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carlos diviesti

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Esta vez no vamos a empezar por contar la historia de Néstor y Rafa, que se van a Mendoza a ver el partido donde el Atlético Saavedra se juega el ascenso al Nacional B, y de cómo, por puro cabuleros que son, tratan de perderlo a Fabián, un amigo de Néstor, colorado como un tomate y, por supuesto, tan drapie, tan mufa como se puedan imaginar de un colorado. Si no vamos a empezar por ahí se debe a que esta comedia (tan graciosa como a uno le cuadran las comedias), seguramente cuando lean esta pequeña crónica, ya no estará en cartelera. La podrán ver por CINE.AR, pero no será lo mismo. El cine es el cine. Todavía es así.

El escenario de la tragedia

Dicen que todo teatro es político. Que la política es la esencia del teatro. Que no puede separarse el hecho político que contiene a todo el espacio escénico. Que la historia es política, y que el teatro es historia. Y así podemos estar hasta que se acaben las variantes, si es que se acaban.

RECUERDOS 

El olvido, pequeña pieza de largo alcance en la historia y las emociones, escrita y dirigida por Ana Laura Suárez Cassino 

Graciela lo ve a Roberto en el aeropuerto y su vida vuelve al momento en que dejó de verlo, un momento refugiado en aquella adolescencia patagónica. Ella se acuerda de todo lo que vivieron juntos, que no es tanto ni tan importante, pero que la memoria magnifica y las sensaciones en el cuerpo se encargan de reverdecer. Roberto le sigue el tren en el avión, incluso cuando llegan a Esquel, de donde los dos se fueron poco después de aquel cumpleaños en el que dejaron de verse, después de aquel helado que Graciela se volcó sobre el vestido, después de abandonar la mesa del café donde charlaron durante horas alguna vez. Pero Roberto no la recuerda. Intenta recordarla, pero no la recuerda. Él es viudo, vive en México, tuvo una misión que cumplir en los años de plomo, hoy maneja una imprenta… Es evidente que los recuerdos, a tantos kilómetros de distancia, se extravíen en un recodo del camino, pero las sensaciones en el cuerpo, incluso pasados los sesenta, no saben de distancias y mucho menos del tiempo. 

LA FURIA DEL VOLCÁN  

IL PRIMO RE, de Matteo Rovere, se vio este año en la 21ª edición del BAFICI, en la sección Nocturna y en premier latinoamericana. En ella, creando un personaje secundario aunque de largo aliento, se destaca Vincenzo Pirrotta, un actor, dramaturgo y director siciliano, especialista en teatro antiguo. Pirrotta estará al frente de KAOS PIRANDELLO, una maratón teatral dedicada al Premio Nobel de Literatura 1934, que se llevará a cabo entre el 11 y el 13 de octubre en las instalaciones del Teatro San Martín y que, a priori, resulta imperdible. Hasta aquí, información pasada e información futura. El presente está en Cai el Sabino. 

LA BRASA EN LA MANO

Hombres de piel dura, o cómo la ley del más fuerte se convierte en el único camino para las clases oprimidas.

Al principio de HOMBRES DE PIEL DURA Omar lo deja a Ariel. Dicho así nos encontramos ante el final de un romance entre dos hombres, pero no, no es algo tan sencillo. En esta película las palabras no son tan contundentes como las imágenes y sus múltiples sentidos.

ENCUENTROS CERCANOS CON AMIGOS LUMINOSOS

¿Podrán los seres vivos, así no hayan nacido en esta Tierra, prescindir del amor? Es una pregunta amplia y difusa pues quién conoce un extraterrestre para afirmarlo. Pero la abuela de Tania quizás sí lo sabe. Mejor dicho, lo supo. Ella fue la amante protectora de una criatura de color frío e indefinido, a quien le dio cobijo cuando la criatura quedó perdida en este páramo al fin del mundo, y que lo fue mientras le duró la vida.

