Los monstruos señalan fronteras. Sus cuerpos permiten distinguir lo que una sociedad reconoce como humano de aquello que considera ajeno y, a veces, peligroso. Esa distinción nunca es inocente: las narraciones sobre lo monstruoso también han servido para afirmar identidades colectivas y justificar la persecución de quienes quedan fuera de ellas. Las artes visuales, el cine, la literatura vuelven una y otra vez sobre esas figuras. El teatro también las ha incorporado, sin embargo, enfrenta un desafío particular: ¿cómo hacer presente al monstruo ante espectadores y construir una poética de terror?
Vampiras, escrita y dirigida por Tona Passarelli y producida por Curuzú Compañía Teatral, asume ese desafío. En el litoral argentino, una joven emo conoce a una vampira. Liza Polo y Pilar Castiñeyras encarnan a estos personajes, cuyo encuentro abre preguntas sobre el deseo, el paso del tiempo y la posibilidad de escapar de la propia naturaleza. Así, la metamorfosis y la inmortalidad dejan de ser atributos lejanos de una criatura imaginaria y entran en conversación con una vida humana concreta.
Poéticas ligadas al terror, lo fantástico y lo gótico son elaboradas en la obra. El cuidado trabajo de iluminación y el clima generado con la música producen, con una puesta en escena despojada, un mundo vasto, tenso y lúgubre. A su vez, la comicidad forma parte de la obra a partir de la presencia de la vampira quien subraya las incoherencias y ridiculeces humanas. Junto con esto, el amor, en sus múltiples facetas, es uno de los grandes temas abordados al igual que el erotismo que se instala en esos cuerpos, cuya condición de vivos o muertos no siempre resulta sencilla de definir.
La cercanía entre las protagonistas altera, además, la manera de mirar a la criatura monstruosa. Vista de cerca, la vampira no responde necesariamente a lo que esperamos de ella. La obra vuelve menos firme la división entre amenaza y protección, entre monstruo y ser humano. Quien ocupa el lugar donde tradicionalmente ubicamos lo civilizado también puede engañar o traicionar. Esa fusión de las fronteras adquiere fuerza por la intimidad que construyen a partir de las actuaciones: la figura que podría provocar rechazo se vuelve alguien a quien mirar,por momentos, con admiración y respeto.
Desde el punto de vista de las identidades de género, la feminidad aparece como una experiencia que los personajes encarnan de distintas maneras, pero también como una serie de gestos que pueden adoptar o modificar. La vampira toma una identidad humana femenina, mientras la joven, por su parte, se encuentra en una genealogía de mujeres que la reflejan, la abandonan y le señalan caminos. Así, la pregunta por quién es cada una se enlaza con otra: cuánto de una identidad proviene del propio deseo, y cuánto de las historias y expectativas que se heredan.
La sangre reúne varios de esos sentidos en Vampiras. Es alimento para la vampira y es posibilidad de nueva vida en la joven que menstrúa. También remite a los lazos familiares y a aquello que se transmite entre generaciones. De ese cruce entre sangre surgida de la violencia y sangre ligada a la vida nace una pregunta inquietante. ¿Qué otras posibilidades puede albergar un cuerpo cuando dejamos de verlo solo a través de las funciones que le asignamos culturalmente?
La obra ofrece una exploración en torno a la idea de fronteras en el amplio sentido del término. La ubicación de la historia en el litoral hace presente el vínculo entre países, tanto en el origen familiar y encuentros de la joven como en el recorrido de inmigrante de la vampira. A su vez, las cuestiones de género aparecen como otra frontera que puede ser traspasada. Así, la vampira narra su experiencia de transición hacia una identidad humana femenina. Junto con esto, se configura un tránsito interespecie: vampira, humana, animal no humano son zonas que transitan los personajes. Incluso el cambio de etapas de la vida puede pensarse como otro pasaje.
Con terror, humor y ternura, Vampiras convierte la monstruosidad en una forma de mirar(nos) de nuevo los cuerpos, las identidades y los vínculos. Propone la posibilidad de pensar en las vertientes positivas del monstruo. Su pregunta más persistente acaso no sea quién ocupa el lugar del monstruo, sino qué sucede cuando la frontera que parecía separarnos de él empieza a resquebrajarse.