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No faltan motivos para interesarse en Ametralladora. Con un trabajo brillante de Nicolás Goldschmidt y una propuesta creada por Laura Sbdar, una de las dramaturgas y directoras más interesantes del momento, este unipersonal se destaca dentro de la oferta de la cartelera porteña. 

Una criatura viaja en micro con su hermana. En algún punto del periplo rutero, tienen un accidente. Las dos nenas son internadas en un hospital. En los recintos desangelados del centro médico, se les inyecta suero como leche materna y les hacen radiografías para traslucir el desamparo. Junto a otras nenas, preparan una rebelión de juegos y ternura que se enfrenta en cada pasillo con el dolor y la muerte.  

La obra de Sbdar sorprende y descoloca desde el comienzo. Con una puesta sencilla pero fuera de lo común y un texto de enorme potencia poética, plasma un relato de marginalidad contado desde los márgenes. El discurso se va enrareciendo progresivamente, es lúdico y, de a ratos, sigue la lógica delirante y aleatoria de los juegos de niños. Las imágenes son precisas y sugerentes, las palabras despliegan su musicalidad en la onomatopeya.  

En su rol como la niña protagonista, Goldschmidt deslumbra y conmueve. El actor, a quien próximamente se lo verá como joven Maradona en una serie, muestra un carisma arrollador y una gran sutileza para atravesar los estados.  

Entre pestes de risas, corazones que laten como el beat bolichero de una rave y ametralladoras que disparan narcóticos como palabras, las nenas hacen su manifiesto. Afuera somos ojos que reclaman amor o muerte.   

Por Paula Boente 

 Podes verla en Espacio Callejón (Humahuaca 3759) los viernes 22:30, entradas desde $320 

Dramaturgia y Dirección: Laura Sbdar Interpretación: Nicolás Goldschmidt 

Se cuenta que, cuando un sevillano mandaba labrar una casa, pedía a su arquitecto: “Hágame en este solar un gran patio y buenos corredores; si terreno queda, hágame habitaciones”.  Y cuanto España llevó a América, dice el crítico e historiador andaluz Joaquín Hazañas, participó de cierto sabor sevillano muy marcado, por ejemplo, por los patios. Estamos hablando del siglo XVI, aproximadamente.  Unos siglos después, Borges dirá que el patio es “el declive por el cual se derrama el cielo en la casa” y Alfonsina lo hará paseo de la luna, por cuya fascinación la poeta interroga a su madre: “Si cuando me gestaste fue la luna testigo, por los oscuros patios en flor, paseándose”. Para ambos, también, esta invención hispánica es un emblema de resistencia y nostalgia ante el acelerado proceso de urbanización que transformó a Buenos Aires entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

También frente a un patio estamos en No estoy, la obra que escribió Germán Montenero y que dirige Diego Croci en el Espacio callejón. Un patio del Conurbano Sur, de Bernal, concretamente, en Quilmes. Un patio con parrilla y enredadera, con medianera que se puede saltar (algo que sabemos bien quienes hemos crecido en una casa con patio). La obra está en su segunda temporada, y su director escribió y montó, también, Amnesia-corte al bies (2014) en el Piccolino e Hipermnesia (2017/8) en el Kowalski.

Gabriel vive solo. Es su último día en la casa de infancia. Allí llega Alejandro, el hermano, a quien ¿espera? para ultimar preparativos y entregar la propiedad al comprador. En ese patio caótico y desordenado, algo decadente, asistiremos a una ceremonia montada sobre el imaginario de las atracciones ilusionistas y circenses que poblaban la televisión de los años ochenta (Tusam, René Lavand). El encuentro  terminará en una serie de revelaciones familiares sobre una madre muerta, un padre ausente y la vida de estos dos hermanos, y será a través de una historia que se revelará bajo la forma de una ficción dentro de la ficción.

Gabriel tiene convulsiones, toma antipsicóticos, niega lo que habrá de ocurrir, se fuga de este final inventando un teatro de atracciones, simulando ser el ilusionista Kieslowski (como el director polaco, a quien menciona, porque comparte nacionalidad con el abuelo). Aquella vieja treta de la representación para mostrar la “verdad”, que conocemos por Hamlet, pero, más cerca, por Kartún (Chau, Misterix, 1980),  que resuena en esta obra con treinta años de intemezzo. Si Kartun crea un mundo en los cincuenta para contar el drama de Rubén, quien acude a un superhéroe para matar la infancia y entrar con dolor a otra etapa, con alusiones y evocaciones a Villa Ballester y San Andrés, el de Montenero y Croci es el mundo de los ochenta, del ilusionismo, de los dibujos animados, de las enciclopedias televisivas a lo Animal Planet, pero sin las aspiraciones heroicas del superhéroe vencedor del mundo, sino con un anhelo tan viejo como la humanidad: volverse invisible, desaparecer.

Con argumentaciones vivaces y potentes, en diálogos sólidamente construidos que tienen algo del delirio de Don Quijote ante Sancho, la apuesta de Croci conforma un espacio para el despliegue físico de Montenero, blando en un cuerpo que transita formas algo Tai Chi, los arrebatos del circo, y las piruetas vocales y faciales de la televisión ochentosa: doblajes, falsetes, voces de superhéroes.

A lo largo de la obra, Montenero dibuja una partitura de movimiento regular que alcanzará destellos cuando el juego haya absorbido a estos dos hermanos, uno de los cuales (Diego Rivas) acompaña a transitar los caminos de la enfermedad en la que él refleja, también, sus miserias de amor y su fracaso como hijo. El resultado es una explosión de hastío que, sin embargo, terminará en una emotiva comunión de intimidad en la que todo será juego, ficción, teatro de atracciones. Y, sobre todo, reencuentro con aquello que se perdió y que regresa iluminado por la sabiduría de la adultez y la proximidad del fin.

Por Diego Di Vincenzo

Actúan: Diego Rivas y Germán Montenero / Dramaturgia: Germán Montenero / Asistencia de dirección:  Hernán Sebastiani / Escenografía: Edgar Ocampo Orozco y Yanina Moroni / Vestuario: Florencia Huergo / Coreografía: Lara Croci / Iluminación: Diego Croci / Diseño sonoro: Diego Rivas / Producción: Germán Montenero / Dirección: Diego Croci
Martes a las 21hs en Espacio Callejon (Humahuaca 3759) Entrada General $400

 

Laura es la más iluminada en la foto del cumpleaños infantil, la preferida de una abuela, la que brilla en las clases de teatro, la escogida por Dios. Transita un mundo de señales y predestinaciones, una vida repleta de dones y misiones. ¿Pero qué pasa cuando dejamos de ser la elegida de alguien?

Un triángulo amoroso-parental que forman un hijo adolescente, su madre soltera y su abuelo. Un gallo que desaparece del rancho rural en el que viven. Un hogar aislado, en el que se reproducen habladurías, prejuicios y leyendas, y en el que amor es “la peste”. Los vecinos de enfrente: con más dinero, mejores costumbres y, según parece, poca solidaridad. Pero los chicos (Julián y Marcos) se llevan bien. Tanto, que vuelven juntos de la escuela, aprenden a cazar en el monte, se confiesan sueños y hasta fantasean con irse a Mendoza cuando terminen la escuela.

¿Cuál es el límite de la cordura? ¿Y el de la dominación? ¿Cuán invisibles son las relaciones de poder que unen a cada persona con las instituciones y entre sí? ¿Hasta dónde es útil (y hasta dónde perverso) comprender los mínimos resquicios del funcionamiento del sistema? ¿Cómo dejar de reproducir la opresión de unos sobre otros? ¿Es posible des-alienarnos?