En busca del deseo perdido
Sección Teatro - Revista Llegás
Teatro - Reseñas

En busca del deseo perdido

Entre el encierro conventual y el deseo de libertad, la obra de Mía Miceli reescribe una tradición histórica desde el humor y la intriga. Un juego teatral que pone en tensión los mandatos, la escritura y las alianzas femeninas en tiempos de cambio.

4 de abril de 2026

Los conventos de monjas fueron, a lo largo de la historia, espacios de reclusión y también de resistencia para las mujeres. Ligados al ámbito del teatro, resultaron lugares de enorme producción. Allí se podía hacer aquello que en otros ámbitos estaba prohibido: escribir. Por nombrar un ejemplo de esto, durante el Siglo de Oro Español, las mujeres pudieron escribir obras de teatro en los conventos. Era el lugar por el que se optaba para no tener que casarse con un varón y poder dedicarse a la escritura. Este fue el caso de Sor Marcela de San Félix o, ya en territorio americano, de Sor Juana Inés de la Cruz. 

En ¡Oh cabezas locas de las religiosas!, obra escrita y dirigida por Mía Miceli, quien además actúa, se retoma el convento como el enclave perfecto donde Justine y Hélène, jóvenes francesas de finales del siglo XVIII, producen intrigas, engaños y malentendidos. Se ven obligadas a recluirse debido a la falta de dote, a su origen poco legítimo o a malformaciones físicas. Entonces, el noviciado se vuelve un espacio no deseado, de encierro y de limitación de la libertad. En el caso de los dos personajes principales, la libertad y el deseo parecen estar alineados con la idea de matrimonio. El casamiento parece configurarse, una vez más, como el destino anhelado y la única alternativa posible para las mujeres. No obstante, aparece en la obra la escritura como una rajadura que se produce sobre la realidad: escribir como manera de fisurar lo dado y generar una rendija hacia otro plano. 

La obra resultó ganadora del Primer Premio Germán Rozenmacher de Nueva Dramaturgia 2024. Es una reescritura de la novela La religiosa, escrita por el pensador y filósofo francés Denis Diderot alrededor de 1780. En la novela, publicada en 1796, luego de su muerte, Diderot exploró el punto de vista femenino al imaginar las cartas que una novicia podría escribirle a un marqués. En ellas deseaba que la rescatara del convento, por medio del casamiento. A su vez, esta publicación funcionaba como denuncia de las corrupciones de la iglesia. La obra de Mía Miceli se sitúa justamente en los días de la Revolución Francesa: el cambio de paradigma que comienza a gestarse fuera de los muros del convento tiene injerencia directa en las relaciones entre novicias y monjas, y las maneras en la que conciben sus vidas. De esta forma, los personajes corren el riesgo de perder la cabeza en distintos sentidos: por la locura del encierro, por el estado de enamoramiento o por la amenaza de la guillotina. 

Uno de los grandes aciertos de la obra es el uso del lenguaje. El vocabulario, el modo de combinar palabras y las maneras de decir se vuelven exquisitas. Hay un uso del léxico en español que amplía los horizontes cotidianos y propone el juego de imaginar un modo antiguo del habla que marida con el contexto francés donde se sitúa la obra. Además, los procedimientos escénicos que se utilizan pueden ser pensados como herederos de aquellos usados en el teatro del Renacimiento. Procedimientos tales como el travestismo escénico, la sucesión de enredos y los malentendidos conforman un universo que recuerda a las obras, por ejemplo, shakesperianas. Es delicioso el modo en que se desenvuelven las situaciones metateatrales: el teatro aparece dentro del teatro y la puesta en abismo expande así los límites de la obra. Las situaciones de quid pro quo (al tomar una cosa por otra en los diálogos) resulta uno de los pilares en la construcción de las escenas. 

Asimismo, el elenco, conformado por Ana Luz Camps, Melina Del Valle Villar, Miranda Di Lorenzo, Agustín Gagliardi y Mía Miceli, realiza un trabajo orquestado y de gran rigurosidad. La precisión en la composición de cada personaje sobresale junto con el trabajo con la comicidad física y verbal que son puestos en primer término. Además, el diseño de escenografía y vestuario acompaña los grandes temas de la obra: la búsqueda del deseo propio, y la tensión entre el encierro y la posibilidad de libertad. Estos están contenidos en los contrastantes colores del vestuario de las novicias y la monja, como también en los arcos del convento que funcionan a modo de túnel sofocante. 

¡Oh cabezas locas de las religiosas! retoma las tensiones históricas entre vicio y virtud, establecidas con fuerza a partir de la injerencia de la iglesia. Las tensiones dicotómicas entre el adentro y el afuera, y el alma y la carne son abordadas en la obra con la intención de hacerlas estallar. Frente al contexto francés con un panorama político convulsionado y en feroz tren de cambio, esos binarismos parecen ser insuficientes. A su vez, las nociones de peligro y seguridad aparecen invertidas con el estallido social de aquel momento. Así, las alianzas femeninas y los afectos entre amigas se configuran, una vez más, como sostenes y sentidos de la vida.

 

Agustina Trupia

 

¡Oh cabezas locas de las religiosas!

Actúan: Ana Luz Camps, Melina Del Valle Villar, Miranda Di Lorenzo, Agustín Gagliardi y Mía Miceli

Dramaturgia y dirección: Mía Miceli

Centro Cultural Rector Ricardo Rojas

Av. Corrientes 2038

Viernes, 21hs

 

Agustina Trupia Autor
+
ver más notas