Artificial conjuga la comicidad incesante con planteos filosóficos de gran complejidad. Coreografías, canto, ejercicios de actuación, repeticiones son algunas de las situaciones por las que atraviesa el cuarteto de intérpretes con reminiscencias clownescas en su intento de sobrevivir a las lógicas impuestas por un sistema rígidamente planificado.
El teatro —como todas las prácticas artísticas que ponen a existir algo que antes no estaba en el mundo— tiene una fuerte vinculación con las ideas de verdad-mentira, y las de ficción-realidad. Estos pares de oposiciones resultan lugares visitados habitualmente por el arte. Nos inquieta ese poder creador capaz de generar algo donde antes no había nada. En las últimas décadas, con el giro subjetivo, las obras de teatro se han ido plagando de instancias ligadas a lo que podríamos entender como verdadero o documental. A su vez, también fuimos observando la presencia de autoficciones: formas inventadas (pero no por eso falsas) de contarnos a nosotres mismes. En relación con estas coordenadas, se encuentra también la dinámica del reality show, como un dispositivo que hacer explotar el espectáculo de la subjetividad propia y alimentar el morbo de ver a otres como son (o al menos esa es la promesa de base).
Artificial, la obra de teatro escrita y dirigida por Noralih Gago, retoma estas cuestiones en, por lo menos, dos sentidos. Uno tiene que ver con el teatro, en tanto disciplina que ineludiblemente convive con el cuerpo, un elemento que discute los límites de lo inventado, construido, narrado en la medida en que está desde antes en el mundo. Allí ya hay una primera oposición entre lo construido y lo dado. A esto se agrega la segunda cuestión: la obra dialoga justamente con el género del reality show, la promesa de mostrarnos y vernos en nuestra cotidianidad sin el cobijo de libretos o personajes que organicen el encuentro.
En su tercera temporada, la obra reúne a cuatro actrices con importantes recorridos, Julia Amore, Adriana Ferrer, Coral Gabaglio y Karina Hernández, quienes encarnan un cuarteto de intérpretes con tintes clownescos. Deben enfrentar el desafío de llevar adelante la actuación en el marco de un formato que parece menos interesado en su despliegue artístico que en los desafíos que les propone incesantemente. De esta manera, la obra motoriza una serie de situaciones cómicas que no se detienen hasta el final. El conjunto, con la misma peluca roja y maquillaje, ofrece otra pregunta que es central: aquella vinculada con la identidad.
Es acertado el juego que producen con lo dicho y el modo de decir(nos). ¿Acaso cuando hablamos tenemos posibilidades de decir algo original, algo que no haya sido dicho antes? Cuándo participamos de un grupo, ¿lo que dice una persona lo dicen las otras? ¿La mimetización con otres implica la pérdida de individuación y de carácter propio? Estas son algunas de las incógnitas que la obra ofrece a partir de los intentos que el cuarteto lleva adelante para poder realizar la obra que tenía planeada frente a las exigencias que solo buscan empujarlas hacia el límite.
A su vez, el tema de la identidad aparece en la designación de un nombre que parece único, propio pero que, a medida que se suceden las escenas, pierde especificidad. Artificial posee en sí misma la capacidad de generar risas constantes, a partir de lo absurdo y el descontrol escénico por momentos, a la vez que despiertas preguntas filosóficas. Una de ellas podría ser pensar cuánto de ese nombre, elegido o no, nos constituye y nos determina. ¿Cuánto espacio hay para la construcción de la identidad? ¿Qué lugar nos dejan las imposiciones sociales para hacernos y encontrarnos?
Estas preguntas llevan a pensar en la identidad de género. En aquello que la activista travesti Marlene Wayar explicó desde el uso del gerundio: vamos siendo a medida que transitamos la vida. El gerundio como modo de escapar de taxonomías fijas. Así, la movilidad, el fluir y lo lúdico son aliados del cuarteto de personajes que intentan mantenerse en actividad para ser felices. La feminidad aparece como una zona en constante construcción, desde una visión no esencialista, como un espacio de creación, innovación y también de diversidad. También se configura como un espacio de resistencia frente a las directivas que reciben de una voz grave y maquínica.
En Artificial, los moldes impuestos por la sociedad a través del lenguaje, tecnologías, expectativas combaten contra el deseo de particularidad. A lo que se agrega la era de la inteligencia artificial como otra herramienta que amenaza lo múltiple y particular. Frente al deseo que las protagonistas tienen en la obra de seguir actuando, como manera de ser feliz, aparece con todo el peso de la coyuntura la imposición de un orden que no se comprende pero que se enuncia como más eficiente y resulta intimidador. Entre esas márgenes, las actrices se la rebuscan para sobrevivir, para actuar y para no perder sustancia.
Agustina Trupia
Artificial
Actúan: Julia Amore, Adriana Ferrer, Coral Gabaglio, Karina Hernández
Dramaturgia y dirección: Noralih Gago
Nün Teatro Bar
Juan Ramírez de Velasco 419
Martes, 21hs