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Sofia Guggiari

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Este artículo lo escribo todavía conmovida, todavía sin dormir (quien quiere dormir con semejante alegría) todavía temblando, todavía con lágrimas en los ojos, con una sonrisa que deforma el rostro, con el fuego que invade y con una sensación de historia que brota por los poros de la piel.

¡El aborto es legal en la Argentina! Y al que no le haga sucumbir esta noticia no está prestando atención.

Una jornada de resistencia y continencia. De festividad, aquelarre y nervios.  Mensajes con los poroteos y lista de oradores. Contando los minutos para la votación. Hay un afecto irreconocible, son esas miles y miles de voces de cuerpos que han muerto, que han ido presos, que han maternado sin querer hacerlo, o que se han enfermado de culpa por tomar una decisión. Y acá estamos. ¿Qué decir? ¿Qué sentir? Cierro los ojos. Respiro ondo. Se percibe alivio. 

Hasta que no me puse a pensar en ello, no me daba cuenta que la amistad está en todos lados. No pasa desapercibida. Es un lazo que existe, y a diferencia de las relaciones amorosas sexoafectivas, pareciera que no se le dedican ni tantas poesías, ni temas, ni libros, ni obras ni películas. ¿Pero no es acaso ese vínculo del cual deberíamos hacer medida de todos los otros?

Una vampira feminista y no porque milite en el feminismo necesariamente, si no por sus fugas de sangre y fiesta. Vampira o más bien bruja, hereje solitaria de la noche. Elije a sus presas, y ahí no hay nada de azar, la potencia de su búsqueda está en una ética que se enuncia en acto en el relato. No hace falta explicar nada. Que piba no fantasea con haberle destrozado el cuello a ese pibe que la intentó abusar en el boliche, o no ha soñado con ajusticiar a la amiga que había sido maltratada por algún novio. La vampira anda sola de noche sin miedo, sonriente deja que el viento le pegue en la cara y se aprecia una suerte de liviandad en el aire, sin culpas ni remordimientos;  esa imagen dura mil años. Claro, que piba no sueña también con alguna vez caminar de madrugada por la calle sin temer que la violen, maten o descuartizen, una vez más.

La anátomo-política  al palo. En este texto urgente y coyuntural, Sofía Guggiari trasciende las normas del ensayo y la literatura, describiendo una ficción personal (y plural) en donde los aparatos de captura se muestran desbordados por las mismas potencias corporales que producen y domestican.

Las confesiones de la carne. Relato de corte Sadiano que conjuga el Hard-Porno y la Mística como experiencias que ponen en cuestionamiento al Ser. Sofía Guggiari despliega escenas comunes de revolcadas, lenguas y eyaculaciones donde el uso de los placeres solo encuentra un límite en un interlocutor ensoñado que solo puede materializarse como resto.

Los cuerpos en el encierro se deforman, se vuelven extraños, se retuercen. Se retraen o se expanden, en pequeñas partes, partes irreconocibles, nunca antes vistas, se multiplican. Acalambrados. Las pieles se vuelven más ásperas o más suaves, pican o le salen escamas. Se tornan de otro color o a veces de varios. Son pieles pelajes del olvido o de la inmensidad. Por los poros se desliza el polvo. Los cuerpos en el encierro pierden su contorno, se vuelven baba  que se derrama sin control o se endurecen tanto que se quiebran, se caen los pedazos, lo que queda. Los cuerpos en el encierro denuncian que estamos hechos de carne y sangre y la carne que se desgarra o se humedece y hace temblar la tierra. La carne es de color azul.