónoma, como sueltos. Pero creo, o confío, en que se necesitan y se nombran bastante entre sí, y esos guiños le dan la unidad para constituirse en un solo libro”.  

En su prólogo Nadia Fink advierte: “Entrar en la cabeza de Irma es enfrentar miedos, arquetipos, sinsabores y alegrías olvidadas. Es entrar en un espiral de ideas que nos llegan como cachetazos, por lo directas y sinceras. Y el humor atravesando todo nos salva de quedarnos desnudas frente al espejo”. Aunque la sensación ante el habla de los personajes es la de una cotidianeidad cercana al despojo, tan cruda como coloquial.  

Entre los temas que se suceden en sus páginas aparecen opciones tan disímiles como la maternidad, el aborto, el luto, la soledad, la escritura y la ausencia. Un popurri de sensaciones e ideas que solo la voz de Irma logra homogeneizar gracias a su templaza, equilibrio, palabras de todos los días, algo de humor y registros tan diversos como la prosa, el verso o alguna didascalia.  

Santos, que este verano estuvo leyendo poesía y prosa de mujeres chilenas y patagónicas como Rosabetty Muñoz, Edith Galarza, Fanny Campos Espinosa y Natalia Berbelagua, cree que su libro “es una novela porque, por ejemplo, la poesía no es del todo poesía ya que está intervenida. Te diría que está interrumpida. Es más bien, como un gran ensayo de tal cosa, una búsqueda del personaje. Y el teatro que aparece, tampoco es teatro en rigor. Es más bien un recurso que me gustó mucho explorar, esa posibilidad de sumar voces sin dar demasiadas explicaciones, sirviéndome de un género como el absurdo para desanudar otros matices del personaje central”. Para la autora, que trabaja como docente, editora y consultora educativa, “la fragmentación capaz es una sombra, pero la unidad está por ahí”.  

Letras: ¿por qué y para qué? 

Ante la pregunta sobre para qué escribir en un mundo hiperconectado y veloz como el de estos tiempos, Santos apunta una realidad: “nos lo pasamos escribiendo, todo el tiempo nos comunicamos con alguien, real, o virtual, o remoto. Es bastante insoportable la dependencia tecnológica, la necesidad de hacer público en las redes cada mínimo desajuste en el estado de ánimo, mandar mails de trabajo un feriado…” Un modo absurdo en un contexto tan violento en el que escribir, quizás, “sea una apuesta a la permanencia. Como dijo Ceferino Huanco, mejor ISBN que huella digital. Yo creo que tiene un poco de razón, es más constructivo escribir un libro que postear cosas en Facebook. Aunque no todo libro necesariamente sea publicable, claro”. 

Para ella, que nació en Laferrere pero se crió en la Patagonia, “la escritura es un gesto de identidad y también una práctica política. Cuando escribimos se rompe nuestro soliloquio interior, podemos poner en palabras –cada uno con las que tiene– la afección que nos provoca el mundo. La materialidad del texto escrito nos pone afuera nuestro, nos comunica, y en ese mismo movimiento también nos posicionamos respecto a lo ajeno”. Y agrega: “Elegimos sobre qué pronunciarnos y lo hacemos desde algún lugar, más o menos asumido. Por eso, quizás, seguir escribiendo colabore con la permanencia en este sentido: hacer permanecer esa puja, forzar el diálogo adentro-afuera, historizarnos un poco, y hasta entrar en la gran historia, como diría Kusch”. 

Lo que viene 

La templanza no detiene a Santos. Para este año tiene previsto lanzar su primer libro de poesía, del cual está terminando la corrección y edición. Se llama #TRIPACORAZÓN y es un spin off de TEMPLANZA (Irma). Saldrá por Editorial Milena Caserola hacia mitad de año.  

Después de eso, retomará -con calma- el trabajo con las novelas que corresponden a los otros tres personajes femeninos de TEMPLANZA (Irma) para ir completando la saga de a poco. Si de referentes se trata, tiene con qué entretenerse: Alejandra Pizarnik, Idea Vilariño, Susana Thénon, Inés Manzano… y algunos caballeros también: “En ocasiones fantaseo con copiarles el estilo de prosa (sería como robarle a la corona) a los Juanes: Juan Carlos Martelli, Juan Filloy, Juan Carlos Onetti. O uruguayos como Mario Levrero y Felipe Polleri”, comenta esta autora que sigue en busca de sus palabras y, por supuesto, de la mejor manera de organizarlas. Siempre con templanza.  

 Por Julieta Bilik 

 

Más información 

Templanza (Irma), de Julieta E. Santos 

111 páginas – Editorial El Colectivo, Buenos Aires 2019 

FB: textosyotrasyerbas // IG: @julietaesantos 

Autor

Escribir comentario