Ausencias que hablan
Sección Teatro - Revista Llegás
Teatro - Notas

Ausencias que hablan

Rita Cortese reescribe Heldenplatz, de Thomas Bernhard, para convertir a las dos empleadas domésticas en el centro de la escena. El resultado es una puesta que enlaza distintas memorias históricas y e

20 de agosto de 2026

El gran teórico argentino Jorge Dubatti sugiere que, en el contexto de los estudios teatrales, hablamos de reescritura cuando se interviene en escena un texto previo. Esto quiere decir que se toma un texto anterior, reconocible, declarado para implementar cambios de diversos tipos y producir una deliberada política de la diferencia. Jorge Dubatti sostiene que, en definitiva, la reescritura se trata de un ejercicio de territorialidad. Un nuevo contexto se apropia y reescribe un texto proveniente de otro entorno.

Desde esta perspectiva, No tiene un desgarrón, obra adaptada y dirigida por Rita Cortese, reescribe Heldenplatz (La plaza de los Héroes), del austríaco Thomas Bernhard. Estrenada en 1988, cuando se cumplían cincuenta años de la anexión de Austria a la Alemania nazi, la pieza recupera un episodio histórico marcado por la multitud que se congregó en la Plaza de los Héroes en Viena para celebrar la incorporación del país al Tercer Reich y escuchar el discurso de Hitler. Bernhard sitúa la acción décadas más tarde para denunciar el antisemitismo y negación del pasado persistentes en Austria.

La reescritura que hace esta puesta en escena en Dumont 4040 invita a preguntarse cómo dialoga esa dramaturgia austríaca con el presente argentino. ¿Qué sucede cuando se la pone en escena en una sala porteña? ¿Qué aspectos de nuestra actualidad ilumina? ¿Por qué volver a ella hoy?

Rita Cortese reduce la pieza a dos personajes y un único acto. El foco se desplaza hacia dos mujeres del servicio doméstico, interpretadas por Julieta Cardinali y Vera Spinetta. El suicidio del profesor judío que había regresado a Viena, el duelo de su viuda y las demás circunstancias permanecen fuera de escena. Los hechos centrales son narrados por quienes, habitualmente, ocupan un lugar secundario: aquellas mujeres relegadas al espacio invisible de la casa encuentran en No tiene un desgarrón el tiempo y la voz para contar.

El preciso trabajo actoral pone en funcionamiento una maquinaria desajustada por el suicidio del profesor. Las identidades de ambas mujeres aparecen desdibujadas mientras intentan reorganizar sus vidas frente al acontecimiento. Los diálogos recuperan rasgos característicos de la escritura de Bernhard: la repetición, las frases que avanzan sin pausa y una lógica que por momentos parece deshacerse. De ese modo, la puesta construye una atmósfera de encierro y asfixia.

Ese clima excede a los personajes y parece proyectarse sobre una coyuntura más amplia. La señora Zittel, interpretada por Cardinali, afirma que el presente es peor que hace cincuenta años. Las referencias a un pueblo estancado y sometido por sus gobernantes encuentran un eco inevitable en la Argentina contemporánea. Sin establecer equivalencias directas, la adaptación insiste también en el lugar del arte y la música como formas de resistencia y en la memoria como condición para no repetir la historia. Incluso los cincuenta años de los que habla la obra invitan a pensar, cuando la vemos en Argentina, en aquello que ocurrió aquí hace cinco décadas.

La impecable escenografía de Diego Méndez Casariego suma nuevas capas de sentido. Los trajes negros adosados a la pared del fondo remiten tanto al patrón ausente como al trabajo cotidiano de las protagonistas, encargadas del cuidado de esa ropa. A su vez, esos trajes usados, colgados, rígidos y, sobre todo, vacíos evocan otras ausencias. Su imagen remite inevitablemente a la Shoá y, desde el contexto argentino, a las desapariciones producto de la última dictadura cívico-militar.

La potencia de No tiene un desgarrón reside en esa operación de reescritura. La puesta tiende puentes entre distintas territorialidades y diversos procesos de memoria. Se entrelazan Austria y Argentina, y las diversas formas de la violencia política (muertes, exilios, discursos de odio), sin perder de vista aquello que ocurre en el presente. Al mismo tiempo, la obra concentra su fuerza dramática en un desplazamiento decisivo y lúcido: hacer que quienes suelen permanecer en los márgenes sean quienes le pongan el cuerpo a la historia. De este modo, se les da voz a quienes no suelen tenerla y se pone el foco en el revés de la casa.

No tiene un desgarrón
Actúan: Julieta Cardinali, Vera Spinetta 
Texto: Federico Lehmann y Lina Lavarello 
Adaptación y dirección: Rita Cortese
Dumont 4040
Santos Dumont 4040, CABA
Miércoles 20hs
 
 
Agustina Trupia Autor
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