Anclada al presente, Pilar Gamboa, recorre su camino de aprendizaje con la curiosidad de una turista del tiempo.

Pensar y analizar el tiempo es algo que ronda en mi cabeza a menudo, a veces decido simplemente soltar la neurosis y dejar que todo sea como tenga que ser, una suerte de librarlo a la marchanta, a que suceda. Después de todo, a veces sólo se trata de eso.

Mi tiempo libre, ahora con los talones afirmados  en la adultez, o en algo parecido, es una especie de tesoro. Antes, de más chica, algo de lo libre me carcomía los sesos, me angustiaba, me preguntaba sin parar, “bueno y ahora qué”.

Una vez cuando estaba atravesando una situación así, de tiempo libre obligado y mentalmente padecido, me junté con mi amigo y musa, Mariano Llinás a tomar un café en el Mercado de San Telmo. Recuerdo muy a fuego esa charla y esa tarde. Me acuerdo que mientras tomábamos un cortado, con Cacho, su perro, casi nuestro perro, el perro de todos, sentado al lado de ambos, me dijo “tenés que aprovecharlo, tenés que ver cine, tenés que formarte… por ejemplo,  ¿viste algo de Renoir?…No, contesté… bueno, eso por ejemplo, es una barbaridad. El tiempo se aprovecha formándose. No te queda otra”.

Acto seguido me dió un montón de dvds de su colección personal, y me dijo “acá tenés, no sé si te va a alcanzar el tiempo, Piluki”.

 

Y así fue, así fue que entré en el mundo de Renoir, de Godard, de Bresson, y tantos otros que me marcaron para después, para lo que vino. No es que hice un pantallazo, no, no, no, me adentré en el mundo de los genios. Me zambullí de lleno.

 

Después, como siempre, para de llover, y entonces se viene el trabajo, la vorágine, la locura y el Buenos Aires de la vida cotidiana, esa Buenos Aires que no acaricia, que te pisa la cabeza como un monstruo. Y añorás como quien añora a un amante antiguo, la posibilidad de tener tiempo libre y disponerlo. Es así, cuando lo tenés no lo querés, y cuando no lo tenés lo deseás como a nada en el mundo. Perder para valorar, un camino hartante de la ansiedad y la psiquis del ser humano.

Entonces, ahora, casi siete años después de ese café cortado con mi amigo, miro el tiempo libre con cariño. Lo disfruto, y me acuerdo mucho de Antonia, el personaje que yo hacía en la obra “El tiempo todo entero” de Romina Paula, una joven que pensaba y disertaba sobre el tiempo libre, en realidad sobre los manejos del tiempo en la vida de las personas, y en un momento afirmaba con vehemencia, “soporto mi tiempo entero, todo, sin parar”. Bueno, creo que ese es el gran desafío que tengo siempre, soportar el tiempo todo entero y sin parar. Hacer ese ejercicio, el ejercicio más difícil de estar plantada en el presente. Creo que es el desafío más complicado que existe. O por lo menos para mí lo eso. Sigue siendo un aprendizaje.

Y ahí, es entonces que por ejemplo, salgo y hago las cosas que tengo que hacer caminando, y mientras camino escucho música, la música y la ciudad es algo que me resulta fascinante, todo parece una ficción. Y los ojos empiezan a ver cosas nuevas, empiezan a ver Buenos Aires como si no fuera Buenos Aires, como si una estuviera en otro lugar del planeta tierra, un lugar que no conoce, un lugar en donde una es una simple turista, eso! ojos de turista. Entonces, tenés tiempo, tiempo  para levantar los ojos y ver la arquitectura, lugares por los que pasé años y no ví. Porque cuando estás en la ola de  la rutina del trabajo ensordecedor sólo mirás sin ver. Cuando   el tiempo está a favor, te va llevando, o vas dejándote llevar y  se vuelve una herramienta para ver, como si tuvieras unos anteojos especiales que tenés  el privilegio de usarlos cada tanto.

Y escucho discos nuevos, descubro cosas nuevas, leo autores que nunca leí, voy a yoga, cuido las plantas, me encuentro con amigos en la mitad de la ciudad y tomo café. Descubro lugares nuevos para tomar café, eso siempre.

Tengo que aclarar, porque nobleza obliga, que el disfrute del tiempo libre es directamente proporcional al dinero. Quiero decir, que si uno logró tener un poco de plata en el banco, entonces esta posibilidad del disfrute es un aprendizaje mucho más liviano. Si no tenés plata, no podés pagar el alquiler y te quedaste sin trabajo obligadamente, el tiempo es la maldita daga lamiéndote los pies. O más bien,  mordiéndotelos.

Hablo de una situación ideal, de cuando la constelación es perfecta. Y aún asi, sigue siendo un aprendizaje disfrutar. La culpa de la clase trabajadora con el  ocio, la mala prensa que tiene el tiempo libre   en este sistema perverso y voraz es descomunal. Está mal visto desde siempre, nos enseñaron  a mirar con muy malos ojos el descanso, porque claro conviene, a “ellos”  les conviene que nadie frene nunca, que la producción no pare, porque si llega a parar se desmorona todo como un castillo de naipes, y lo saben.

El tiempo libre en este sistema capitalista (aberrante por momentos o casi todo el tiempo) ,  está encadenado al trabajo obligatorio. Y eso es lo que da ansiedad y culpa, siempre culpa, la maldita culpa que te obliga a pasarla mal, para después ficticiamente pasarla bien. Es hartante y sobre todo corroe el alma. Es la famosa angustia que corroe el alma.

Aprender a ser dueño del propio tiempo es un privilegio de pocos, yo, por momentos puedo lograrlo y es ahí donde me siento profundamente un alma privilegiada.

Pilar Gamboa – Actriz

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