Cristina Banegas y los 40 años de El Excéntrico de la 18°
Sección Teatro - Revista Llegás
Teatro - Notas

Cristina Banegas y los 40 años de El Excéntrico de la 18°

11 de mayo de 2026

Cristina Banegas suele decir que su primer hogar fue Canal 7: sus padres –Nelly Prince y Oscar Banegas– eran pioneros de la televisión argentina y ahí fue donde ella tomó contacto por primera vez con grupos de actores y actrices, maquillajes, vestuarios y mundos de fantasía. Más tarde, la actriz logró hacer de su casa un teatro (o del teatro su casa). Este año El excéntrico de la 18° cumple cuatro décadas y lo celebra con una programación nutrida, los acostumbrados talleres de formación y una biblioteca digital sobre la historia del espacio que muy pronto verá la luz, de la mano del diseñador gráfico Rubén Fontana.

El Excéntrico fue un espacio modelo porque en aquel momento no había casi nada parecido. “Yo necesitaba vivir y tener mi estudio en el mismo lugar porque no podía pagar altísimas expensas y, además, el alquiler de un estudio. Decidí comprar esta casa porque tenía un galpón al fondo: por allá había un baño, acá una cocinita y ahí dos habitaciones. Construimos dos dormitorios arriba (uno para mí y otro para mi hija Valentina) y un baño; este era mi living”, explica Banegas sentada en el escritorio de lo que hoy es la recepción del teatro; está rodeada de premios, estatuillas de distintos tamaños, fotos en blanco y negro de antiguas puestas y ensayos, y afiches de obras históricas que la tuvieron como protagonista.

Finalmente se mudaron a Lerma 420 y Cristina empezó a dar allí sus clases. En algún momento comenzaron a ensayar con Alberto Ure –formador y colega histórico de Banegas– El padre, de August Strindberg, una obra muy revolucionaria. “El elenco estaba compuesto exclusivamente por mujeres, mujeres muy femeninas y erotizadas; no había hombres y yo era el padre. Fue algo muy transgresor, muy violento, muy fuerte. Le habíamos ofrecido la obra a Kive Staiff, que en ese momento dirigía el Teatro San Martín. Le mostramos un ensayo general y no le interesó. Entonces decidimos hacerla acá. Ure era director creativo de publicidad, de eso vivía. Ensayamos obras como El padre o Antígona durante un año y medio, cuando no existía el Instituto Nacional del Teatro ni Proteatro. Era todo a pulmón”, recuerda Banegas. Gracias al contacto de Ure con el Goethe-Institut lograron viajar al Festival de Córdoba para presentar la obra. El elenco fue en tren y en el andén Ure les dijo: “El ensayo general empieza acá”. Hubo tres funciones y fueron un suceso de público y crítica. Los diarios titulaban: “Ure engalanó el Festival de Córdoba”.

En un principio el espacio era conocido como Auditorio Lerma: no contaban con habilitación y ni siquiera tenía cartel en la puerta. Ure propuso varios nombres y El Excéntrico ganó la pulseada porque suponía un gesto político: en aquellos tiempos el teatro sucedía en el centro de la ciudad y Cristina subraya: “La idea de ‘excéntricos’ nos situaba fuera del centro y de ciertas convenciones teatrales”. Después de El padre vino Puesta en claro de Griselda Gambaro, la versión de Antígona de Sófocles y la célebre puesta de Los invertidos, que fue un hitazo en el Teatro San Martín. “Estuvimos durante un año en la Sala Casacuberta metiendo 500 personas por noche”, recuerda. Fueron siete años de colaboración intensa con Ure.

Al principio El Excéntrico funcionaba como espacio de formación y sala de ensayos, pero con el tiempo fueron apareciendo otros espectáculos y algunos talleristas. Banegas nunca quiso institucionalizar el espacio bajo la estructura de una escuela de teatro así que optó por el esquema de talleres (para niños, adolescentes, jóvenes y adultos, con o sin experiencia). Hoy hay una cartelera de corcho que exhibe la oferta de formación: un amplio abanico de clases con distintas orientaciones. Actualmente son un equipo de seis docentes que vienen “trabajando duro y parejo en estos tiempos oscuros”.

La formación de la propia Banegas tuvo distintas líneas –estudió varios años con Augusto Fernandes, tomó clases con Carlos Gandolfo, asistió al seminario que Lee Strasberg dio en el Teatro San Martín cuando vino a la Argentina, tomó cursos con la mítica formadora austríaca Hedy Crilla y también con Dominique de Fazio en España– pero Ure sin dudas fue una figura trascendental. “Con él todo lo que traía cambió porque había creado una técnica de improvisación, un ejercicio de análisis de texto que sigo enseñando hasta el día de hoy en mis talleres. Es un trabajo en donde uno va como una suerte de yo auxiliar acompañando al que está actuando, hablándole al oído, moviéndolo o asociando con él. Esto genera unas líneas de acción e imaginarios que aparecen asociativamente y nos corren de ciertas convenciones remanidas de la improvisación”, explica la actriz y docente.

