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Julieta Bilik

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Dos actrices encarnan múltiples personajes en una vorágine de ideas y pensamientos que suceden dentro de la cabeza de su autora. Tramas que se desarrollan y detienen, estructuras dramáticas incompletas, hipótesis que avanzan pero no llegan al clímax, mundos sensibles en constante mutación. Sentada en una casa de vidrio propone, de alguna manera, la representación imposible del proceso creativo. Tan alucinante como caprichoso, tan hermético como indómito, el moebius de la ficción se hace carne durante los 70 minutos que dura la obra y obliga al espectador a volcar toda su atención en la escena. 

En el mundo, el juicio a las juntas militares argentinas, primero, y los de delitos de lesa humanidad, después, sentaron precedente. Con el tiempo, lograron convertirse en parte de la historia de la jurisprudencia -internacional, latinoamericana y nacional- contra el terrorismo de estado. Casos ejemplificadores, insospechados, necesarios. Muchos lo sabemos y bastante se ha dicho sobre el tema. Sin embargo, han sido muy pocos, más allá de los afectados y sus familiares, los que han presenciado esas audiencias interminables y agónicas a través de la cuales la justicia se hace carne y “actúa”. Sí, en tiempo presente, porque todavía se llevan a cabo y no está todo dicho en materia de sentencias y condenados.   

Teatro físico: aquel que, más allá de la palabra y a pesar de ella, logra hacer de la representación un ente reconocible, identificable y, por sobre todas las cosas, infinitamente humano. Lejos de la literalidad y haciendo uso de la versatilidad del cuerpo, Un domingo se permite dialogar con el surrealismo y el absurdo en un torbellino de escenas que retratan la alocada y sinrazón vida familiar burguesa de ningún lugar ni ningún tiempo. Y, justamente por eso, de todos los lugares y todos los tiempos.  

Se trata de un musical austero: con canciones, coreografía y música en vivo, pero lejos de la espectacularidad que caracteriza al género. Dos jóvenes paraguayas se ilusionan ante la posibilidad de vivir en los Estados Unidos porque allí las mujeres corren con tacos, pero nunca se caen. Ilusionadas, se movilizan en pos de la libertad y de nuevas oportunidades pero, entre lo posible y lo deseable, suceden las contingencias.  

En la postal que oficia de programa se ve una casa hecha de masa, galletita o algún otro material efímero que da cuenta de todos los clichés del ícono: techo a dos aguas, chimenea, dos ventanas y un sendero que conduce a la fachada. De eso se trata Más acá: de la imagen que tenemos del hogar materno, de lo mucho que nos cuesta despedirnos y de cómo irracionalmente nos aferramos él. Pero también, y aunque nos cueste verlo, expone lo poco verosímil que es esa idílica e infantil representación que solemos hacer de nuestra primera cuna.   

¿Quién tiene la autoridad sobre el punto de vista: la puesta en escena o el texto dramático? Esta dicotomía estructurante en la historia del teatro universal es la que propone Norman Briski como dispositivo sobre el que erigir su versión de Potestad, de Eduardo Pavlovsky.

Grupo CABEZA es una colectiva de escribas y también, un agente político. Formada por Mariana De La Mata, Consuelo Iturraspe y Laura Sbdar, se autoproclama como feminista y lo demuestra, por ejemplo, en este proyecto escénico que se llama Un tiro cada uno y surge a partir de la investigación de casos de femicidio. A través de un proceso de hibridación entre lo real y los mecanismos de la ficción, la pieza -y la puesta- buscan operar sobre lo que nos rodea para, al calor de los movimientos de mujeres y disidencias locales, regionales e internacionales, visibilizar la violencia machista, derribar al patriarcado y convertir al feminismo en cosmovisión hegemónica.

Traslado y teatro pueden parecer dos entidades con nada en común. Pero si trasladarse hasta el teatro pudiera servir para destruir prejuicios, nada mejor que ir cualquier tarde de sábado a ver Carne y hueso para experimentar la caída del que inicia esta reseña.

Enrique vuelve de la guerra y nada es lo mismo. En El casamiento, como en la vida, volver de la guerra es un oxímoron, un imposible. No hay regreso después de la brutalidad, de la violencia, del asesinato. Nada ni nadie son lo que eran. A partir de allí, el desparpajo de andar sin filtros ni caretas. Un sinfín de situaciones que, traición y engaño mediante, no pueden más que terminar en tragedia.

¿Cuál es el límite de la cordura? ¿Y el de la dominación? ¿Cuán invisibles son las relaciones de poder que unen a cada persona con las instituciones y entre sí? ¿Hasta dónde es útil (y hasta dónde perverso) comprender los mínimos resquicios del funcionamiento del sistema? ¿Cómo dejar de reproducir la opresión de unos sobre otros? ¿Es posible des-alienarnos?