Juan Francisco Dasso se relaciona con el tiempo libre con la voracidad y el olfato de un jabalí que detecta las trufas de la creatividad y como quien contempla en silencio cual buzo en las profundidades de tanta superficialidad

El problema con mi ocio es que es ergonómicamente igual a la mayor parte de mi trabajo.  Quiero decir: la disposición de mi cuerpo en el espacio es muy parecida en el ocio y en el trabajo. Puedo estar en el escritorio o en un sillón, con la computadora o con un libro, en la web o fuera de ella, tanto sea por motivos laborales o meramente pasatistas. El problema está en esta suerte de vapor, ausente de contornos claros, en que una cosa puede ser la otra, en que la tentación de cambiar de tarea o de pasatiempo es constante y que progresivamente lleva -al menos en mi caso- a una suerte de ineptitud sostenida, a una hipersifosis irreversible y, finalmente, a un juicio lapidario sobre uno mismo.

Entonces, una vueltita por el barrio.

Disfruto a sobremanera contemplar cosas y pensar al respecto de las mismas. Claro que ese es un movimiento natural de cualquier humano y no se trata de ninguna capacidad en particular, pero bueno, no es que quiera ostentar aquí un ocio súper genial y original. La observación es el movimiento natural de quienes trabajamos en la cuestión creativa y su tridimensionalización inminente. A mí me da placer contemplar y pensar (o bien: ejercer como espectador fuera de la escena), aunque no termine de ser un verdadero ocio. Todo por esperar que de esta actividad surja una revelación. Insoportable ansiedad de que lo extracotidiano entre por la ventana y me susurre cosas que traduzco como un dictado y listo chau ya está la obra el textito la imagen el guión la estructura la idea el estreno.

Y si la caminata no basta: el cuerpo a otra cosa. “La máquina de pensar” le decía mi viejo a una antigua y enorme cortadora de pasto con motor Villa y arranque retractil. Nada como cortar un par de hectáreas con el cuerpo totalmente empleado en una tarea sencilla y la mente emancipada. O como una compañera docente, que disfruta de sacarle punta a una infinidad de lápices. Meditaciones prosaicas, acumuladoras de pensamientos e imágenes.

Saludable vicio acumular constantemente material. Malogrado por otro vicio, placer mayúsculo: hablar. Improvisar discurso oral en torno a una idea me parece francamente divertidísimo. Vicio medio mata proceso, es vaga la materialidad de la palabra pero es una materialidad al fin, primer orden del caos, esto es así y asá y todos sus derivados y combinatorias posibles. Hablar con otro, hablar solo, hablar en público y el gran desafío: que alguien te escuche. Tengo la dichosa oportunidad de trabajar con niños y niñas de entre 3 y 5 años (uno de esos trabajos que me quedan, en los que puedo ir a trabajar y volver cansado cual persona de bien). A veces, si se da el espacio y la situación ideal, improviso narraciones. Pocas veces se cruzan la creatividad y la escucha necesaria. Es ir directo al fracaso, el auditorio es más difícil que el que haya tenido en cualquier obra, pero cuando se da es algo inolvidable.

Pero otra vez: eso es parte de una actividad enmarcada en un trabajo. También podemos celebrar francamente que lo que se engloba tradicionalmente en “trabajo” u “ocupación” puede corresponderse o siquiera mezclarse con “ocio” o “uso del tiempo libre”.

Pero avancemos en esta imposible depuración hacia el ocio total. Consumos culturales del puro disfrute: no puedo soltar Japón. Su cultura popular me viene acompañando desde la primera infancia.  Vi el mismo capítulo de Mazinger Z  en el mismo VHS capturado por mi abuelo y las maravillas de la cassetera unas mil veces (siempre la muerte del profesor Morimori). Alquilé Akira para mi cumpleaños nro. 8 con el aval de mi madre pensando que era una película apta (y sí que lo fue). Luego fui -otro- receptor de la llamada 2da ola del anime en Argentina. Adquirimos con mi primo los 9 VHS en español de Evangelion y Tenku no Escaflowne (sea en Camelot -$30 original- o en el Parque Rivadavia -$10 trucho-). La multiplicidad de temas, la violencia, la hibridación, la bizarrez  y todo lo que propicia la extraña condición insular me dejaron boquiabierto. Veinte años después, me encanta bucear esos mundos. Hoy se puede ver casi cualquier anime y darse el lujo de comprar manga. Es cuestión de dar con la obra indicada entre el montón, buscar como jabalí oliendo trufa. La reciente publicación de la obra de Junji Ito fue una fiesta privada. La lectura de Uzumaki constituyó un ocio calificadísimo: su simpleza, su episódica impune, sus imágenes terribles, su lovecraft, su leyenda. Lo tengo guardadito añejándose para releerlo.

Me parece que las cosas que más disfruto son las que me obligan a callar y al lujo máximo: postergar el análisis (¡no se trata de no pensar nada de nada!). Como sucede cuando uno está frente a esas obras que simplemente te devuelven al estado de sorpresa pura y el universo todo se te actualiza.

Juan Francisco Dasso

Dramaturgo, director, dramaturgista

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