Camila Peralta: “El teatro tiene una cosa que no se puede capturar, es medio parecido a la fe”
Sección Entrevistas - Revista Llegás
Entrevistas

Camila Peralta: “El teatro tiene una cosa que no se puede capturar, es medio parecido a la fe”

6 de junio de 2026

Camila Peralta siempre quiso actuar. No recuerda un momento en el que no haya tenido ese deseo pero, al mismo tiempo, confiesa que no tiene idea de dónde lo sacó porque no viene de una familia de artistas, aunque su papá era “medio artesano” y su mamá “un poco personaje”. Quizás todo empezó al ver Chiquititas. Sus amiguitas de Balcarce solían viajar a la ciudad para ver los espectáculos de la factoría Cris Morena en el Gran Rex, pero a Camila no la traían porque para sus padres Capital Federal era una especie de monstruo que intentaban evitar. Ella asegura que no le interesaba para nada el rol de espectadora; lo que en realidad quería era “hacer lo que hacían esas nenas”.

También hay otro recuerdo muy vívido. “Yo tengo muy buena relación con mi mamá y mi papá. Los amo, son gente espectacular y creo que siempre quise hacer cosas que a ellos les gustaran. Recuerdo estar en el living de mi casa mirando Cha Cha Cha y Todo x 2 pesos por canal Volver. Mis papás descostillados, secándose las lágrimas de tanto reírse. Siento que a partir de ahí siempre quise hacer eso, generar lo que generaban esos actores, primero en mis papás y después en otros. Provocar una risa o una emoción en otra persona es un acto muy amoroso”. Eso es lo que hace Camila en cada función de Suavecita, el unipersonal escrito y dirigido por Martín Bontempo que está en cartel hace tres años y se convirtió en un hitazo indiscutible de la cartelera porteña.

Suavecita narra la historia de una mujer que descubre un don y pone en jaque la legitimidad de la ciencia y la medicina tradicional en un hospital público del conurbano. El Dr. Rodríguez la utiliza para probar una terapia alternativa en pacientes terminales. Antes de caer en spoilers, conviene detenerse ahí. “Suave” –como la propia Peralta apodó a su criatura– no es médica ni enfermera, tampoco recepcionista ni empleada de limpieza. Su don la lleva a convertirse en una suerte de santita pagana con fieles y devotos.

En la entrada de su casa Camila instaló un altar gigante: ahí deposita todo lo que le dan y dice que no puede tirar nada, es como un TOC. En lo alto de esa pirámide hay un cuadrito con una ilustración que dice: “Virgen de las barricadas, protégenos de todo mal gobierno”. Amén, hermana. En los tres estantes de abajo hay un cambalache precioso: estampitas con el rostro de Suave, Alejandro Urdapilleta o Rita Cortese (con la leyenda “Santa Rita”), iconografía variopinta de virgencitas y santitos, el Gauchito Gil, Evita, los personajes de Mafalda, varios animalitos, entradas de cine y teatro, calacas mexicanas y objetos chiquitísimos que sería difícil enumerar de manera exhaustiva.

–La obra trabaja sobre la dimensión de la(s) creencia(s) y el teatro, en algún sentido, puede ser pensado como una experiencia religiosa, ¿no?

–Sí. Yo no soy creyente de nada en particular pero creo en todo porque todo me parece posbile. Ya la existencia me parece una locura. Un día chocaron dos cosos y estamos todos acá. ¿Cómo es eso? Para mí es obvio que puede existir Algo Superior, aunque también es muy posible que algún día se apague todo y chau. Ante la duda, cabulera a full. Creo en todo. Y me parece que cualquier ser humano en algún momento entra en contacto con la fe. Cuando hay algún familiar enfermo y se agotaron todas las opciones de la medicina tradicional, muchos terminan yendo a “la señora que te cura”. Cuando ya no quedan más opciones, la gente recurre a la curandera tenga la plata o el conocimiento que tenga. El teatro tiene una cosa que no se puede capturar y, en ese sentido, es medio parecido a la fe. Es una experiencia religiosa. Hoy en día vemos cualquier cosa y pensamos que es IA, pero el teatro es el único lugar en el que no podés hacerte esa pregunta. Por ahí soy muy exagerada, pero cuando una está ahí presente y conectada ocurre algo elevado en el espíritu. No entendés muy bien qué pasó ahí, qué fue esa entrega.

En la cronología de los impactos y las revelaciones –después de Chiquititas y aquellas escenas desopilantes de Cha Cha Cha en el living de su casa– podría agregarse ¡Llegó la música!, una obra del colectivo Escalada con dirección de Alberto Ajaka que Camila vio cuando vino a estudiar a Buenos Aires. “Esa obra era un delirio: los actores tocaban instrumentos imaginarios, se peleaban entre ellos y todo era espectacular –recuerda–. Ahí me di cuenta de que las pavadas podían ser importantes, que eso que yo hacía jodiendo podía tener un sentido y generar algo en otros”.

