Nicolás Goldschmidt: “Los actores de teatro nunca van a poder ser reemplazados por tecnologías”
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Nicolás Goldschmidt: “Los actores de teatro nunca van a poder ser reemplazados por tecnologías”

9 de agosto de 2026

“Les mentí, esto no es un estreno de una obra de teatro. No es una obra de teatro”, advierte el actor Nicolás Goldschmidt en una hojita escrita en computadora que uno de los acomodadores de Ciudad Cultural Konex entrega a cada espectador antes de subir las escaleras para entrar a la sala, como si se tratara de un programa de mano. Es un programa inusual porque tiene la ficha artística correspondiente pero también una serie de instrucciones y advertencias. “No puedo hacer cosas amables en breves períodos de tiempo”, se ataja, y pide perdón. “Hice este coso –que no sé qué es– desde la bronca”. Eso es algo que una nota desde que baja el telón y Nicolás abandona la escena. Este artista hizo su trabajo desde el enojo –¿desde qué otro lugar se podría hacer algo en estos tiempos?– pero lo más interesante es que tiene cosas para decir.

¿Qué ocurre cuando la humanidad se convierte en recurso? ¿Dónde se aloja la experiencia cuando el gesto puede archivarse y reproducirse infinitamente? ¿El actor deviene operador técnico o último reservorio de lo irrepetible? Estas son algunas de las cuestiones que explora Goldschmidt en su trabajo más reciente, Anónimo: este “coso” que no es una obra acabada y surgió al calor de una residencia en el Konex. La idea, dice, fue de su productora, Micaela Irina Zaninovich. La decisión forma parte de una serie de objetivos teatrales que traen entre manos para este año y a futuro. Una mirada a largo plazo. “Empecé a pensar en cosas que me daban vueltas por la cabeza hacía tiempo, posibilidades para realizar algunas fantasías actorales, sobre todo con ciertas cuestiones que se me habían cruzado en el camino y no había podido concretar. Imaginé el detrás de esas fantasías en escala industrial”, cuenta el actor, director y dramaturgo a Llegás.

La primera hipótesis partía de la idea de que “detrás de todo aquello que genera emoción, todavía hay algo de humanidad aunque haya otras capas en el medio: empresariales, tecnológicas, industriales”. A Goldschmidt le fascina ver el backstage de las escenas de doblaje en las grandes producciones, esas situaciones extrañas en las que un actor debe poner voz a un dragón, a un monstruo o a un zombi; Anónimo recrea este tipo de situaciones de maneras muy ocurrentes y con bastante humor. “Hacer doblajes en películas es mi momento favorito, siento que ahí se puede mejorar mucho la actuación y me encanta el trabajo con la voz”, comenta.

El autor dice que el título alude a aquello que hoy, en tiempos de construcción de personajes ficticios y redes sociales, es imposible lograr del todo: el anonimato. La pieza también explora el lugar que el actor ocupa hoy, el papel de las nuevas tecnologías, la potencia del gesto, los contextos de reproducción (y repetición) permanente de contenido o la banalización de la violencia, en una magnífica escena en la que un actor que podría ser un doble de riesgo de una superproducción hollywoodense muere una y otra y otra vez ante el sonido de un disparo seco. ¿Cómo se actúa la muerte? ¿Cómo la representan las películas? ¿Qué ocurre con el fenómeno del tiempo en la escena? Goldschmidt explora cuestiones de este calibre y también hace comentarios más personales desde su experiencia como trabajador. ¿Por qué siempre le toca interpretar a villeros, delincuentes o marginales? ¿Por qué se le pide que imposte un modo de decir estereotipado? ¿Qué lógicas operan en los castings? ¿Por qué naturalizamos esa estigmatización? ¿Qué está vendiendo un actor cuando trabaja en el mundo publicitario? ¿De dónde viene ese dinero?

Un poco cansado de decir parlamentos (en muchos casos escritos por otros), la primera idea de Goldschmidt fue hacer una obra de teatro físico, sin una sola línea de texto. Empezó a explorar desde el cuerpo y en algún momento le preguntó a su productora qué opinaba: su respuesta fue que estaba todo muy bien pero faltaba eso por lo que ella había aceptado trabajar con él, ese mundo de opiniones, ideas y cosas para decir. “Algo de eso tiene que aparecer”, le dijo. Al principio hubo bastante resistencia para hablar desde el yo: “Siento que hoy el teatro está plagado de personas que hablan de sí mismas, es lo que impera. Empecé a probar eso con la peor de las ondas”, confiesa. Hubo un punto de inflexión cuando en un ensayo apareció el diálogo con una suerte de fantasma: fue la forma que encontró para decir algunas cosas que pensaba de una manera poética.

