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LA BRASA EN LA MANO

Hombres de piel dura, o cómo la ley del más fuerte se convierte en el único camino para las clases oprimidas.

Al principio de HOMBRES DE PIEL DURA Omar lo deja a Ariel. Dicho así nos encontramos ante el final de un romance entre dos hombres, pero no, no es algo tan sencillo. En esta película las palabras no son tan contundentes como las imágenes y sus múltiples sentidos.

ENCUENTROS CERCANOS CON AMIGOS LUMINOSOS

¿Podrán los seres vivos, así no hayan nacido en esta Tierra, prescindir del amor? Es una pregunta amplia y difusa pues quién conoce un extraterrestre para afirmarlo. Pero la abuela de Tania quizás sí lo sabe. Mejor dicho, lo supo. Ella fue la amante protectora de una criatura de color frío e indefinido, a quien le dio cobijo cuando la criatura quedó perdida en este páramo al fin del mundo, y que lo fue mientras le duró la vida.

UN PÁRAMO INVISIBLE

Con El bosque de los perros Gonzalo Javier Zapico concreta un ejercicio de suspenso sobre el desolado paisaje de la tristeza.

Hay algo en los animales que los humanos tal vez perdieron: el instinto de supervivencia. Los animales no son violentos per se excepto que se sientan en peligro, en cambio los humanos pueden razonar la violencia, ejercerla al libre albedrío, hacer de ella una fórmula que les garantice el poder sobre los otros. Por eso los animales domésticos son los mejores amigos del hombre, porque el hombre puede dominarlos a su antojo, y hasta quitarles la vida por diversión supremacista sin que haya una pena para esos asesinatos. Uno por ejemplo puede matar un perro a cualquier edad, saciar sus frustraciones rasgando el cogote tibio de un cuzco que menea alegremente el rabo en la vereda pidiendo una caricia de su mano. ¿Es reprobable una acción como esa? ¿Alguien puede asegurar que alguna vez no tuvo deseos de pasar a degüello a un perro, a un gato, solo para ver de qué manera se aferraban a la vida que se les iba con la sangre derramada? Uno a veces necesita escapar de sí mismo, y estas fantasías odiosas son un atajo para encontrar el rumbo otra vez. Pero si uno pone esas fantasías en práctica, ¿uno es un criminal? ¿Matar a un perro nos hace viles? ¿Podremos acostumbrarnos a la vileza si eso pasa? El único que pareciera tener la respuesta a estas preguntas es Carlos, que se pasea por el pueblo como un mastín bien alimentado aunque guarde en la mirada el dolor de haberse perdido en el camino. En cambio Gastón aún no puede admitirlo, todavía lo sufre como si tuviera el cuerpo cubierto de llagas, y ese sufrimiento lo vuelve tan frágil como precioso, tan desesperadamente tierno. Y Mariela, que no se ensució las manos entonces, pega la vuelta después de tantos años para irse tranquila a la utopía de la felicidad. Hubo un momento en que los tres, cuando chicos, se sintieron en peligro; pero ellos no eran cachorros de animal alguno, eran humanos dominados por la culpa, agobiados desde temprano por una decisión deforme fruto del deseo recién parido, a esa edad en que la fatalidad es un ladrido destemplado a la luna, y a ésta no es más que tristeza profunda.

Una experiencia monstruosa

Pocas películas se han propuesto trascender su género, muchas menos lo han logrado. Muere, monstruo, muere la segunda película de Alejandro Fadel es la excepción, o la singularidad a la regla ( la primera fue Los salvajes [2009], también fue coguionista de Leonera  y Elefante blanco, ambas de Pablo Trapero). Mezcla de terror, de policial y de viaje hipnótico, Muere, monstruo, muere es un viaje audiovisual de excelentísima factura técnica.