Camila quería ser actriz pero no sabía por dónde empezar. Ni siquiera estaba al tanto de que existía una carrera de actuación así que optó por estudiar cine en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). “Me sentía una ignorante porque no había visto casi nada. Todos habían visto filmografías completas: Tarkovski, Bergman. Yo no había visto casi nada salvo las películas que daban en la tele a las tres de la tarde, no conocía ni una sola referencia y me daba mucha vergüenza. En ese momento era muy tímida”. Peralta tenía claro que no le interesaba la erudición ni las cuestiones técnicas de la disciplina cinematográfica; ella quería actuar y pensaba el cine como un puente hacia ese oficio. Cuando empezó a hacer ejercicios frente a cámara se dio cuenta de que era lo más divertido. Después empezó a tomar clases de teatro y hubo otro shock. “Me explotó la cabeza. La primera clase con Ignacio Bresso fue espectacular. ‘Acá pertenezco’, pensé”.

Encontrar una pasión y un lugar de pertenencia no es cosa fácil. Camila tenía el talento necesario para destacarse pero, no sin cierta modestia, ella alude a su suerte: cuenta que mientras actuaba en otro proyecto craneado junto a Bontempo, Capricho cumbiero, la vio un representante en La Vieja Guarida (“un lugar re chiquito con dos tachos de luces”) y así fue como entró a trabajar en una producción de Suar. Podría decirse que el under la llevó a la industria. Después le dio vida a La Cosa en otra obra de Bontempo llamada En la piel (“ahí hacía a un bicho: hablaba diferente, me movía raro”) y la llamaron para interpretar a una mucama en la tira de El Trece, Quiero vivir a tu lado. “Esa fue la primera vez que ahorré, me fui de viaje y me compré una guitarra, cosas que hasta ese momento no podía hacer porque era mantenida por mis viejos y no me iba a hacer la viva”, cuenta Camila. 

Con el ingreso al campo audiovisual adquirió otro aprendizaje: no podía hacer lo mismo que en el teatro. Sobre la construcción de lenguaje en formatos tan diferentes, dice: “Las primeras veces que actué en producciones audiovisuales me aburría porque sentía que tenía que hacer de mí. Me pedían ‘no actuar’. Yo interpretaba cosas muy alejadas de mí porque era lo que más me divertía. En algún momento entendí que era lo mismo, aunque tenía que concentrarme en cosas mucho más chiquititas. A veces yo quería hacer de chica renga y en el proyecto simplemente me pedían una chica, pero me enfocaba en cómo mira esa chica o cómo mueve los dedos y también podía ser divertido. Un mínimo cambio físico o vocal me organiza el resto de las cosas; esa es mi manera de abordar los personajes. Hay mucha gente de teatro que termina eyectada del audiovisual porque tenés que switchear algo en el código sin perder de vista la verdad y sin dejar de estar presente”.

–Hay un momento en el que los actores encuentran a su personaje, lo capturan y llegan a entenderlo muy profundamente. ¿Te pasó algo así con Suavecita?

–Sí. Martín sabe mucho más que yo sobre teoría del teatro y me explicaba que hay varios tipos de clown. Se ve que yo tiendo a hacer cierto tipo de humor y, como ya habíamos trabajado juntos, no queríamos que Suavecita se pegara demasiado a La Cosa, el personaje de la obra anterior. Cuando iba para ese lado, él me decía: “Ojo, te estás yendo. Esa es tu prima”. En el camino fuimos encontrando cosas para volver a Suavecita hasta que en un momento se instaló y ya no se fue más. Cuando aparece el personaje completo podés hacer todo. A mí no me interesa hacer nada sin haber encontrado eso porque me aburro. Después te sorprendés mucho con esa cosita que creaste. Es muy loco, no sabés cómo se encuentra, es algo mágico. Ni siquiera nosotros sabemos cómo ocurre. Hay muchísima gente que teoriza sobre el teatro pero nunca terminan de dilucidar qué es lo que hace que algo sea verdadero. Hay muchas herramientas para entenderlo, pero siempre hay algo que no se puede capturar. Eso me gusta.

