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Marcelo Subiotto

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UN PÁRAMO INVISIBLE

Con El bosque de los perros Gonzalo Javier Zapico concreta un ejercicio de suspenso sobre el desolado paisaje de la tristeza.

Hay algo en los animales que los humanos tal vez perdieron: el instinto de supervivencia. Los animales no son violentos per se excepto que se sientan en peligro, en cambio los humanos pueden razonar la violencia, ejercerla al libre albedrío, hacer de ella una fórmula que les garantice el poder sobre los otros. Por eso los animales domésticos son los mejores amigos del hombre, porque el hombre puede dominarlos a su antojo, y hasta quitarles la vida por diversión supremacista sin que haya una pena para esos asesinatos. Uno por ejemplo puede matar un perro a cualquier edad, saciar sus frustraciones rasgando el cogote tibio de un cuzco que menea alegremente el rabo en la vereda pidiendo una caricia de su mano. ¿Es reprobable una acción como esa? ¿Alguien puede asegurar que alguna vez no tuvo deseos de pasar a degüello a un perro, a un gato, solo para ver de qué manera se aferraban a la vida que se les iba con la sangre derramada? Uno a veces necesita escapar de sí mismo, y estas fantasías odiosas son un atajo para encontrar el rumbo otra vez. Pero si uno pone esas fantasías en práctica, ¿uno es un criminal? ¿Matar a un perro nos hace viles? ¿Podremos acostumbrarnos a la vileza si eso pasa? El único que pareciera tener la respuesta a estas preguntas es Carlos, que se pasea por el pueblo como un mastín bien alimentado aunque guarde en la mirada el dolor de haberse perdido en el camino. En cambio Gastón aún no puede admitirlo, todavía lo sufre como si tuviera el cuerpo cubierto de llagas, y ese sufrimiento lo vuelve tan frágil como precioso, tan desesperadamente tierno. Y Mariela, que no se ensució las manos entonces, pega la vuelta después de tantos años para irse tranquila a la utopía de la felicidad. Hubo un momento en que los tres, cuando chicos, se sintieron en peligro; pero ellos no eran cachorros de animal alguno, eran humanos dominados por la culpa, agobiados desde temprano por una decisión deforme fruto del deseo recién parido, a esa edad en que la fatalidad es un ladrido destemplado a la luna, y a ésta no es más que tristeza profunda.

PALABRAS, PALABRAS, PALABRAS

Una espléndida versión de Hamlet que prefiere la síntesis a lo espectacular, y la (falsa) levedad a la tentación de lo solemne.

Algo huele a podrido en Dinamarca. Quizás sea el fantasma que sobrevuela la torre del castillo, con la esencia relumbrante sobre una piedra torcida. Pero no. Los fantasmas no huelen. Y los padres no se pudren. Podrán pudrirse los reyes y los estadistas, pero los padres no. Nunca. Se pudren los cuerpos que cometieron crímenes. Hamlet se pudrirá también, y deberá reconocer que su padre también está podrido cuando clama venganza por su asesinato y no por los asesinatos que cometió durante su reinado. Graciosamente absurdo entonces. Los muertos no hablan ni piden venganza, aunque sus cadáveres griten y exijan justicia. ¿Justicia por qué? ¿Para qué la justicia? ¿Por sí mismos, para limpiar su honra? Pues nada más podrido que el ser individual, que es el que efectivamente se pudre cuando está muerto y enterrado, cuando los gusanos se hacen un festín con su carne inerme. Sin embargo el desvarío de lo justo pierde sentido cuando el suelo se riega con los restos de los hombres muertos de forma insensata, arropados por el inmediato sosiego que reemplaza al ruido y la furia.