Actualmente Banegas tiene tres trabajos en cartel: el histórico monólogo Molly Bloom, basado en el último capítulo del Ulises de James Joyce, con dirección de la compositora musical Carmen Baliero; La bala de plata, basado en la correspondencia entre Juan Domingo Perón y John William Cooke, junto a Karina Elsztein, con dirección de Graciela Camino; y Proyecto Quevedo, una performance basada en sonetos y poemas satíricos de Francisco de Quevedo, con dirección de Jorge Thefs. El origen de muchos de sus proyectos es eminentemente literario: una novela del irlandés que revolucionó las letras, las cartas entre dos políticos argentinos, los versos del poeta español. Eso quizás tenga que ver con el deseo original de Banegas. Ella no quería ser actriz; quería ser escritora y bailarina.

La artista suele embarcarse en esos proyectos con colaboradores entendidos en la materia: trabajó durante dos años junto a Lucila Pagliai en la traducción y adaptación de Medea para la puesta en el San Martín, hizo la selección de textos de Quevedo junto a Carlos Gamerro  y colaboró con Ana Alvarado y Laura Fryd sobre el material de Joyce. “Ese texto no tiene signos de puntuación. Era un trabajo inmenso y había un montón de referencias a otros capítulos de la novela que no tenían por qué estar, pero todas las palabras que digo son de Joyce. Simplemente editamos, sacamos algunas partes que no eran necesarias”, detalla, y reivindica la dirección musical de Baliero: “Hicimos una verdadera partitura. Si ves las marcas en el texto con las cesuras, las diferentes voces, las fantasías y los cantos, te das cuenta de que ahí hay algo musical. Y trabajo a mucha velocidad porque consideramos que había que traducir en la palabra hablada la velocidad con que la mente produce asociaciones, sobre todo en la cabeza de Molly, que no tiene filtro y es una guarra”, dice Banegas entre risas.

El texto empieza y termina con la palabra “sí”, una suerte de leitmotiv o patrón musical que reaparece en esa partitura una y otra vez. Por eso la actriz sostiene que la obra “es una afirmación del deseo de la mujer en una época en la que no se podía hablar de ciertas cosas; el Ulises fue censurado en Estados Unidos y los libros fueron quemados, pero se salvó gracias a unas mujeres que tenían una famosa librería en París llamada Shakespeare & Company”. En mayo Banegas viajará con este monólogo a España y hará funciones en Espacio Mistral, donde también estuvieron artistas como Osqui Guzmán, Boy Olmi y Carola Reyna, entre otros. Y en junio volverá al Excéntrico.

La bala de plata también tiene un origen literario pero esta vez no se trata de una novela sino del género epistolar. En las cartas intercambiadas entre Perón y Cooke hay para la actriz una “actualidad estremecedora”. En esa pieza, una Banegas con pelo engominado y una Elsztein con rodete y ropa holgada encarnan a los líderes políticos bajo las luces tenues de unas lamparitas que generan un clima de intimidad con el público dispuesto en ronda alrededor de los personajes: “Yo propuse que fuéramos dos mujeres porque no había tenido suerte con los muchachos. Había llamado a casi todos los que podían ser Perón y Cooke pero nadie estaba disponible”. La obra está dedicada al escritor y sociólogo Horacio González, y Banegas recuerda una anécdota que lo involucra: “Horacio me había invitado a leer en una presentación de uno de sus libros. Ahí él citaba la obra Perón en Caracas de Leónidas Lamborghini. Esto era en el bar de la Facultad de Ciencias Sociales cuando la sede estaba en Marcelo T. de Alvear. Era un quilombo: había un extractor inmenso, una cafetera muy ruidosa, estudiantes que pasaban continuamente por los pasillos. Yo había decidido leer las didascalias con mi voz y las líneas que correspondían a Perón con un tono más grave. Empecé a leer y en un momento determinado apareció la voz del viejo, era como si hubiese bajado un fantasma porque logró apagar el extractor, la cafetera y se hizo un gran silencio; Lamborghini lloraba, todos estábamos muy emocionados por lo que había ocurrido ahí. Obviamente no imité a Perón, hice la voz de un fantasma. Creo que por eso pedí que nos dieran una oportunidad. Me parece fantástico que seamos dos mujeres y Karina es una actriz maravillosa”.

