La coreógrafa y bailarina Rhea Volij presenta El hilo de fuego, una obra motorizada por la pulsión del Eros en tanto el erotismo puede pensarse como un hilo que enciende e impulsa todo lo vital.
A partir del universo de la danza butoh -de la que Volij es una de las referentes locales- pero más allá de ese estilo, la directora junto al grupo de intérpretes crea una propuesta que comenzó por una pregunta sobre el erotismo y la provocación “tensando una cuerda entre el encapsulamiento narcisista del cuerpo mediado, hasta el estremecimiento común del deseo cuando sus fuerzas se hacen visibles”, tal como anuncian en su gacetilla.
La pieza muestra un grupo de seres que ocupan el espacio con una propuesta kinética característica, en cierta medida, de la danza butoh. De alguna manera, las postulaciones de esa danza de origen japonés pueden configurar también ese hilo “cargado de” (deseo, oscuridad, vida, profundidad, fuego, muerte, erotismo, pulsión), que entrelaza los diferentes momentos de la pieza.
La danza se abisma en gestos que van de la deformidad hacia el valor por el detalle, y juega con movimientos de escape, de provocación, de paranoia, entre escenas grupales, dúos o solos.
Pero finalmente, ese cuerpo absurdo, visceral o grotesco, busca el encuentro con otros cuerpos que le den entidad. Sea este el sostén, la mirada, o la mera existencia. Como si una masa enrevesada de torsos, piernas, brazos, cabezas y sexos, fuera la base encarnada de la sociedad.
El lenguaje de movimiento incluye sacudidas o escapadas, flexiones que cierran los cuerpos para luego abrirse, extensiones que se parten en diferentes direcciones. Patrones rítmicos que evocan tanto la ansiedad del presente como la búsqueda de la calma, o de aquello que sosiegue, que también puede ser la pulsión que mantenga encendida el sentido de vivir. Algo que quizás se consigue dentro del colectivo humano, en esa comunidad que cuando realmente se junta puede significar la “mecha para que todo explote”.