La desarticulación del tiempo

Anabella Bacigalupo explica como es y que hace de su libertad en su otro tiempo mientras ensaya para estrenar este mes “Un domingo en familia” en el Teatro Cervantes

                La gente lo llama “tiempo libre”, yo lo llamo “mi otro tiempo”. Cuando tengo mi otro tiempo, cuando me salgo de mis obligaciones, de la agenda de ensayos, de los textos a memorizar y de los horarios pre establecidos, me pongo en estado-aguaviva: ahí mi tiempo se desarticula, se suspende, se desarma y en esos momentos algo en mí se relaja, se estira, se contrae, se confunde, algo se contacta con mi Anabella más primitiva, más rústica. Es un estado que tiene que ver con una búsqueda de libertad, con salirme de mí misma.

                Hace unas noches charlando con Julián y Manu les decía que yo actúo para ser más libre. Actuando soy lo más libre que me sale ser. Y cuando no actúo y estoy en mi otro tiempo, busco cosas que me acerquen a ese estado.

                Hace poco tomé un taller de escritura con Cynthia y Romi. Mi primer texto se llamó “Gris” y en él hablé de la muerte de mi papá. En realidad, hablé de mi. Y ahora estoy con un nuevo texto que se llama “Lila” y es sobre mi mamá: hace un año ella tuvo un ACV y todo cambió. De un día para otro mi mamá pasó a ser mi hija y yo pasé a ser su madre. Ahora todos los días paso a visitarla por el lugar donde vive, un lugar lleno de viejitos, todos arrasados por la vida. Es como una versión de la película “Cocoon”. La veo reír como hacía años que no la veía hacerlo. Conversamos de cosas que nunca hablamos. Su fuerza me vitaliza. Mi otro tiempo ahora tiene que ver también con eso.

                También tengo a mi amiga María. Un día ella me invitó a jugar con sus acuarelas y mi set mental se activó. En ese primer dibujo pinté un paisaje con un árbol y una montaña. Mi amiga me dijo que era muy bueno. Pintar ahora es un escondite que aparece sobre todo por las noches, con un vino de por medio. Muchas de esa acuarelas son eliminados al día siguiente. Son fugaces. No me da culpa descartarlas.

                Después está mi grupo de amigos-familia con el que hace desde hace varios años pasamos juntos una semana a fines de diciembre. Nos dedicamos al ocio colectivo. Nos autodenominamos “caca de otro” (por razones íntimas que no puedo develar). Somos un grupo de personas que nos tratamos bien, hacemos caminatas, tomamos luz de luna, nos damos atracones de picadas, cocinamos, vemos películas, metemos las manos en la tierra, hablamos de política y arte. Somos felices donde nos tiren. Esa semana es sagrada en mi repartija anual. Me llena el alma, la panza y me da una dosis de sol, mar, río, campo y cielos maravillosos. Un poco así vivo en mi otro tiempo: con fibras de mi mente flotando a años luz de mi cuerpo, metiéndose en lugares desconocidos, despegándose de la realidad, haciéndome sentir lejana. Lejana como cuando charlo con Lupita, que tiene solo seis años y me habla de cosas muy serias que me hacen sentir  a mil millones de kilómetros de la tierra, en un espacio de total libertad.

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