Un recorrido disciplinado y autentico de LAURA NEVOLE para conectar con el ocio, donde asoma una especie de motor que la impulsa a no deterse jamas.

A veces el trabajo artístico funciona como un cuenco donde una vuelca los resultados del ocio. El ocio es una experiencia que implica una elección y una acción. En mi tiempo libre salgo a correr. Lo hago  desde que tengo trece años, todos los días, de una a dos horas por día. El correr siempre fue un aliado. Antes, un aliado secreto y hasta vergonzante, no estaba bien visto salir a correr, era algo raro.

Desde que se puso de moda y  pasó a llamarse running, se convirtió en  un ejemplo para los demás y hasta en un motivo de envidia. Corro por ansiedad. Necesidad de fugar, de distraer, de encontrar, de soltar. Corro para matar la voracidad. Corro buscando una imagen, corro buscando las palabras justas, corro pasando letra, corro interpelando a un interlocutor imaginario, le grito mientras corro, corro para centrifugar el mundo, para escupirlo, corro buscando un objetivo, una salida, una señal. Superarse a uno mismo o perder: no hay más opciones, dice en su libro el escritor japonés. Corro para entender esta frase. Corro, corro mucho. Corro a la mañana o al mediodía. Corro en todos lados. En Potosí, a 4000 metros de altura, en Praga con cinco grados bajo cero y en Colegiales esquivando el humo del 41. Corro sola, eso sí, nunca acompañada. A veces, muy de vez en cuando, corro con música.   Ir consumiéndose a uno mismo, con cierta eficiencia y dentro de las limitaciones que nos han sido impuestas a cada uno, es la esencia del correr y, al mismo tiempo, una metáfora del vivir, dice en su libro el escritor japonés. Al verme salir a correr de madrugada, el portero me mira desconcertado. El portero es mi implacable superyó. Corro para calmarme, no lo logro.  Corro para pensar, corro para poder tomar. Tomo cerveza.  Sola, con mi pareja, con amigxs o con colegas. La cerveza siempre fue una aliada. Me encanta ese momento en que el alcohol me devuelve la alegría de ver más,  y cuando esto es compartido, a veces alguien tiene una imagen, una que nos entusiasma a todxs y se convierte en el origen de un proyecto.  Esos momentos de hallazgo embriagado son la felicidad.  A veces tomo por fuera de mi tiempo libre. A veces pienso que tomo de más, a veces tomo de más.  Corro para poder tomar. Para poder reventarse hay que cuidarse mucho. Esto no lo dice el escritor japonés. Tengo avidez de totalidad, de comprender todo, de relacionar todo con todo. Estudio. Me recibí de psicóloga,  profesión que abandoné para dedicarme a la actuación. Hoy estudio astrología y filosofía, y mientras observo las características de los signos, pienso de qué modo voy a  usar este saber en una obra o para seguir investigando y formando artistas. El pensamiento siempre fue un aliado. Medito treinta minutos por día buscando un dios, así, un dios, a secas, un dios cotidiano, sin mayúscula, ni sotana, ni iglesia, ni templo. Busco un dios propio, que a veces se ausenta. Limpio, ordeno la casa, busco la calma. Difícilmente duerma, muy a mi pesar. Hay días en los que no puedo hacer nada con el tiempo. Él gana la batalla y yo fallezco. Hay días donde el tiempo libre simplemente me atormenta, como el portero. Esos días ando, literalmente, como bola sin manija. ¿Qué hace la artista en su tiempo libre? No sé si respondí esta pregunta. Lo que hago en el tiempo libre es la condición de posibilidad de mi trabajo artístico, y en este punto me detengo y releo lo escrito hasta ahora. Al repasar lo escrito, dudo. Dudo de estar diciendo la verdad. Hoy, con un hijo de once meses, el tiempo libre no existe. El tiempo es tiempo, sin adjetivo, perdió su libertad. Es tiempo robado. Robado a mi escritura, a mi pareja, a mi profesión. Es tiempo añorado. Hoy, el tiempo libre es algo que extraño, es algo que se escapa, gateando.   

Laura Nevole es actriz, dramaturga, psicóloga y  docente.

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