Un recorrido de Analía Couceyro por el universo del ocio donde nunca puede faltar un libro… ni a palos.

Digamos que me cuesta el ocio, me cuesta adaptarme cuando paso de períodos intensos de trabajo al tiempo libre. Y la medida inmediata del pasaje a la disponibilidad para ese placer suele ser el tamaño de los libros que elijo. Siempre tengo un libro en la mesa de luz, o varios, o pilas que voy moviendo desde encima de la mesa de luz a su interior y a la biblioteca, a veces leídos y a veces no, con culpa por su regreso virgen al estante. Nunca salgo de mi casa sin un libro en la mochila para los viajes en colectivo o subte, para las colas en bancos y médicos, para los cafés entre obligaciones. Es una de las cualidades positivas de vivir lejos del centro y de no manejar autos salvo en la ficción. Esos tiempos muertos entre sucesos y espacios agendados, habitados por la literatura. Los libros para el outdoor, los de la mochila, intento que sean pequeños y livianos y durante el año, cuando trabajo mucho, en la mesa de luz se acumulan en general un libro de poesía, algo relacionado con lo que estoy trabajando y cuentos o novelas cortas. Pero cuando llegan las vacaciones bajan desfilando desde de la biblioteca (que está en un entrepiso y entonces cargan el erotismo revisteril de deslizarse por las escaleras) los gordos, los ladrillos, y ese es mi pasaporte al ocio de horas, la forma menos angustiante de lubricar el pasaje del descanso intermitente al que puede durar más. Una amiga me mandó una tira de cómic donde en el primer cuadrito una mujer va al supermercado a la sección de artículos de limpieza y mira todos los precios y elige de cada producto el más barato, el de la marca más berreta, en el segundo cuadrito va a los comestibles y compra segundas marcas para los artículos de primera necesidad y duda pero se lleva algunos gustos (kanikama en vez de salmón pero algún vino rico seguro) se la ve más suelta, pero sigue teniendo su pequeña Lita de Lázari hablándole al oido. En el tercer cuadrito se la ve en una librería con anteojos de sol, abrigo símil piel, espléndida y tirando dólares por el aire. Me reí mucho cuando lo vi y corroboré cómo me conoce mi amiga, con quien compartimos el mismo mal, el consumo compulsivo de libros, aunque no lleguemos a leerlos, la necesidad ridículamente urgente de lo imprescindible ahora. “Necesito ese libro ya!!!”, declama entre plumas mi bon vivant de historieta. “Pero si tienes pilas de libros que no has leído!!!!”, intenta hacerse escuchar mi versión Lita de Lázari que me habla de tú como si fuera consciente de que me reiré de ella.

Leer reseñas, buscar rarezas en internet, hacer listas de deseos, ser una experta en los días de descuentos de las tarjetas de crédito en librerías, hablar de lecturas con amigues, son como el lado B igualmente placentero y procrastinador del lado B mío principal, leer, como el ensayo o los preparativos de un acto, como quien se compra ropa interior nueva para una cita, yo me compro libros o por lo menos les echo el ojo, proyectando el encuentro futuro. Y volviendo al tamaño (que siempre importa, para que negarlo, y que en el caso de los libros se traduce en tiempo) cuando llega la época de los libros gordos (y por ende largos), de las novelas, de los tomos de obras completas, época que en mi caso coincide con el calor y el malhumor de las fiestas, me doy cuenta de lo que implica el transcurso del tiempo en esas naves.

“Cómo pesa la droga!” le dije a mi amiga Flor (la misma de la tira cómica), cuando nos encontramos en los últimos estertores de vacaciones a tomar un aperitivo. Es que mi mochila estaba pesadísima, acababa de ir a buscar (un domingo, a un departamento, como una auténtica escena de dealer) el segundo tomo de Mi lucha de Karl Ove Knausgard. Me quedaba poco para terminar el primero y tuve que correr a buscar el segundo, pero como el viaje en colectivo era largo no pude evitar llevar el primer tomo para el recorrido. Así que cuando llegué al Cynar, mi mochila tenía el peso de esas 1300 páginas de drogodependienta. Odié un rato a mi amiga Albertina, con quien pasé unos días en el campo y veía ir y venir abrazada a Knausgard, con un vínculo ya de cuarto tomo. Pensé que de ninguna manera sería conveniente embarcarme en una saga de seis libros de 600 páginas (Lita manoteaba en el aire pidiendo ser escuchada!), pero con un par de charlas entre niños, sapos y tadeys en esos días de campo, Albertina ya me había incitado al flirteo con “Karli” Ove. No la culpo, las drogas como el amor contagian y ella ya estaba inoculada. Desde el mismo campo compré el libro (Lita por lo menos logró conseguir el más barato por mercado libre), y a los pocos días ya estaba abrazada al noruego, como recuerdo haber estado abrazada a tantes otres otros veranos. Aquelles por los que quise correr a mi casa, dormir a los niños, prender el ventilador y tirarme en la cama zambullida entre elles, mis libros gordos, osos y osas de verano.

Analia Couceyro de actriz, docente y directora de teatro.

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