Espadas y catanas

El ocio no es algo que abunde entre las personas que trabajamos supuestamente para el ocio ajeno. Nuestros horarios van a contrapelo del mundo normal y conozco pocas personas en el medio teatral o cinematográfico que realmente llamen ocio a ver películas u obras de teatro. Tal vez sea por ello que la búsqueda más o menos desesperada de hobby, una práctica más o menos adolescente que uno replica con más intensidad con los años, tal vez para seguir sintiéndose joven, suele venir acompañada de mutaciones y cambios bruscos de sentido. Ni siquiera me hubiera atrevido a considerar hobbies al tango, la natación o el fútbol, tres actividades que me tienen a veces de visita, porque los actores suponemos que todo trabajo que uno haga con el cuerpo es precisamente eso: trabajo.

Hace unos años tuve que empezar a entrenarme en artes marciales. La elección fue casual y siguió el consejo de Sebas Alfie, el director de una película que pretende que yo maneje armas chinas y puños sofisticados. Mientras la película espera su rodaje (es más cara de lo que se pensaba) me entregué a este entrenamiento sin prisa pero sin pausa. Y en algún arcón de su nobleza (las artes marciales están llenas de arcones) empecé a acumular expectativas. Empecé, como hace mucha gente con temores, por el tai chi chuan, una suerte de meditación en movimiento que si bien vacía un poco el estrés tampoco resultaría suficiente entrenamiento para lo que la película iba a requerir de mí. Así que rápidamente pasé de allí al pa kua (digamos que es el kung fu tradicional) y con él llegaron una serie de curiosas novedades: el tai chi chien (o tai chi con espada de dos filos), las tonfas, el bo (o palo largo), las espadas chinas y niponas (katana, kodachis, gran espada, espadas dao). Mientras la película se pospone invariablemente yo sigo promocionando colores de cinturones sin que pueda explicar muy bien por qué.

Las artes marciales chinas tienen algo sofisticado y huidizo. A diferencia de las japonesas, que son más rígidas y cuyos rituales me dan un poco de vergüenza ajena, en las artes chinas parece reinar una suerte de devastación tal vez augurada por el comunismo: los saberes son familiares y a la vez tradicionales, pero su difusión planetaria es confusa, abigarrada, paisajística: en cada país estas prácticas adquieren rituales más terrenales. Detrás de su lógica se esconde, sin duda, el gran fantasma de los lingüistas: la lengua china. Todo es y no es al mismo tiempo, y los opuestos se suceden en una dialéctica que tiene mucho de complejo y también algo de farsa. El uso de la fuerza del oponente, más que de la propia; el delicado equilibrio entre fragilidad y fuerza, la decisión urgente de cortar o ser cortado con un filo definitivo, son todos asuntos que siguen una lógica intraducible, explicada por ideogramas pero no completamente por palabras. Tal vez para escándalo de mis maestros, que de chinos igualmente tienen poco, me entrego a ese mundo como quien no pretende dilucidarlo ni aprehenderlo. No es totalmente asunto mío. Cuanto más ajeno, mejor. Cuanto menos racional, menos tarea. Y sin embargo desde hace tres años y pico paso alrededor de cinco horas a la semana –en las buenas semanas- cortando enemigos o golpeando el aire con símbolos, ya que no siempre con la suerte del puño. No salgo de casa sin mi espada. Si viajo en avión, tengo una plegable. Aprovecho los viajes a España para visitar Toledo y comprar filos más nobles. Yo, que no he cortado en mi vida una sandía, colecciono katanas y espadas cielo como si alguna vez me fueran a salvar alguna vida. No hay mucho que explicar. Como fuga, es bastante exacta. Como deporte, es noble y templa el espíritu. Como entretenimiento, es divertido. Al no tener muchas certezas, tampoco es completamente científico, es decir que cada uno lo practica como puede y el límite es la propia voluntad. Nadie te mira. No hay juicio. No hay correctos. La cuota es accesible; el uniforme, una formalidad ficticia que no sirve ni para cubrirse en la destreza. Así que por qué no.

Tal vez me deba aún una explicación que es más difícil: por qué no las artes marciales japonesas, rusas o coreanas. Pero eso es por suerte otro capítulo.

Rafael Spregelburd es actor, docente, director y dramaturgo.

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