No dejen de ser quienes son, pero piensen algo más masivo". Ese fue el desafío que Ciudad Cultural Konex les propuso a Noelia Morales y Hugo Martínez cuando los invitó a dirigir la tercera edición de sus residencias artísticas. La respuesta fue “Sinfonía Favio”, una creación escénica atravesada por la música, el movimiento y la poesía, construida en pocas semanas junto a un numeroso grupo de intérpretes.
—Antes de meternos con “Sinfonía Favio”, me interesa entender quiénes son ustedes como colectivo. ¿Cómo nace Ciudades Poéticas?
Noelia: Al principio, colaborábamos en las obras del otro. Después, durante la pandemia, en la UNA nos propusimos hacer un proyecto de graduación colaborativo junto con Santiago Piva. De ahí salió “Un poema para no estar solas”. Trabajamos con poesías de mujeres argentinas contemporáneas vivas para habitar la ciudad. Empezó como un corto audiovisual filmado en la Biblioteca Nacional y después se transformó en una obra de recorrido performático en el Parque de la Estación. Ganó el premio de Performance en FAUNA y participó del FIBA. Ahí apareció algo que seguimos sosteniendo: la posibilidad de mezclar investigación, creación transdisciplinar, poesía y territorio.
Después Santi dejó el proyecto y con Hugo seguimos trabajando juntos. Hicimos una residencia en PROA y otra en el Centro Cultural de la Memoria “Haroldo Conti”.
Hugo: Ahí nos agarró el cierre del espacio. Llegamos a desarrollar una parte de la residencia, pero el proceso quedó interrumpido por la decisión del actual gobierno de desmantelar el Conti.
Noelia: Después vino Radiofonías infinitas, en Fundación Cazadores, donde empezamos a investigar la cultura radial y el lugar que ocupa la radio en nuestra ciudad.
—¿Qué cosas fueron reconociendo como propias a medida que el grupo iba haciendo obra?
Hugo: Siempre partimos del campo del ensayo. Arrancamos con materiales, preguntas, imágenes y ejercicios de composición e improvisación. La dramaturgia es un material más, igual que el movimiento o el sonido. Otra característica del grupo es invitar a otros artistas a formar parte de los diferentes proyectos. Ulises Martínez, el compositor y director musical, viene acompañándonos hace varios procesos y en “Sinfonía Favio” se sumó Natalia Casielles como dramaturga.
Noelia: Antes de empezar los ensayos nos dimos un tiempo para reunirnos los cuatro y compartir materiales de Favio: fragmentos de películas, canciones, entrevistas y libros. Nos dábamos la libertad de que una cosa no tuviera nada que ver con la otra. Era simplemente decir: "Che, a mí esto me gusta", "a mí esto me conmueve". Recuerdo una entrevista donde Favio cuenta que en un velorio en el barrio donde vivía entendió que para él morir era dejar de correr, porque corría para escapar de la muerte. Eso terminó estructurando la obra.
Después apareció también una película inconclusa de Favio y un poema que llamó “Mantel de hule”, que nunca llegó a realizar. Como era tan difícil abordar un artista como él, la posibilidad de trabajar poéticamente desde la palabra nos dio más licencias.
—Con tantos materiales distintos, ¿qué termina organizando la obra?
Noelia: Yo creo que lo que va uniendo es la presencia de Vicente, el niño Favio. Es el único que permanece siempre en el mismo registro y va enlazando escenas muy distintas entre sí: algunas son exclusivamente sonoras, otras están organizadas por el movimiento y otras son pura actuación.
Hugo: Lo que estructura la obra también es esa variación sobre cómo se construye una comunidad escénica. Hay momentos en que una persona ocupa el centro del espacio vacío y, sin embargo, está sostenida por toda esa grupalidad alrededor. Hay otros momentos más corales, donde se unen lo coreográfico y el sonido.
—¿Y cómo se construye esa grupalidad con tantas personas que no se conocen entre sí?
