Robertito nació recién comenzada la pandemia, como un recurso didáctico para los estudiantes de 3er grado. Camille, la docente a cargo de la materia “francés”, sentía culpa de no dar la clase un feriado en ese contexto de aislamiento, así que apareció Robertito, con sus bigotes y sus cejas, que, ante la imposibilidad de despertar a la docente designada, tuvo que tomar su rol los días no laborales. Rápidamente, Robertito se convirtió en el preferido de alumnxs y familias que esperaban los feriados con ansias.
Pero, como todos sabemos, no alcanza el personaje para configurar la obra y allí apareció un podcast perdido sobre un hombre obsesionado con sus vecinos. Y listo: una actriz sola, encerrada por tiempo indeterminado en un departamento de 2x2 de un piso 14, un personaje y un conflicto dio comienzo a lo que inicialmente fue un número extrañamente largo de varieté. Ese número, incómodo para los programadores, fue girando de varieté en varieté para ganar confianza. Robertito era amado por todos, la gente reía y lloraba al verlo, daban ganas de subir a la escena y abrazarlo. Pedía pista para más y por suerte Camille supo escuchar. Esta francesa loca se embarcó sola a guionar, dirigir y actuar su propio unipersonal, y la experiencia psicotizante tuvo más que sentido.
“15 centímetros” nos presenta a un sujeto muy particular que se propone hacer al público una encuesta formal, oficial, personal y privada que saca en forma de hojita doblada de un maletín repleto de otros papeles. La dramaturgia abierta y abismal avanza a través de esa encuesta que nos va develando poco a poco las intenciones del encuestador a la vez que nos conecta con una zona vulnerable y peligrosamente obsesiva de nosotrxs mismxs. Como todo clown, el objetivo de Robertito es crear intimidad con desconocidos: sus preguntas no buscan obtener datos, sino producir un vínculo.
La obra necesita que los espectadores acepten jugar con su protagonista y lo hace mediante una estructura muy precisa que a la vez no da lugar a medias tintas. El acontecimiento es realmente colectivo, vital y vulnerable en un dispositivo que comienza como un interrogatorio pero termina como una confesión.
Cada pregunta parece abrir un camino nuevo cuando, en realidad, va estrechando el cerco sobre aquello que el personaje necesita encontrar. La información se administra con inteligencia, el humor aparece siempre un segundo antes de que la situación se vuelva insoportable y los silencios adquieren un peso específico. El clown no necesita acelerar el acontecimiento: sabe esperar. Esa espera es, quizás, uno de los mayores aciertos de la puesta. Robertito escucha de verdad; no busca la respuesta ingeniosa ni el remate inmediato. Cada intervención del público es recibida como un material vivo que modifica el tiempo de la escena sin alterar nunca su recorrido. La dramaturgia consigue entonces una paradoja difícil: cada función parece irrepetible y, sin embargo, el espectáculo nunca pierde el rumbo.
Hay una confianza enorme en la inteligencia del espectador. La obra no subraya ni explica. Deja que la obsesión del personaje se revele lentamente. Lo que empieza como una situación ridícula —un hombre empeñado en completar una encuesta oficial— va desplazándose hacia un territorio inesperadamente íntimo. En algún momento dejamos de preguntarnos por qué Robertito busca a sus vecinos y empezamos a preguntarnos por las personas a las que nosotros mismos no podemos soltar.
Es ahí donde “15 centímetros” deja de ser una comedia de clown para convertirse en una obra sobre los vínculos. Sobre aquello que permanece abierto cuando alguien se va sin despedirse. Sobre la necesidad, profundamente humana, de construir un relato que complete las ausencias. Y lo hace sin abandonar nunca el humor. Esa convivencia entre ternura, ridiculez y dolor constituye, probablemente, el mayor logro del espectáculo.
Quizá no sea casual que un personaje nacido durante el encierro termine construyendo, función tras función, una pequeña comunidad de desconocidos. Robertito nació para sostener un vínculo a la distancia y terminó descubriendo que el teatro podía convertir esa necesidad en un acontecimiento compartido.