Saltar, deslizar, girar son parte del movimiento constante de Ezequiel Tronconi en sus acciones creativas a las que le resulta raro calificar de trabajo

Interior – Departamento Almagro – Sábado / Noche.

Hace varios años trabajo los sábados a la noche en la obra CLARA de Sofía Wilhelmi, me divierto mucho haciéndola y es raro decirle trabajo. Hoy se suspendió la función. ¿Puedo descansar? No. Estoy escribiendo este texto que tengo que entregar a más tardar el martes. Mañana y el lunes filmo (entre otras cosas), así que tengo que empezar ahora. En eso estamos. Uniendo vocales y consonantes. Mi relato será algo caótico y catártico, aviso. Algo de lo desordenado siempre me acompaña y acomoda. Un poco y un poco. Intuición y decisión.

Cuando tengo un rato libre, enseguida el trabajo o las obligaciones relativas al trabajo, se apoderan de mí. ¿Cuándo descansás? ¿Cómo hacés para estar en tres obras y filmar una película? Ni idea. La verdad, no lo sé. Hay una energía potente que me acompaña. La sensación es parecida a la que sentía cuando me subía a una bicicleta de freestyle bike apenas llegaba de la escuela. En esa época gran parte del día estaba arriba de esas dos ruedas. Entrenaba mucho, fui campeón argentino dos veces en las modalidades Street y flatland. Saltar, deslizar, girar. El movimiento constante. Deseo, convicción y alguna herida de vez en cuando. Como ahora, como siempre. Los huesos sanan, el dolor es temporal, la gloria para siempre, decía Matt Hoffman.

En mi tiempo libre visito a mi familia. Ver crecer a mi sobrina Alma me demuestra que las agujas del reloj no giran en vano. El tiempo… Maldito y bendito invento.

Siempre que puedo, escribo. En mi infancia empecé escribiendo canciones, la primera se llamaba “Dos años de prisión”. El estribillo decía: -Cuánta injusticia, cuánto dolor, le dieron dos años sin ninguna razón. Después me enganché con el formato carta. Había una sección en la revista 13/20 donde podías cartearte con personas de todo el país y compartir gustos musicales. Yo lo hacía con fanáticos de Soda Stereo. Todos los días llegaban cartas a mi casa en el Pasaje Yugoeslavia del barrio de Devoto. En mi adolescencia escribía textos para mis compañeros de aula. Cuando decidí dedicarme a la actuación, empecé a escribir teatro para poder tener material para actuar, y así, por necesidad también empecé a dirigir. En mis primeras obras hacia las tres cosas. Actuaba, escribía y dirigía. En el 2017 lo incursioné en el cine y junto a mi amigo Juan Sasiaín (uno de los co-directores de “La Tigra, Chaco”, película que amo y me abrió la puerta a un montón de viajes y cosas hermosas), escribimos y dirigimos “El encanto” que tuve el privilegio de protagonizar con Mónica Antonópulos. La conozco desde que andaba en bici y ese reencuentro fue mágico. A los meses dirigí otra película y fue protagonizada por mis alumnos. Fuimos a Chascomús una semana y creamos “Forasteras y elefantes”. Algunas escenas las escribía en el rodaje. Fue una experiencia increíble, vital y enriquecedora. ¡Qué lindos los atardeceres en la laguna!

Otra cosa que me gusta hacer en el poco tiempo libre que tengo es viajar. Cuando viajo a festivales, aprovecho y me quedo unos días paseando, conociendo ciudades. Camino mucho. A cualquier hora. Ahi sí, el tiempo es libre del todo. No hay horarios, no hay compromisos. Exterior – Plaza Armenia – Domingo/ Día. Estoy en un bache de rodaje, aprovecho para seguir. Luis Fontal, amigo y director de esta película, piensa la puesta con el DF, mientras yo trato de seguir con este relato. Venía contando que me gusta escribir. Esta película la escribimos con Luis y es en el cine donde descubrí la escritura compartida. Es un placer poder actuar en algo que escribí con amigos. Creo que es una de las cosas que mayor satisfacción me da, pensar una idea y verla realizada. Me están llamando para ir a toma. Chau. Interior- Bar Almagro – Lunes / Día. Hoy filmé temprano y después fui a un ensayo. Ahora tomo un café para recargar energías. Intento pensar una resolución a todo esto y no sé cómo darle el toque final. Siempre me costaron los finales. En la vida real, también. El tiempo es arena en mis manos, dijo Cerati en una canción que me encanta. La conclusión sería que no tengo tiempo libre o que lo ocupo muy rápidamente, consciente o inconscientemente. Y que en general lo uso para escribir o generar proyectos, o sea, para trabajar. En unos días me voy con amigos de viaje a España por más de dos meses. Vamos a presentar dos obras: “El huevo” a microteatro Madrid y Barcelona y “La fiesta del viejo” a Murcia y Cádiz. Siento que me faltan resolver un montón de cosas, pero estoy feliz porque ahí sí voy a poder descansar, conocer nuevas ciudades y pensar en qué voy a hacer el año que viene. Mi cabeza no para. Muchas emociones juntas. En este momento tengo una adrenalina rotunda. Escribo estas palabras, mientras pienso qué me voy a poner a la noche en la entrega de los premios Cóndor de Plata, quién se va a quedar en mi departamento cuando yo no esté, cómo saldrá el miércoles la muestra de mis alumnos y cómo voy a extrañar Buenos Aires y la gente que quiero. En fin. Una nueva aventura, un nuevo viaje se acerca. Nota mental: ojalá nunca deje de viajar. Corrijo: Nunca voy a dejar de viajar. Aprovecho para agradecer este espacio y mandarle un saludo a todos los que me conocen.

Por Ezequiel Tronconi

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