Hugo: Se armó. Pudo haber sido un quilombo, porque son todas mostras. Hubo mucha conversación de nuestra parte para sostener una idea: que el grupo estaba por delante de las individualidades.
Noelia: La convocatoria fue abierta porque queríamos trabajar con gente nueva con ganas de investigar a Leonardo Favio. Le pusimos "workshop" para que no fuera un casting tradicional. Participaron 71 personas.
Hugo: Era una forma de conocernos mutuamente. Ellos conocían nuestra manera de dirigir y nosotros podíamos ver cómo trabajaban. Ahí ya aparecieron muchas de las cosas que después quedaron en la obra.
Noelia: Lo que más nos interesaba era encontrar personas con afinidad con la propuesta. Que el talento individual no estuviera por delante de la posibilidad de trabajar grupalmente. De esa convocatoria quedaron treinta intérpretes.
Hugo: Había gente que escribía en el formulario: "Quiero llegar al Konex". Y no iba por nuestro lado. Cuando me preguntan cómo llegué al Konex, siempre digo: "En subte. En la línea B". (Risas.)
—¿Y Vicente apareció desde el principio o fue convocado más adelante?
Noelia: La idea de contar la obra desde la infancia de Favio ya había aparecido en esas primeras reuniones del equipo. Pero él se incorporó más adelante, cuando el grupo ya había construido un código común. Habrá venido a cuatro o cinco de los ocho ensayos que hicimos con todo el elenco.
Hugo: Fue muy lindo porque creemos que les aportó cierta sensibilidad a los adultos. Estar acompañándolo todo el tiempo fue importante, no sólo en términos escénicos, sino también por la responsabilidad que implica trabajar con un nene.
—Da la sensación de que la obra no busca homenajear a Leonardo Favio en un sentido clásico, sino recuperar una forma de mirar el mundo. ¿Qué encontraron en él que sigue siendo necesario hoy?
Noelia: Tal cual. Nunca nos interesó hacer un homenaje. Lo que nos conmovía era una sensibilidad. Ese niño que aparece una y otra vez en su obra, esa manera de mirar el mundo con una mezcla de fragilidad y potencia. Es un artista popular, experimental y fuertemente político que, con un impulso trasgresor, construyó sus propias condiciones de producción: desde robar latas de fílmico para rodar su primer película, hasta mentirle a productores que ya estaba terminando pero que necesitaba un poquito más de plata… No sólo lo que hizo, sino cómo lo hizo. Ese afecto por el hacer, por inventar las condiciones para crear, aparece tanto en su práctica como en sus películas, donde los afectos vitales están siempre muy presentes. Y hoy eso cobra otro sentido. En un contexto atravesado por la apatía, la desunión y la ausencia de objetivos colectivos, volver a Favio también es recuperar un impulso para la acción.
—Después de un proceso tan intenso, ¿sienten que la obra ya encontró su forma?
Hugo: Creo que el tono apareció desde el workshop, pero la obra sigue encontrándose. En cada función adquiere un poco más de personalidad. Nunca nos interesó ser resultadistas ni efectistas. Lo importante era abrazar el proceso, abrazar el laboratorio. Asumimos la residencia como una invitación a investigar, y sentimos que esa investigación continúa cada vez que la obra se encuentra con el público.
Meritorias de dirección residentes: Sofía Moro y Gradiva T. Rondano Rocha.
Asistencia de producción: Gabriela Sofía Britos.
Producción: Ciudad Cultural Konex - Colectivo Ciudades Poéticas.
Curaduría Residencia Konex Vol.3.: Paula Baró y Eve Vega.
Creación escénica en residencia: Natalia Casielles, Hugo Martínez, Ulises Martínez y Noelia Morales.
Dramaturgia: Natalia Casielles.
Composición y dirección musical: Ulises Martínez.
Idea original y dirección escénica: Hugo Martínez y Noelia Morales.
Centro Cultural Konex (Sarmiento 3131)
Miércoles 5/08 y 12/08 20hrs.