La actriz dice que por su personalidad suele sumarse a ideas y proyectos de otros, pero nunca es quien propone. Un día el dramaturgo llegó con ese texto y ella le dijo que sí de manera inconsciente. Después pensaba: ¿qué hice?, ¿cómo voy a hacer un unipersonal? Era la primera vez que iba a estar sola arriba del escenario. “En los ensayos vivimos algo parecido a eso que se vive cuando te enamorás de alguien y te retroalimentás. Yo confío mucho en su mirada y me animo a hacer cualquier cosa porque sé que finalmente no me va a permitir hacer cualquier cosa en escena, pero esas pruebas siempre nos llevan a encontrar el camino. Con Suavecita pasó algo raro porque el personaje era casi opuesto a lo que estamos haciendo ahora: era el mismo texto pero ella era una mina re segura. Lo probamos así un solo ensayo y después le propuse hacer todo lo contrario: tenía que ser redundante, súper suavecita. Trabajamos eso y ahí apareció la comicidad, la empatía. Y teníamos que encontrar un personaje que contrastara con los que aparecían después, porque si todos eran minones no me quedaba ningún recorrido por hacer”, explica.

–Hay un trabajo minucioso con el humor y esa partitura rítmica se completa a lo largo de las funciones con los espectadores, ¿no?

–En la comedia es muy importante la interacción con el público. Nunca pensamos que la obra iba a ser tan graciosa como terminó siendo, las primeras funciones fueron muy sorpresivas. Del estreno a la segunda función cambió muchísimo: recuerdo que esa semana nos juntamos a ensayar porque había que fijar lo que había improvisado. Durante cuatro o cinco meses se fueron agregando varias cosas asociadas al humor; las probábamos en funciones y después veíamos si quedaban o no. Hoy pasa lo mismo: si nos aburrimos Martín sugiere que probemos algo nuevo y chequeamos con el público. Él tiene mucha teoría sobre el humor y yo tengo un conocimiento más intuitivo, entonces lo vamos armando entre los dos. Pero si no estuviera Martín como director seguramente me habría perdido un millón de situaciones graciosas para el personaje: algunas estaban escritas y otras iban saliendo en el momento. Encontramos un personaje que es torpe, que se confunde con las palabras y tiene ciertas muletillas, entonces podemos tironear de ciertos lugares para generar esa comicidad. 

Suavecita estrenó en Nün, hizo temporada en Caras y Caretas y hoy continúa en el Metropolitan. Camila dice que fue un acierto haber construido los cimientos del personaje en una sala como Nün porque ahí logró amasar una criatura “con detalles, varias capas y textos que podía decir muy bajito y se escuchaban perfecto porque estábamos todos pegaditos”. Después tuvieron que recurrir al micrófono como apoyatura por las dimensiones de la sala y apareció el gran desafío de no perder la esencia del personaje en un espacio tan grande manteniendo la gestualidad y esa atmósfera íntima. “El director está muy contento porque visualmente se ganó mucho: él siempre tuvo la idea de un personaje chiquitito en un plano inmenso. La sala es hermosa, tiene un escenario precioso y la disposición del público en las butacas te da mucha más cercanía. En ese sentido, fue todo ganancia”, destaca Peralta.

–¿Qué mirada tenés sobre la coyuntura actual y por qué creés que desde el gobierno se ataca tanto a la cultura?

–Lo que estamos viviendo es un delirio pero lo aceptamos. Me pregunto por qué no hay ninguna reacción y pienso que yo también soy responsable de eso. Tampoco hay una reacción en términos políticos; no es la política clásica entonces es muy difícil. Creo que atacan el arte porque es un lugar donde se revelan todas las mierdas que están haciendo los políticos. Nuestra tarea es pensar, criticar la realidad en la que vivimos, hacernos preguntas, cuestionar, generar un diálogo con el otro. Y lo último que quieren es que se cuestionen las cosas que hacen. En ese sentido, me parece muy inteligente que ataquen a la cultura porque es un lugar para pensar el presente, el pasado y el futuro, y hoy no quieren que pensemos. Por supuesto no van a lograrlo: no vamos a dejar de pensar, de hacer, de intentar cambiar algo. En la época más oscura de nuestro país surgieron grupos que revelaron un montón de cosas y nos marcaron a todos.

Una nota de color. Cuando se le pide a Camila que comente cuáles son sus rituales pre-función, dice que son demasiados. Si alguien tuviese que enumerarlos, la lista diría algo así: ponerse una medallita que le regaló la productora el día del estreno; prender una velita en un altar cuyo centro es un adornito de Mar del Plata (esos que cambian de color, un regalo de su abuela); abrir un papelito con las instrucciones del maquillador a modo de tutorial (aunque ya sabe de memoria el paso a paso); dejar los anillos en el mismo lugar; chequear cosas que tiene escritas en su celular. “En un momento usaba la misma bombacha roja y la tuve que jubilar, pero igual la guardé en el camarín… ¡limpia!”, aclara.

Por Laura Gómez.

Fotos: Vicky Cuomo

Suavecita

Actuación: Camila Peralta

Dramaturgia y dirección: Martín Bontempo

Teatro Metropolitan. Av. Corrientes 1343. Entradas por Plateanet.