La scaloneta pigliana
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La scaloneta pigliana

2 de agosto de 2026

Hay una frase de Ricardo Piglia en “Tesis sobre el cuento” que suele aparecer en talleres literarios, clases de teoría y conversaciones entre ratitas lectoras (sí somos): "Un cuento siempre cuenta dos historias". La primera es visible, avanza en la superficie y parece ser la única. La segunda permanece oculta, trabaja por debajo del relato principal y recién se revela al final. Escribiendo esta columna, la experiencia intensa del Mundial se hizo inevitable, y me empecé a preguntar si esa idea pigliana no servía también para leer uno de los grandes relatos de la Argentina reciente: la épica de la Scaloneta.

La historia visible la conocemos. Tenemos un equipo que ganó todo, un equipo que terminó con décadas de frustración y que le dio a Messi la alegría que anhelábamos para él (ímagine aquí foto de Lionel durmiendo con la Copa del Mundo). Es la historia del éxito, o de lo que se supone que el éxito es. Pero, siguiendo a Piglia, podríamos preguntarnos cuál es la otra historia.

Durante generaciones anteriores, cada partido de la Selección que se perdía reforzaba un cuento conocido: Messi no era Maradona, los jugadores no sentían la camiseta. El fracaso parecía más una identidad que un resultado. En este contrapunto, el mérito de Scaloni no fue solo construir un gran equipo, sino darle lugar a una segunda historia posible. El foco dejó de estar en el héroe individual para desplazarse hacia el grupo: mates compartidos, abrazos y  festejos, suplentes celebrando como titulares, utileros convertidos en protagonistas. La Selección empezó a parecerse más a una comunidad que a un público esperando el milagro de una estrella. Nos empezó a dar alegría lo que pasaba adentro pero también afuera de la cancha. La historia secreta de la Scaloneta se estaba gestando en la reconstrucción de un vínculo afectivo entre el equipo y la gente.

El Mundial 2026 terminó de demostrarlo. Durante semanas, los hinchas hicimos algo muy parecido a lo que describe Piglia: leímos el torneo a contrapelo, buscando indicios. Buscamos simetrías con partidos históricos, hicimos numerología, encontramos coincidencias de fechas, colores de camisetas y gestos. El partido contra Inglaterra condensó esa lógica. No era “solo un partido”, reactivaba la memoria de Malvinas, de México 86 y de Maradona. Parecía una señal de que la historia volvía a escribirse sobre sí misma y que el destino preparaba un último capítulo perfecto para Leo.

La final perdida desarmó todas esas profecías. Sin embargo, sería un error pensar que el cuento terminó mal. Si, como sostiene Piglia, la historia secreta resignifica la visible, entonces el verdadero legado de la Scaloneta, la segunda historia que se revela ahora que algo del final (aunque duela) encuentra su devenir, es haber reconstruido ese sentimiento de pertenencia, gozo y festejo inigualable; y demostrar una vez más que el amor de una hinchada por su equipo, el de un pueblo por su patria, también puede sobrevivir a la derrota. Debajo de los goles y los títulos apareció la otra historia: la necesidad profundamente argentina de narrar de forma colectiva la esperanza, incluso cuando el final no nos concede el sueño.

 

Luciana Pino Autor
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