El ocio lleva tiempo 

Un ejercicio reflexivo de autoconocimiento plantea Mariana de la Mata en el que confluye la búsqueda honesta de que hacer con el tiempo libre.

Recibí con alegría la pregunta ¿Qué hago cuándo no estoy actuando, no estoy dirigiendo, no estoy dando clases? Con el correr de las horas y los días la pregunta empezó a angustiarme, no aparecía nada muy claro. El tiempo del ocio y el del trabajo artístico son la mayoría de las veces territorios confusos para mí. Así que lo único que pude responderme con cierta certeza fue: descansar.

También pensé: nada, siempre estoy haciendo teatro. Pensar el tiempo del trabajo y el tiempo del ocio cuando la profesión está vinculada al deseo es más bien desconcertante. Tiempos que se mezclan o se superponen. ¿Cuándo estoy descansando y cuándo estoy trabajando? ¿Cuando me siento en mi escritorio con la intención de corregir un texto, o cuando estoy tomando una cerveza con mis amigas y estalla una idea que queda resonando? ¿Cuando estoy ocupada en resolver una escena o cuando voy distraída por la calle y encuentro la imagen que la resuelve? ¿Dónde encuentro un personaje?¿En la repetición obsesiva del ensayo durante meses o el día que me subo al colectivo y me mira los ojos? ¿Cuándo el fraseo del texto está en su ritmo exacto?¿En la función o cuando lo susurro mientras limpio mi casa?

Mario Levrero en su Novela luminosa, en El diario de la beca, dice: “El ocio sí que lleva tiempo. No se puede obtener así como así, de un momento a otro, por simple ausencia de quehacer”.  La reflexión viene a cuento de haber recibido una beca que le permitirá liberar su agenda de trabajo y dedicarse exclusivamente a la escritura. Levrero es uruguayo así que me queda cerca: obtener una remuneración por dedicarse al trabajo artístico por estos lados es una excepción. El trabajo está precarizado y el trabajo artístico está siempre al borde de caerse del mapa.  Esto complejiza considerablemente el problema.

Resuena en mi cabeza feminista: “eso que llaman amor, es trabajo no remunerado”.

Hay otra división del tiempo que tengo más clara. El tiempo adentro de la sala o afuera de la sala. El tiempo adentro del ensayo o afuera del ensayo. El tiempo de hacer funciones o de no hacerlas.

Cuando empecé a estudiar actuación, pasaba muchas horas ensayando fuera de las clases. Iba a La Escuela de Teatro a la mañana y por las tardes ensayaba las escenas que había que trabajar. No siempre estaba claro qué era lo que hacíamos en el ensayo, muchas veces era más bien estar buscando sin saber mucho qué. Quería estar en ese espacio, aunque aún no tuviera claro cómo habitarlo. Más adelante, empecé a actuar y dirigir.  Horas y horas en las salas, en los teatros, en las casas. Horas y horas pensando y probando alrededor de algo tan difuso y escurridizo como es una escena, una obra, cuando aún no tiene su forma ni su estructura. Horas en el ensayo, pensando en ese pedazo de realidad tomando forma, muchas veces a deshora, a contramano del ritmo productivo de la ciudad, en espacios oscurecidos artificialmente cuando afuera el sol raja el asfalto. Con el paso de los años fui aprendiendo y aceptando la pertenencia a ese tiempo fuera del tiempo. Si no es el ensayo, es la función cuando estoy actuando, cuando estoy dirigiendo. O esas temporadas de escritura donde mi casa se vuelve bunker.

Cuando miro para atrás una semana o veinte años me veo en algún ensayo. Y si la única respuesta afuera de ese tiempo que puedo esbozar con obviedad es la del descanso, entonces aparece el mar.

Nací y viví mis primeros años cerca del mar, y nada se parece tanto a un sonido interno, a la respiración hecha paisaje. Cuando vivía en Mar del Plata, agarrar la bici para ir hasta la costa era una actividad habitual. Ir sin más plan que llegar a sentarme en la orilla o sobre una piedra a mirar, a escuchar. Sigue siendo así cuando voy de visita. En bici o caminando, nada me presenta menos dudas que salir con dirección a la costa. Tener un destino y cumplirlo sin preguntas. Eso sí que es descanso, ese paseo con rumbo definido. Llegar a la costa y mirar el mar durante el tiempo que se quiera, que se pueda ese día.

Mariana de la Mata es actriz, directora teatral, dramaturga y docente.

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