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Que vuelvan los tomates

3 de abril de 2026

Muchas veces me pregunto qué función tiene esta revista. ¿Es un espacio de debate sobre el teatro porteño? ¿Es una invitación grandilocuente a las obras amigas? ¿Es una excusa para que las lauchas pobres que escribimos aquí podamos ver teatro gratis?

Es que hay un acuerdo tácito, muy de esta época, de no hacer una “mala” reseña a una obra pequeñita, independiente, hecha a pulmón, que por lo menos a mí me deja girando en falso. Porque veo una doble disminución: por una lado convierte al artículo de crítica artística en una publinota y, por el otro, subestima a las obras con bajo presupuesto, como si el teatro porteño no nos hubiera dado pruebas de que las obras más sublimes pueden salir de un sótano con olor a meo.

En los ‘90 un estudiante de Alezzo podía irse a las piñas con uno de la escuela Bartís y si bien el gesto podía ser simpático, esa energía provenía de grupos de machitos con mucha testosterona en sangre. Hoy, estamos en la vereda opuesta, donde una corrección política nos impide levantarnos de la silla en medio de la obra: la aguantamos hasta el final, aplaudimos mecánicamente, sonreímos si nos cruzamos con la mirada de la actriz y recién a dos cuadras del teatro, donde nadie nos ve, descargamos con nuestro acompañante sobre la mierda que vimos, sobre las actuaciones tensas, sobre el secuestro que sentimos en el cuerpo el tiempo que duró la experiencia. Debe haber un punto intermedio, ¿no?

Nos cansamos de marcar la importancia del teatro en esta época donde el cuerpo está tan corrido de la escena social, se nos hincha el pecho por ser los representantes del único arte que no existe sin el encuentro con el otro y, sin embargo, en muchos espectáculos la distancia es más atroz: estamos sin estar. Y yo también estoy ahí, intentando, “por respeto”, sostener una presencia que intenta ser neutra cuando en mi interior sube un calor difícil de disimular.¿No sería más vital un franco tomatazo?       

Ante este panorama me agarra melancolía por los momentos no vividos, por las obras de Shakespeare con sangrientos duelos de espadas para ganarle a la pelea de osos de la otra cuadra. Al público había que ganárselo: entre-tenerlo a la vez que transmitir un mensaje. Hoy los teatristas somos más impunes, una vez que cerramos la puerta, los espectadores son nuestros. Y cuando el espectador no puede irse, cuando el pacto de permanencia amable está garantizado, algo del riesgo se diluye.

No se trata de una reivindicación de la crueldad, de volver a una lógica destructiva donde la crítica es un arma para invalidar el trabajo ajeno. Una reseña que marque los desaciertos, que fundamente una visión singular sobre el hecho teatral no tiene por qué implicar un gesto de violencia, deslealtad o una falta de códigos. Saber que vamos a encontrarnos en otro ámbito a esos mismos artistas a los que reseñamos no tendría por qué inhibirnos. La discusión no es sobre las personas o sus capacidades, es sobre la tarea que nos une y, finalmente, es más nocivo una reseña “copada” a una mala obra que una reseña honesta y fundamentada, que permita a lxs artistas y al público hacer una reflexión sobre el arte que nos convoca y, por qué no, revisar las decisiones para la próxima. 

La crítica es parte del hecho teatral y una parte clave: la que se hace cargo de poner palabras a la recepción. Es acción y pensamiento sobre lo contemporáneo. Si la crítica se vuelve complaciente, el pensamiento se aplana. Si nadie señala los problemas -con el tono vehemente que requieren algunos desaciertos- ¿qué se revisa? ¿qué se transforma? ¿qué se afina? ¿Le hago bien al elenco reflexionando sobre "el teatro", sin mencionarlos, cuando en realidad no me gustó lo que vi? Yo misma muchas veces elijo callar, suavizar, correrme. Y sin embargo, cada vez se vuelve más evidente que ese silencio no cuida a nadie.

Ir, ver y no decir nada puede ser más cómodo que hacerse cargo de la experiencia, pero también es ingrato con un grupo de artistas que me invitó a una función esperando una devolución. Y si lo que se espera es una publicidad encubierta entonces hemos desvirtuado nuestra función.

 

Agustina Soler Autor
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