PERROS DE LA CALLE

Dogman, extraordinaria visita guiada por el infierno de una mafia de entrecasa, dirigida por Matteo Garrone

El pitbull muestra los dientes. Da miedo. Mandíbula apretada, saliva en la lengua, la boca abierta. Y sin embargo Marcello, que tiene que bañarlo, le dice Amore, bello! Un biscottino? Para secarse el pitbull es mandado a hacer, le gusta sentir el aire que sale del secador, se pone en pose, se hace el importante. Trabajo cumplido para Marcello, el dogman: a ladrido destemplado, vocecita nasal y chiquitita, como la de un chihuahua querendón o como la de ese otro chihuahua al que mandaron al freezer para callarle la bocina mientras hacían un laburito. Así son todos en Castel Volturno, dos cuadras antes del mar, cuando en la fonda otro con la nariz rota por una flor de piña trata de convencer a los muchachos de que a Simone hay que callarlo para siempre. Por suerte para Marcello, Alida ya se fue con la mamá. Alida, su nena, cuánto la quiere. Y la quiere más después de pasar un año engayolado, un año en el que pensóllevársela al Mar Rojo a bucear entre los peces y los corales con la guita del afano al compro oro de al lado del negocio, Simone se lo prometió. Simone. Simoncino. Simone, el de la sempiterna cara cortada, el adoquín en los puños y el ladrillo en la frente; su amigo Simoncino, que lo trata a Marcello con el cariño salvaje de la malarazza cuando Marcello le regala cocaína, que se avergüenza de él porque es el idiota del pueblo, que no se anima a pensar siquiera que todos tienen un límite que no está justamente en la playa. Sí, Simone piensa. Simoncino sabe que en Castel Volturno ya nadie lo quiere a Marcello porque para todos es un traidor, un chorro más, otro que se cruzó de vereda. Y la verdad es que a Simoncino esto le importa bastante poco. La vita è così.

UN PÁRAMO INVISIBLE

Con El bosque de los perros Gonzalo Javier Zapico concreta un ejercicio de suspenso sobre el desolado paisaje de la tristeza.

Hay algo en los animales que los humanos tal vez perdieron: el instinto de supervivencia. Los animales no son violentos per se excepto que se sientan en peligro, en cambio los humanos pueden razonar la violencia, ejercerla al libre albedrío, hacer de ella una fórmula que les garantice el poder sobre los otros. Por eso los animales domésticos son los mejores amigos del hombre, porque el hombre puede dominarlos a su antojo, y hasta quitarles la vida por diversión supremacista sin que haya una pena para esos asesinatos. Uno por ejemplo puede matar un perro a cualquier edad, saciar sus frustraciones rasgando el cogote tibio de un cuzco que menea alegremente el rabo en la vereda pidiendo una caricia de su mano. ¿Es reprobable una acción como esa? ¿Alguien puede asegurar que alguna vez no tuvo deseos de pasar a degüello a un perro, a un gato, solo para ver de qué manera se aferraban a la vida que se les iba con la sangre derramada? Uno a veces necesita escapar de sí mismo, y estas fantasías odiosas son un atajo para encontrar el rumbo otra vez. Pero si uno pone esas fantasías en práctica, ¿uno es un criminal? ¿Matar a un perro nos hace viles? ¿Podremos acostumbrarnos a la vileza si eso pasa? El único que pareciera tener la respuesta a estas preguntas es Carlos, que se pasea por el pueblo como un mastín bien alimentado aunque guarde en la mirada el dolor de haberse perdido en el camino. En cambio Gastón aún no puede admitirlo, todavía lo sufre como si tuviera el cuerpo cubierto de llagas, y ese sufrimiento lo vuelve tan frágil como precioso, tan desesperadamente tierno. Y Mariela, que no se ensució las manos entonces, pega la vuelta después de tantos años para irse tranquila a la utopía de la felicidad. Hubo un momento en que los tres, cuando chicos, se sintieron en peligro; pero ellos no eran cachorros de animal alguno, eran humanos dominados por la culpa, agobiados desde temprano por una decisión deforme fruto del deseo recién parido, a esa edad en que la fatalidad es un ladrido destemplado a la luna, y a ésta no es más que tristeza profunda.