Mi mes estuvo atravesado por las Camilas. Primero, preparé un club de lectura para @laapotecataller sobre El viaje inútil, de Camila Sosa Villada (¡12 de septiembre, vengan, vengan!). Después, aprovechando el Festival Llegás, me fuí a ver Suavecita, la obra protagonizada por Camila Peralta. Quise leer todo esto como un criterio de programación cultural divino y la coincidencia me dejó pensando en si estas dos Camilas podían dialogar a través de lo textual.
Mucho del personaje de Suavecita lleva de vuelta al de Sosa Villada. Rumiando más allá de lo evidente, empecé a notar que ambos textos, el literario y el teatral, abordaban una misma inquietud: ¿qué tiene que pasar para que una persona relate una experiencia? ¿Qué experiencias son ine/narrables?
Suavecita es una mujer que descubre un don para curar a pacientes terminales y que, entre el hospital público, el erotismo, el humor y lo sobrenatural, termina construyendo su propio mito. Y ahí, como en la yo-travesti que acompañamos en El viaje inútil, la ficción se impone. Ambas protagonistas construyen una identidad a partir de la posibilidad de convertir una experiencia precaria, dolorosa, del orden del desborde, en un relato mitificante del propio ser.
Sosa Villada vuelve a su infancia para encontrar allí el comienzo de su escritura. Aparecen el padre, que le enseña a escribir; la madre, que le enseña a leer; y después, los libros. La madre le compra novelas para entretenerla porque no tienen televisión. Ella las lee y empieza a imitarlas: inventa paisajes, personajes, poemas. “Me hago un mundo para mí sola”, escribe. Cuando cumple seis años, camina con su madre por una ruta y, de pronto, reconoce la tristeza. Puede nombrarla y, a través de la palabra, comprender la experiencia de su madre.
Y acá aparece Barthes, porque La preparación de la novela también está atravesada por una pregunta que, de alguna manera, recorre El viaje inútil: ¿por qué escribimos? En Sosa Villada, la respuesta parece estar en el origen mismo de la experiencia. “Primero la escritura, luego la tristeza”: primero aparece la posibilidad de inventar mundos y recién después la conciencia de aquello que nos pasa. En Barthes, la pregunta se vuelve explícita: “¿Por qué escribo?”. Y su respuesta también tiene que ver con el deseo: el deseo de agregarnos activamente a lo que es bello, de encadenarnos a los libros que amamos. Si Sosa Villada encuentra en la escritura una manera de hacerse un mundo para sí sola, Barthes encuentra en ella una forma de entrar en conversación con los mundos que otros ya hicieron. Quizás ahí los dos textos se tocan: escribir no sería solamente contar una experiencia que ya existe, sino producir algo que antes no estaba, dejar que la lectura, la imaginación y la propia vida se mezclen hasta volverse otra cosa.
Quizá el gesto de Suavecita sea parecido. No se trata solamente de atravesar una experiencia extraordinaria, sino de convertirla en relato, en mito, en una forma posible de decir quiénes somos. Como si entre las tres obras apareciera una misma intuición: a veces no escribimos porque primero tenemos algo para contar; a veces escribimos, inventamos o narramos para descubrir qué era eso que nos estaba pasando. O quizá no se trate solamente de contar lo vivido, sino del deseo de hacer algo con eso, de transformarlo en otra cosa.
En definitiva, los tres textos pueden armar una linda charla de la cual espero haberles hecho escuchar solo algunos diálogos. De maneras muy distintas, se preguntan qué hacemos cuando narrar se vuelve una forma de atravesar el mundo: cómo una experiencia se transforma en relato, por qué necesitamos hacerlo y qué sucede cuando esa transformación termina modificando también nuestra propia imagen.
Los tres ponen bajo el foco la famosa frontera entre la vida y la literatura. Quizás por eso, después de un mes atravesado por las Camilas, terminé pensando en qué lindo es ese viaje inútil que no hace otra cosa que devolvernos a la incomodidad más absoluta de preguntarnos: ¿qué hacemos con, cómo contamos, a quién, lo que nos pasa?