Las primeras temporadas de Proyecto Quevedo fueron en ArtHaus. Se trata de una performance inquietante que Banegas lleva adelante sobre una mesa de cristal de 2,40 x 2,10 m que pertenecía a su madre y, al final de cada función, debe ser desarmada entre cuatro personas por el peso que tiene. “Ahí estoy con una gran chelista y soprano que es Lucía Gómez, además de la dirección de Jorge Thefs, un director de 29 años que es diseñador de luces, performer, bailarín, actor y además es productor de Molly”, dice.

Cuando habla de su oficio, Cristina asegura que no fue ella quien lo eligió sino al revés. Su deseo de ser bailarina y escritora quedó un poco relegado, aunque nunca abandonó del todo la escritura y un interés profundo por la literatura. Por otra parte, Banegas desarrolla en sus obras un trabajo minucioso con la voz y despliega una gran fisicalidad: estudió danza desde los 4 años, hizo artes marciales y por eso el cuerpo está muy presente en sus proyectos. “El hecho de ser hija de una actriz y de un productor debe haberme corrido un poco de mi deseo –reflexiona–. De cualquier manera, seguí escribiendo durante mucho tiempo y con mi padre escribimos durante siete años un programa infantil para la Televisión Española que se llamaba Los chiripitifláuticos; hay dos libros sobre ese programa porque introdujimos las poéticas de María Elena Walsh, Hugo Midón, Laura Devetach y todo lo que circulaba aquí en torno a la literatura infantil. Allá hay toda una generación que se crió viendo ese programa y sigue recordando las canciones”.

Cristina blanquea algo que muchos actores nunca se atreverían a confesar. Alguna vez dijo: “Le tengo terror a quedarme completamente en blanco. La memoria es uno de mis fantasmas personales. Nunca llego a estar segura”. En tantos años de trayectoria le ocurrió una sola vez durante una función de Medea: se quedó en blanco en una escena que compartía con Daniel Fanego y tuvo que disculparse. Alguna vez usó apuntadores electrónicos pero eso producía ciertas interferencias en el trabajo entonces optó por tener la partitura a la vista. “Prefiero no confiar más en mi memoria, acabo de cumplir 78 años”, dice. Sin embargo, en Molly Bloom y en La bala de plata la presencia de la pila de papeles escritos o el atril con el texto no produce ningún obstáculo sino que funciona como motor narrativo: Cristina es como una poeta que lee en un recital o como una intérprete musical que juega con su instrumento en el vértigo de ese puro presente.

Se trata de una actriz que a lo largo de su trayectoria se desempeñó en teatro, cine y televisión –cuando aún existía la ficción televisiva–. En relación al trabajo de los actores y la situación actual de la cultura, dice: “El INCAA está totalmente desmantelado. Hoy el teatro independiente es un gran campo laboral. El INT hizo una obra federal muy importante creando teatros en todas las provincias y no sólo en las capitales, yo recuerdo haber ido a un pueblito de Corrientes que estaba en el medio de la nada y había una salita preciosa. Desde el Instituto se brindó apoyo a muchos festivales nacionales, se impulsaron giras, dieron subsidios para el equipamiento de las salas, se fomentó la producción. Ahora estamos igual que el país: con hambre, con frío, con rabia, con frustración. Nuestra posición –al menos la de muchos de nosotros– es de una resistencia activa. Creo que el teatro es experimentación y lucha. Saldremos a la calle todas las veces que sea necesario para defender la universidad pública, el Conicet o nuestros discapacitados, contra este gobierno de corruptos, impunes y perversos. Lo que estamos viviendo es un desastre pero vamos a seguir haciendo teatro y saliendo a las calles. El teatro es comunidad”.

Laura Gómez

 

La bala de plata

Actuación: Cristina Banegas y Karina Elsztein

Dramaturgia basada en la correspondencia entre J. D. Perón y J. W. Cooke

Dirección: Graciela Camino

Molly Bloom

Actuación: Cristina Banegas

Dramaturgia: James Joyce (adaptación a cargo de Cristina Banegas, Laura Fryd y Ana Alvarado)

Dirección: Carmen Baliero

Proyecto Quevedo

Performer: Cristina Banegas

Selección de textos de Quevedo: Cristina Banegas y Carlos Gamerro

Dirección: Jorge Thefs

El Excéntrico de la 18. Lerma 420. La bala de plata se presenta los viernes de junio y julio a las 20.30, Molly Bloom puede verse los sábados a las 20.30 y Proyecto Quevedo está los domingos a las 20.30. Las fechas que coinciden con partidos de Argentina en el Mundial están a confirmar.