En Anónimo aparece algo del orden de la distopía o la ciencia ficción y Goldschmidt asegura que son territorios que le interesan mucho; también encontró ahí un artilugio para salir del registro más íntimo o cotidiano. “Hay gente del teatro que lo hace muy bien, admiro mucho a colegas y amigos que saben cómo abordar eso. Quizás hay gente con la que no comparto una misma poética pero sus obras hablan de algo que me interesa. Martín Flores Cárdenas, con quien trabajé, es alguien que lo hace bárbaro, es un referente. Después creo que me dejé llevar por el fluir de mis propios intereses sin tanto juicio, en el sentido de no censurar algo porque no pueda hacerse acá o allá”, explica.

El universo de las películas siempre le sirvió para reflexionar sobre algunas cosas: esa búsqueda se tradujo en su ópera prima como dramaturgo y director, Primalión, que hizo funciones en Casa Teatro Estudio. Cuenta que este año estuvo capturado por títulos como Metrópolis (Fritz Lang, 1927), Dr. Strangelove (Stanley Kubrick, 1964) o la memorable Tiempos Modernos (Charles Chaplin, 1936). “Me interesaba pensar cómo se vivía en aquella época en la que se sabía que algo estaba por venir. Creo que estamos viviendo la era más distópica porque hay cambios todas las semanas y eso forma parte de nuestras problemáticas actuales”.

De todos modos, el director piensa sus obras a partir de una estética que define como “cercana” y remarca el abordaje de algunos tópicos que podrían asociarse a algo “más viejo”. En Todo arder, obra de su autoría que dirigirá en el marco del Festival Callejón, se pregunta qué sería hacer la revolución hoy. El proyecto reúne a cinco actrices (Rosa Rivoira, Rocío Passarelli, Lucía Hochstetter, Ana Cecilia Arcuri, Helena Pascual Tubert) y a la guitarrista Pía Chianea. En un mundo atravesado por tecnologías de control y aislamiento, un grupo revolucionario decide organizarse para destruir el sistema. Una serie de acciones dispersas se expande en una red que busca volverse norma. “No puedo dar una respuesta pero al menos podemos hacernos la pregunta escénicamente”, reconoce. 

El otro proyecto que presentará en la nueva edición del Festival se titula 1% y también indaga la cuestión del poder. En este caso la obra reúne a nueve actores en escena (Ana Cecilia Arcuri, Lucila Nemeth, Guillermo Berthold, Juan Ignacio Üguet, Sol Zaragozi, Gonzalo Peluso, Ariel Magiavillano, Julia Vere y Manuel Caponi) y una cellista. En una empresa argentina, representantes de la elite mundial son recibidos con una promesa dorada, pero entre acuerdos y decisiones sobre el mundo, las jerarquías entre la cúpula y sus subordinados empiezan a desdibujarse.

Consultado sobre el presente de su oficio, Goldschmidt celebra que hoy exista en el público un deseo de asistir a experiencias en vivo (en formato de obras de teatro, recitales, performances, danza): “Por más que ya se hayan estrenado obras con robots, los actores de teatro nunca van a poder ser reemplazados por tecnologías. Los elencos con los que trabajo me dan mucha esperanza hacia adelante en relación con las ideas teatrales”. Después señala algunas paradojas y cuenta que, en una época en la que “el Estado no apoya para nada al cine nacional ni a la cultura”, él está al frente de dos puestas con elencos numerosos e intentando sacar una película adelante. Desde su rol de trabajador cultural, observa “desidia” porque “no se filma ni el 50% de lo que se filmaba antes” y señala que los grupos de actores que se eligen son cada vez más reducidos porque las producciones “recurren a las fichas seguras” entonces “no hay mucha apuesta por nuevas caras” o, si existe, “está muy ligada a la capacidad de generar tu propia marca”.

Cuando terminó de grabar la serie Maradona: sueño bendito, el actor tenía ganas de encarar un proyecto propio y se embarcó en BOY, un guion cinematográfico escrito junto a Nacho Sesma que comenzó hace diez años y sigue buscando su camino. La película cuenta la historia de Franco, un escort que un día recibe una noticia que cambia el curso de su vida. El protagonista deberá hacerse cargo de su madre, una ex profesora de piano que atraviesa un proceso de demencia y vive entre recuerdos fragmentados en los que no logra reconocer a su propio hijo. Además del protagónico de Goldschmidt, contará con las actuaciones de Cristina Banegas, Inés Estévez, Gogó Maldino y Edgardo Castro.

