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Lita de Lázari

Buscando

Un recorrido de Analía Couceyro por el universo del ocio donde nunca puede faltar un libro… ni a palos.

Digamos que me cuesta el ocio, me cuesta adaptarme cuando paso de períodos intensos de trabajo al tiempo libre. Y la medida inmediata del pasaje a la disponibilidad para ese placer suele ser el tamaño de los libros que elijo. Siempre tengo un libro en la mesa de luz, o varios, o pilas que voy moviendo desde encima de la mesa de luz a su interior y a la biblioteca, a veces leídos y a veces no, con culpa por su regreso virgen al estante. Nunca salgo de mi casa sin un libro en la mochila para los viajes en colectivo o subte, para las colas en bancos y médicos, para los cafés entre obligaciones. Es una de las cualidades positivas de vivir lejos del centro y de no manejar autos salvo en la ficción. Esos tiempos muertos entre sucesos y espacios agendados, habitados por la literatura. Los libros para el outdoor, los de la mochila, intento que sean pequeños y livianos y durante el año, cuando trabajo mucho, en la mesa de luz se acumulan en general un libro de poesía, algo relacionado con lo que estoy trabajando y cuentos o novelas cortas.