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Mauricio Kartun

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El teatro trabaja siempre en los límites que le deja el poder

Después de Terrenal, Mauricio Kartún estrena La VisCómica  en el Teatro San Martín. La desmedida asimetría entre el Arte y las formas del Poder tomando al Virreinato como fábula histórica.

Será la Sala Cunill Cabanellas la pista de un circo, o de baile o de muchas otras cosas del siglo XIX.  Hasta habrá unas candilejas. Kartún hará texto escénico nuevamente con  el texto infinito de la Historia. Esta vez se preguntará por el vínculo entre los artistas contra ese edificio de granito que no existe formalmente pero que distribuye Fuerza (discursiva o de la otra): El Poder. “El teatro es una cuestión de Estado, moralmente sospechosa” – dice Badiou. “El teatro trabaja históricamente siempre en los límites que le deja el poder” – dice Kartún. Si el Poder es siempre un dispositivo de captura (para usar términos Kitsch de la liturgia foucaultiana que  anudan bien estos temas), el artista debería ser un permanente fugitivo. Creemos que es cosa juzgada; que el artista siempre perderá. O se traiciona a sí mismo y juega para el patrón (en mayor o menor medida), o se reconfortará en el anonimato. Conmueve saber que alguien, Kartún en este caso, se pregunta  por la cuestión abriendo el expediente. No pedirá la revolución (lo deja claro en la entrevista) disfrutará de ciertos bufones que “le mojan la oreja” y “le toquen el culo” al “Gran Jefe”. ¿No parece demasiado mínimo el efecto del arte sobre el Poder? Quizás sí. Tenemos el consuelo de que aún sabiendo que  ÉL con todos sus recursos saldrá victorioso en esta asimetría, sigue habiendo  creadores que lo desafían y  se le paran de manos para joder nomás. “Por supuesto cada obra lo hace en la proporción de una cagadita de mosca sobre el mural, pero hay tantas moscas en la vida…” – dice Kartún. Los dípteros y sus heces como negatividad absoluta. Algo es algo.

UN BRICOLAGE ANSIOLÍTICO

Es inexorable. Frente al compromiso de tener que escribir una pieza nueva, o que empezar un proceso de ensayos, el fantasma vidrioso del vacío me empieza a desvelar. El atávico impulso inútil de “tener ideas”, de intentar “idear” la obra fuera de sí misma, como si tal boludez fuera posible. De atrapar a esa anguila escurridiza de la cosa artística pensando en ella antes, en cambio de imaginarla durante; que es lo único que el bicho bendito suele permitirte. Entonces, cada vez que enfrento ese vacío; que vuelvo a comprender que no hay manera de inventar la cosa fuera de la cosa misma, -su escritura o sus ensayos- me pongo hacendosamente a hacer otra cosa para llegar hasta ella. Lo descubrí hace muchos años. Como un tilo metafísico esa otra cosa me calma, me ordena y me permite amasar una estética con la máquina ancestral y sublime de la parábola. Tablitas viejas, escofina, cola, sierra, berbiquí; y marcha camión.