Goldschmidt lo define como “un elenco de ensueño”. El actor cuenta que hubo un período de investigación sobre el universo de lxs trabajadorxs sexuales: “Yo conocía a algunas personas que trabajaban de eso y una amiga me empezó a poner en contacto con varones, que era la parte que me faltaba conocer. Hicimos una serie de entrevistas, tuvimos muchísimas charlas y a partir de eso empezamos a escribir algo. Nuestro objetivo principal era contar una historia a partir de un conflicto del personaje que no estuviera atado a su condición de trabajador sexual porque el centro suele ser lo trágico. Así apareció el vínculo madre-hijo; el papel de mi madre lo interpretará Cristina Banegas”.

La actriz fue su primera maestra de teatro así que Goldschmidt piensa esto como el cierre de un ciclo, un reencuentro gozoso. Estévez es una actriz que admiró siempre y a Maldino la conoció hace poco pero inmediatamente se hicieron amigos y es una artista que siente muy “afín” en relación a sus búsquedas. “Me gusta que estas tres mujeres potentes estén en escena porque hay algo muy fuerte en sus actuaciones”, dice sobre este proyecto que aún no empezó a filmarse y sigue buscando su rumbo, aunque se estrenó en versión cortometraje en el marco del BAFICI 2023 y obtuvo el premio a Mejor Actuación en la Competencia Nacional. Otro de los ejes de BOY es el cuerpo en sus distintas edades, sobre todo en relación con la sexualidad.

El actor se formó en teatro con Banegas, Ricardo Bartís y Graciela Camino. Hoy recuerda que con Banegas encontró la definición de “lo teatral”, una noción que no tenía. Goldschmidt, quien en sus inicios participó de exitosas tiras como Chiquititas y Rincón de luz, terminó de consolidar el recorrido que comenzó en El Excéntrico en el mítico Sportivo Teatral. “Ahí entendí que como actor uno tiene que pensar en todo: qué se oye, qué se ve, cuál va a ser el vestuario, la escenografía, el público”, enumera, y declara que en ese momento empezó a encontrarle el gusto a que le vaya mal: “Lo digo en términos de entrenamiento, no en una función. Encontré algo en el fracaso y eso me daba sed, ganas de la victoria. Soy bastante obsesivo entonces me sirve mucho saber qué es lo que está mal para encontrar nuevas herramientas. Tanto Banegas como Bartís son muy exigentes y agradezco mucho haber vivido esa época porque hoy, al dar clases, me doy cuenta de que hay otra manera de entender lo pedagógico”.

Por otra parte, remarca que sus maestros “pasaron por momentos en los que hacer teatro era una decisión un poco más peligrosa que ahora; entender eso fue fundamental”. Goldschmidt recuerda las charlas de Bartís antes de la función de La máquina idiota y el modo en que imaginaba a actores como Alejandro Urdapilleta, Pompeyo Audivert, Soledad Villamil o María Onetto dando vueltas por ese mismo espacio. “Esa broma de preguntarse quién hizo este movimiento antes que yo”, dice, revela algo del linaje teatral en el que las nuevas (y no tan nuevas) generaciones desean participar. “Esto es algo que intento transmitirles a los actores y las actrices con los que trabajo: siempre actuamos con esos fantasmas detrás y, al mismo tiempo, se lucha con esos fantasmas”, confiesa, y asegura que en esos espacios de formación adquirió “no solo conocimientos teatrales sino también políticos e ideológicos”.

En relación a lo colectivo, Goldschmidt cuenta que se crió en “una familia muy gitana” (“tengo dos padres, dos madres, más hermanos de los que creo”), en su casa “siempre se recibió a mucha gente” y quizás por eso está acostumbrado a las multitudes y a la mezcla de mundos; no es algo que le cueste. En La máquina idiota eran diecisiete actores, en La liebre y la tortuga eran treinta, y hoy también trabaja con dos elencos numerosos. Dice que encontró en la dirección un rol que le sienta bien: “Entendí que hay algo que me puede apasionar tanto como la actuación –anuncia sorprendido–. Disfruto mucho ver a alguien desarrollando todo su potencial y es un gran placer poder desplegar mis propias poéticas”. Al mismo tiempo, reconoce a aquellos colegas que formaron parte de su trayecto y asegura que “hoy no tendría estas ideas” sin esas experiencias previas. “En el mejor de los casos, creo que la actuación siempre encuentra un punto de fuga para dar la opinión, una gambeta”, concluye Goldschmidt.

Ficha Tecnica:

Anónimo: miércoles 5 y 12 de agosto a las 21 y 2 de septiembre.
Actuación, dramaturgia y dirección: Nicolás Goldschmidt
Ciudad Cultural Konex. Sarmiento 3131. Entradas en la web de CCKonex.
*El estreno de Todo arder y 1% está programado para el jueves 17 de septiembre en el Festival Callejón (Humahuaca 3759).