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Claus y Lucas

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La mejor novela del año se editó entre 1986 y 1991. Se trata de la sublime trilogía Claus y Lucas, de la escritora húngara Agota Kristof, que se reeditó hace unos meses. Es en realidad una obra capital de la literatura del siglo XX.  

 “En esa lengua desconocida, la abuela se pregunta cosas y ella misma se responde”, se lee en El gran cuaderno, primer libro de Claus y Lucas, la trilogía de Agota Kristof que este año se reeditó en castellano en un solo volumen. Una lengua desconocida. Esa es la cuestión. El combustible del cual se valió Kristof para componer esta obra maestra indiscutible. Aunque la autora nació en Hungría, escribió estos libros en francés, idioma que aprendió al emigrar a la Suiza francesa, luego del fracaso en su país de la revolución contra el estalinismo. Este podría ser el dato que justifica la decisión del cambio. Sin embargo no, hay algo más. Una de las cosas que sobresalen de Claus y Lucas es su prosa telegráfica, neutra, tan seca como precisa; de frases breves, como arrancadas con un cuchillo Tramontina empuñado por un cirujano. Una prosa que hace que la famosa frase hemingwaiana bajo su sombra parezca florida, rimbombante. La autora reveló en una entrevista que el modelo para lograr el tono del libro lo obtuvo espiando los cuadernos del colegio de su hijo.  Se trata, entonces, no sólo de cambiar de lengua sino también de desaprenderla, de escribir como quien camina por un campo minado, el mismo campo minado que en la novela Claus (¿o es Lucas?) atraviesa para cruzar la frontera. Kristof lo hace para recuperar su infancia, fuente de inspiración de El gran cuaderno, que no es otra cosa que un relato infantil trastocado, un Hansel y Gretel -cuya trama básica sin duda comparten- en clave perversa. Por más que en los dos libros siguientes (La prueba y La tercera mentira) los protagonistas crezcan, la prosa se mantiene inalterable.